
By Javier Hurtado Los laberintos perdidos -blog_ ”título original: Las ciudades perdidas”
No sé por qué me ha venido ahora este recuerdo, tal vez porque la memoria se enciende con una magdalena mojada en té o por una simple mirada. Praga. Las calles que bordean el viejo castillo, centro de poder que observa vigilante toda la ciudad. Allí Kafka y Karel Čapek pergeñaron sus fantasmagorías y el soldado Schweik desfiló feliz y contento a una guerra en la que nada tenía que hacer. Caminábamos por aquellas calles vacías, calles en cuesta, silenciosas, que en alguna esquina mostraban aún los restos de viejos automóviles incomprensibles en su diminuto tamaño. Ventanas donde parecía que a nuestro paso las recargadas cortinas de las casa se corrían para dejar pasar una mirada curiosa. Caminar sin rumbo es uno de los grandes placeres de la vida. Al volver una esquina nos dimos de bruces con una pequeña librería de lance. Cómo resistir la tentación de curiosear, aunque ni el checo ni el alemán sean idiomas que conozcamos. Pero la tentación ante una colección de libros viejos, de grabados antiguos, incluso de cachivaches desconocidos siempre es grande. La tienda era pequeña y desordenada, los libros se apilaban en columnas y había cajas por todas partes. El señor con gestos amables nos invitaba a pasar y mirar. Después de hojear libros incomprensibles y grabados eróticos, de revolotear por la tienda, nos fijamos en una caja de madera grande situada en el extremo de una enorme y pesada mesa de madera maciza, avanzamos casi al unísono y dentro encontramos una colección de fotografías. No eran postales, ni paisajes de la ciudad, eran retratos de personas. Las había de muchas épocas, por sus vestidos se podían diferenciar, las había de principios del pasado siglo, de los años veinte, treinta hasta cincuenta, había retratos de grupo, fotos de boda, parejas en los parques, niños vestidos de fiesta. Me detuve sobre un retrato de un grupo de soldados, por los uniformes y ese papel cartón tan característico, era una fotografía de la Primera Guerra Mundial, me fijé en ella, un docena de jóvenes sodados, parecían alegres y desenfadados, el fotógrafo parecía haber captado los momentos previos a la marcha. Sus uniformes lucían impolutos, recién estrenados. En sus gestos se dibujaba la sonrisa de la inconsciencia de quien no sabe que les llevan al matadero. Seguimos hurgando curiosos ¿De dónde habían salido aquellas fotos, que sin duda ,algún día pertenecieron a un álbum familiar o lucieron en marcos de plata sobre las repisas de algún mueble? Nos miramos, una profunda tristeza nos embargó, aquellas fotos yacían muertas en un cajón, eran fotos muertas. Nadie las miraría ya con el calor y el cariño de la proximidad, no había hijos, ni nietos, ni amigos que recordasen una antigua historia familiar, una vieja anécdota cercana y entrañable. Aquellas fotografías yacían en el más puro olvido, a merced de los ojos de unos extraños a los que nada les decían. Eran vidas que no habían vivido, que no pertenecían ya a ninguna memoria. Yacían en ese extraño cajón como en una segunda sepultura. Nos miramos al salir de aquella librería que se nos antojaba, ahora, un nuevo cementerio. Lo que al principio nos atrajo adquiría un aspecto lúgubre , los libros, los grabados, los cachivaches eran objetos muertos ,sin vida. La tomé de la mano, necesitaba sentir el calor de alguien palpitando de vida. Sentir su calor. Anochecía sobre la ciudad. La sombra del Castillo se perfilaba siniestra sobre las calles. Descendimos silenciosos, apretando con fuerza nuestras manos, pensando que, tal vez , algún día, también nosotros acabaríamos en ese cajón de recuerdos muertos.