juan re-crivello

Mother (y dos)

En ensayos 2013 el junio 19, 2013 a las 7:30 am

by juan re crivello

 

Podemos aniquilar su espíritu. Y regresa. Ni el viento evaporado de grasa y maldad que azota cada tarde en este vacío. Ni él se aparta. Es –como le diré- un pedernal seco que vemos frente al porche en que me encuentro, estrecho, de madera y rutina. Uno se apoya en un sillón hambriento, de esparto y almohada. Uno ve un cielo largo, diesel, azul y malvado. Es en ese momento cuando yo le recuerdo. Al sentimiento, maternal.

Aparecerán quizás sus hermanos, mis abuelos. La risa fría de los tíos, de sus familiares. Un golpe seco –hacia el año 1900, partirá dos países, dos mundos. Hasta un idioma reemplazara otro; un tercero y sucesivo se hará hueco.

En verano la lluvia que se ve desde este refugio, provoca un barrizal que amaga meterse dentro. Son pocos días, luego se mete el invierno –hasta los huesos. Y brotan recuerdos de Mother. De su orgullo, el cual planea hasta ahogarme. Nada está, mas presente que la tulipa y la luz de nuestra cuna. Nada es, más fuerte que aquel mito que nos trae a la vida y nos aguanta, hasta alejarse.

Este rellano, es mi casa. Comprada en el 80. Es el espacio que me ayuda. A oler ese suave vapor de las próximas lluvias. ¿Serán tan fuertes? ¿O el calentamiento de la madre Tierra, les apartara de su pesada siesta? Debo decir, que la vista del paisaje hay jornadas que se apaga. Las nubes flotan encima, cargadas de chispa. Los rayos espantan a los que viven en la ondulada serpiente que baja a 500 metros hacia delante.

Ha comenzado a llover. Las gotas pegan en mi mano. He estirado mi brazo izquierdo fuera del techo ondulado, de cinc. De plata sin piedras, ni esmeraldas propias. La soledad es un estado monótono, la cual le invade, a aquel que se ha separado de la pesadilla materna. Llueve y su fuerza empuja, golpea, la cara de los seres que pueblan esta ciénaga. Siento como la atmosfera, descarga una electricidad que corroe este salón amargo. Dejare, una vez y ¿ultima?, que la pena medre. Ya.

 

Mother El viaje interminable de las hormonas

En ensayos 2013 el junio 17, 2013 a las 3:22 pm

 by Juan re crivello

La plaga de hormonas me batía con fuerza. Mis 17 años estaban  secos, pegajosos, casi al final de la entrepierna. No supe decirle que –a Mother- que su nuevo marido era sentimental, pero inestable en su carácter.  En mi caso, siendo tan joven, estaba obsesionado por salirme del guion. Ninguna estepa estaba más transitada, que la de los encallados jóvenes argentinos del año 74. Todos se movían en alguna dirección. Afeminados, o lleno de barbitúricos, o mal olientes desplegados alrededor del alcohol, o tan solo arrebatados por una ilusión estéril. Todos olían el culo de un General, que llegaba al país, enfermo de ego, con unos testículos debilitados, mucho discurso y una momia en el avión. A esta cuenta debíamos agregar su nueva esposa y un maquiavélico brujo, que manoseaba el sentimiento democrático de los dueños del poder.

Le di a entender que me marchaba. A Europa. A aquel continente donde todos los del país iban y volvían mentalmente cada vez que la realidad, les devolvía la mierda, o la irresponsabilidad de sus elecciones –sus gobernantes. Le dije que me iba a estudiar. No sabía que el frio invierno me atraparía y seria un hippie, perdido, amante, insulso joven camino del derrape mental.

Pero me iba para tal vez, dejar correr el tiempo. ¡A gastarlo! Detrás quedaban el sainete del General, su brujo, los generales y sus pistolas. Y una izquierda cruel, ignorante, que se mataría, sin norte ni fin para demostrar ¿Qué?

