
Era una imagen que se repetía cada vez que tocaba fiesta familiar o celebración.
Él ejercía, porque lo era, de patriarca. Así presidía la mesa sentándose, de espaldas a la puerta y de cara a la cocina, el primero y marcando los tiempos al resto de comensales.
Era el padre de una familia numerosa en hijos y bien surtida de nietos. Trabajó toda la vida sin desmayo para sacarlos adelante con lo que daban el campo y los animales y a fe que lo logró. Ni uno solo salió torcido, que se diría entonces.
Ella era la madre de todos. Madre para los hijos y más madre para los nietos.
Atendía aquella mesa enorme, que unas veces precisaba de otra aneja y que según el día y la asistencia tenían dos turnos, con la ayuda de las hijas.
Lo que allí se comía había sido elaborado con lo que habían sembrado y recogido aquellas manos que al amor de un fuego de leña y carbón lo convertían en auténticos manjares.
Servida la mesa él invitaba a todos a comer, con autoridad pero con gusto “no quedéis con ganas de nada“ -decía, de forma que parecía mas bien una orden. Era ese algo interior que dejan años de miseria y posguerra y que marcan para siempre.
Y sin embargo ella no, ella no se sentaba a la mesa.
Aquella madre infinita había dejado de hacerlo el día que uno de sus hijos, con apenas quince años, perdía la vida victima de un accidente. Eran tiempos de trabajo juvenil, precario, mal pagado. Y las necesidades muchas.
Le dolió profundamente, tanto que se quedo para siempre al lado de sus fogones, comiendo junto a ellos, como si estuviera esperando que aquel hijo volviese a aquella mesa, con todos, aunque lo hiciese tarde y ya hubieran terminado.
Eran tiempos difíciles. Había poco y de alguna forma lo supieron multiplicar para satisfacer a muchos. Y lo hacían con gusto, era su placer: “Que no falte de nada. Esos críos, no comieron gran cosa ¡mujer!“ -repetía él, mientras apuraba el ultimo bocado para dar paso a la copita de Whiskey o Coñac que gustaba tomar con hijos y yernos.
Se acababa con amplias sobremesas en las que él contaba historias de años malos y menos malos pero cargadas de humor que la familia escuchaba y festejaba.
Ella remataba siempre las suyas con “el recuerdo del hijo del alma“.
Y los nietos… unas veces nos quedábamos a oírlos y otras salíamos corriendo a jugar por los caminos.
