
No levantaba más de cuatro o cinco palmos del suelo y el último correspondía a aquella cabecita que sujetaba una gorrilla visera tejida de paja, con alguna cinta o adorno, que sobresalía escasamente por encima de algunos setos y muretes de los caminos por los que correteaba.
De uniforme un mandilón a rayas, como si el verano fuese la prolongación campestre de la escuela invernal.
Caminaba por aquellos prados que tenían las montañas a la espalda y enfrente, el mar. Ese mar Cantábrico de tantos colores como el cielo, caprichoso, lo quiera pintar.
Una senda serpenteante entre la hierba desembocaba en otra cortada al talud de aquel prado con nombre de fuente, a causa del manantial que brotaba en la parte más baja, y que servía de llano donde reposar tras la faena, jugar o simplemente cobijarse los días de sol bajo dos hermosos cerezos que, también, daban un rico y rojo fruto.
Iba allí acompañando a su abuelo y dado que el camino era largo y pesado para las pequeñas piernas la ruta se amenizaba con preguntas y respuestas. El afán de conocer empezaba a brotar.
Miraba el mar, LA MAR. Miraba los barcos y dejaba volar la imaginación preguntándose de donde vendrían, a donde iban, qué llevaban, para qué. Los “qué y por qué “ de los niños.
Las rutas pasaban justo allí enfrente. Algunos días parecía que se podían tocar.
Siempre aquel mar y aquellos barcos llamaban su atención.
En el pequeño llano jugaba con su tío, Jean Louis, que a la vez era una suerte de hermano mayor y amigo. Él construía cabañas y animales de madera con trozos de ramas y las cortezas de estas.
Con los años siguieron siendo amigos y J. L siguió construyendo casas y cosas.
Un día, parado en el camino se paró y le dijo a su abuelo “ de mayor escribiré un libro, sobre el mar, y se lo dedicaré a J.L. “. Esa anécdota en alguien tan pequeño quedó grabada en la memoria del viejo y así se la recordaba, años después, cuando tenía ocasión.
Pasaron los años y aquella promesa quedó incumplida.
La vida no lo llevó, precisamente, al mar. Lo dejó en la orilla. Tampoco le dió las dotes y el conocimiento necesario para escribir un libro. Mucho menos del mar. De LA MAR.
Pero aquel mar sigue ahí, forma parte de sus vidas. Aquellos caminos también. Y aquellos prados.
Hoy, quizás, superficialmente muy cambiados pero idénticos en el fondo de la memoria. Diría que aún resuenan los ecos de las voces de aquellos chiquillos, de las gentes que los trabajaban, de los pájaros, de los animales.
Y el mar. Ese espacio azul que une el mundo y separa naciones y continentes.
Esa llanura llena de montañas de espuma blanca surcada por barcos que llevan gente, y cosas a los confines del mundo.
Ese mar que acerca y aleja. Que mece y mata. Que devora y alimenta.
No sabemos vivir sin mirar al mar. La Mar.
Nunca pudo escribir el libro pero puede dedicarle humildemente un artículo que recuerde aquellos años y el mar.
PD: A mi tío, hermano mayor y amigo J. L.