Subí al barco. La semana anterior asistí a una misa. ¡La hicieron para mi viaje! Los sacerdotes estaban en todo, rezaban y rezarían al asesinato y la muerte de los próximos desaparecidos y rezaban para los jóvenes asqueados, que se iban para no asistir al cuento que vendría.

Al viaje de no retorno se sumaría un hilo fino de cabello. Era la triste espera ante un final, un acento, un estilo de pensar que aunque las cosas salían mal, no dejábamos de ser el mejor país del mundo. ¡Y el más rico!

Menudo azote vendría, hasta hartar una nueva generación de jóvenes. Algunos desaparecerían, otros se quitarían detrás del “no te metas”, y otros cambiaríamos de hábitos, olores y costumbres. Solo Mother seguiría presente, con sus altibajos, unida mediante el cordón umbilical.

El sueño es idiota. Breve.

La lengua escapa de una larga boca y te hastía.

Suéltate el pelo y coge el próximo disfraz. (1)

 

(1)    Los Genes de Mingo

¿Algo ha fallado Growing? – Capitulo menos uno, del libro D roccosick

En Uncategorized el junio 14, 2013 a las 9:33 am

 

Si alguno se le ocurre comprarlo en Amazon a 0.89 no habrá cometido un pecado!

La estación donde Growing me esperaba, estaba llena de paisanos. Las batas blancas y los sombreros de paja daban aquello un aire de domingo de Pascua. El edificio no era muy profundo, pero si alto, antiguo y le habían pintado hace unos años de color caramelo. Frente a él habían construido una plaza llena de árboles y una parada de bus. Me situé casi cerca de las taquillas. La gente se movía desde dentro hacia el exterior. Era un vaivén que no respetaba ningún estilo, los paisanos de Vilanova i La Geltrú, un pueblo pegado a Barcelona, cargaban con esmero su fama de lunáticos. Los días anteriores a esta cita, unos mensajes intercambiados con Growing –via twitter- me decían que podría encontrarle en esta casa de vías. Mientras le esperaba, los repase mentalmente:

“¡Uff! Growing ¡qué difícil! nada más complicado que pasar de la producción de la semana al ocio… jrick”

“Clak! amigo Growing, se acerca el día 29. La pala y el pico están asomando a los que somos de cuello blanco. jrick”

“Growing, estamos en jueves y el plato de sopa lleva acetileno. Nadie estará listo para la boda. Solo Francisquita y su amado esposo. Tuyo  jrick”

Había demasiada confusión en ello, pero aparecían Francisquita y su esposo que habían dejado en su vida una cuenta sentimental. Así se decía en estos días, cuando alguno te jugaba alguna pasada. Pero ayer a última hora, por mi parte, le había puesto uno más sencillo:

“Estaré en la estación de Vilanova y La Geltrú. Cerca de las 8. Growing trae papel de fumar jrick”.

No sé por qué este mensaje daría en el clavo. Le atraería hasta la madriguera. No le veía desde hacía tres años, cuando en otra estación más pequeña habíamos intercambiado dos papeles. Aún conservo el mío que el leyó y me devolvió y que descansa sobre una mesa camilla. Decía:

“La nevera de casa está alterada. Le he echado gasolina y una cerilla. El fuego y las chispas han atraído un enjambre de bomberos y el delta de agua formado me ha hecho feliz”. Aquella nota tan extraña, imposible de certificar en la realidad, había continuado en una densa y compleja explicación en twitter. Nada más que palabras y anhelos. Siempre supuse que su mito era una creación personal y desde el otro lado alguien me respondía, quizás, un lejano pariente, o un bondadoso amigo. Pero yo le había visto. En aquella estación y en ese día de hace tres años, en el cual aún conservo su papel, y puedo citarlo de corrido:

“He comido un caramelo esta mañana. O… dos. Y te puedo explicar lo que se siente al morir un ser querido”. De lo que deduje, que en la clave de nuestros cruces virtuales estaba la muerte de su mujer y mi soledad -sin remedio.

¡Allí esta! Le vi aparecer por la puerta a mi derecha. Era una tarde calurosa. Estábamos en julio y aun pegaba en estas tierras un calentón. Todos íbamos hartos de bregar con el zumbido de los mosquitos tigre. Pero el llevaba una gabardina marrón clara -de aquellas años 50. Y en el bolsillo derecho, sobresalía una botella de cristal de leche, de litro, de la marca Letona. Esa era su carta de presentación. En la post guerra bajo el franquismo, bebíamos esta marca en el área de Barcelona. Le salude. Me miro sin más y decidimos ir al bar de la estación. No podíamos ir más lejos. Aquel viejo edificio, aún conservaba un sitio de café sin miedo a ser invadido por luces de neón u olores de pescadito frito. No tenía grandes ventanales para ver los trenes o la plaza. Todo se reducía a un caserón de paredes anchas y frías. Al sentarnos, el pidió un café, en mi caso un cortado. Estuve indeciso… si hablar largas horas o dejar que el silencio se comiera la antigua amistad. Al fin dijo:

–He recibido tus mensajes por twitter. Me ha causado gracia lo de la pala y el pico. En mi época creíamos que eran un símbolo. De nuestras maneras de vivir -agrego. Pero, ¡ya no quedan obreros! ¡Están obsoletos! Si Ud. ve alguno dígamelo -vía twitter. Le juro que iré a echarle una foto. Y, –agregó- ya casi no salgo de casa. Vivo encerrado en un cobertizo que da a un jardín. Las plantas se comen a la hierba y los bichos, grandes, tercos y estúpidos, me reciben con euforia. Todo se lo está comiendo el pasto. Cada día con la manguera les suelto agua para aumentar nuestra cita. Me atrevo a decir, que un día de estos la hiedra cerrara mi puerta y se quedaran sin líquido. Salgo una vez a la semana para comprar y me visita una vecina frondosa. ¿Se dice frondosa? Y me miro como inquiriendo si una señora rolliza era una alegría o una tentación. Le respondí:

–No, tal vez digamos llena de carnes.

–Da igual. Es tan rellena, que se parece al estilo de mi patio. Me ayuda a ahuyentar mi espíritu débil y atrabiliario. ¿Y tú? Ese tuteo me desplazaría del imaginario del verde valle descrito. Dije:

–Desde hace tiempo, vago sin remedio. He arreglado una radio antigua, de las que llevan lámparas y madera, y escucho un programa de noche. Hablan de vampiros, de apariciones. Del más allá. Tengo mucho miedo a perder mi lucidez. No tengo señora rubia ni lagarto, ni perro que me anime.

Grow me miro. Le parecía un consuelo que mi situación fuera peor a la suya. Intento apoyarme, aunque no sé si le salió bien.

–Mire Ud. debería encontrar una vecina como la de mi patio. Le ayudara a contar las horas en que se desplaza sigilosa mientras Ud. prepara la siguiente copa, o el vocablo para intercambiar alguna conversación. O, echarle una miradita de reojo para satisfacer su ansiedad masculina.

–No es lo mío -respondí. Hace tiempo que ese tipo de mujeres me sitúa en una especie de desconcierto. Grow dejo pasar unos minutos y contraataco.

 

–Pues sabe amigo, haremos una cosa, nos veremos una vez cada 15 días. En este bar de la estación, prometo serle fiel a la cita. Se puso de pie y se despidió. Al verle escapar por aquel portal no pude más que hundirme. Me levante, pague y marche a casa.

Al llegar mire en Twitter, había un mensaje suyo:

“La vaca esta muda. He probado no regar el pasto y los bichos han palidecido. Volveré a verle en 15 días. Growing –y será en Vilanova”

Le respondí antes de hacer la cena:

“Growing: la entrevista de ayer en la estación me dejo sorprendido. Estoy menos amargado, pero esperare tu nuevo mensaje” jrick 

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