El arte de no olvidarte, Lima

Al bajar por las escaleras del avión sabía que aun estarías medio dormida, era una hora indecente y tu nunca fuiste buena por las mañanas, al menos no mientras vivíamos juntos.

Desde que te dejé me has estado dando vueltas por la cabeza, te he recorrido mentalmente muchas veces, entregado al recuerdo de tus olores, a la tarea de reconstruir tus múltiples e insólitos modos de estar bella, y mi memoria se enredaba en los detalles, distorsionándolos, hasta hacerlos parecer imágenes de un sueño.

No, seguro que no me esperabas. Nadie me esperaba, había pasado tanto tiempo, tantas lunas, que cualquier espera era improbable. Además, cuando te dije adiós, diste la callada como respuesta, ese modo tuyo de hacer sentir que no necesitas a nadie, la indiferencia algo displicente que hizo innecesaria cualquier réplica, cualquier signo de respuesta.

En una fiesta me hablaron de ti, de lo bella que estabas ahora, rejuvenecida por el trato con un éxito que -por fin- te había sonreído y mejorado a los ojos de propios y extraños; entonces me asaltó la duda ¿encontraría a la que conocí, caótica, impredecible, romántica y trágica? ¿O estarías tan ordenada como fría y distante? ¿estarían aun tus calles de cemento y tus colinas desnudas, abrigadas por la baja neblina rascando los techos de las casas mirando el mar, con esa nostalgia de esposa de marinero? ¿O tus nuevos edificios de espejo y centros comerciales de tiendas, negocios elegantes y restaurantes finamente decorados te habrían enseñado un nuevo lenguaje alejado de la poesía? Sabía que iba a ser difícil volver a estar contigo pero no quise dejar pasar más tiempo, por si no nos reconocíamos en los pliegues de nuestro pasado.

Mis amigos me dieron la bienvenida con los brazos y los corazones cálidos, pero tú aguardabas cautelosa, recelando mis nuevos trajes, mi forma de sacar la cartera, de pagar, de mirar el tráfico con una sonrisa. A la mañana siguiente despertamos tarde y el sonido de un patrullero, la ruidosa licuadora en el puesto del mercado que vende jugos de frutas dulces y fragantes, la sonrisa del hombre que lava automóviles, me susurraron tu nombre. Estaba en casa. Y, finalmente, nos volvimos a abrazar en el desayuno, entre el café y periódico acompañados por la música de mi acento repetida en otras bocas. Más tarde, desde la ventanilla de los automóviles nuevos de mis viejos amigos, miraba esquinas pintadas con colores vivos en las que podía reconocer tu color serio debajo de esa piel reciente, y era feliz de estar de vuelta, feliz de estar contigo.

Hoy todos hablan de ti como de una princesa recién casada, pero tú y yo sabemos de ese pasado reciente de vieja pobre y dura, con todo su caudal de sabiduría y desencanto, ese que aprendimos a comunicarnos en secreto cada vez que salía a pasear por tus malecones y me recibías con aquella indiferencia y cansancio que llegaba del mar enorme y gris en forma de aliento húmedo, beso fino y delgado que aprendí a querer y hasta desear. Mi vieja y amada Lima.


Ante-pasado

By Javier Revolo de la Torre Bueno

Hallamos, un día, en un baúl, las cartas de un ser querido ya fallecido hace mucho tiempo, un abuelo, un bisabuelo. Esa criatura que se nos aparece de repente en la imaginación, que ama, que odia, que piensa por sí misma, cuyos rasgos vemos uno a uno dibujarse en el aire, ya no existe. Podría decirse, a fin de cuentas, que no es más que un conjunto de papeles manchados de tinta.

Remembranzas 

Remembranzas 2 

Pero en el momento en que leemos esos papeles, nuestro abuelo vuelve a ser. No a vivir, desde luego, pero sí a ser. Nadie podría afirmar que este señor, o señora, a quien probablemente no hemos conocido nunca, de quien (lo más probable) quedan menos vestigios sobre la tierra que los que quedan de Hamlet, es ficticio. Pero tampoco nos sentiríamos del todo cómodos, a la luz de esas simples cartas, diciendo que nuestro abuelo es real, que está ahí, que de alguna forma pertenece al orden de las cosas sensibles.
La memoria necesita inventar. La memoria es escritora. Cuando recordamos a la persona fallecida, es como si la escribiéramos dentro de nosotros: recordamos al personaje. Nuestro destino es transformarnos en personajes en la memoria de los demás, y como la memoria es peor, muchísimo peor escritora que Shakespeare, podría decirse que nuestro destino no va a vender siquiera cien ejemplares (lo mínimo que podría esperar vender el autor de una obra autofinanciada). Como personajes, lo más que podemos esperar vender son cinco o seis ejemplares: es decir, podemos esperar ser editados en la memoria de nuestros hijos, en la de algún amigo que otro, etcétera, pero tras el paso de una sola generación, y a veces antes, ya no seremos reeditados nunca más. Quedarán, eso sí, nuestras cartas, como las del abuelo, encerradas en un baúl. ¿Y qué más da que sean ficticias? Todo lo escrito, recordado queda.

 

REMEMBRANZAS

 

Rayo pálido de luna

Neurótica y enferma como mi alma,

En actitud cautelosa de ladrón

Te infiltras tímida, por el vidrio blanco de mi ventana

A robarme un jirón de pensamiento.

Y como fuerza inconsciente que empujara

La barcarola verdinegra del recuerdo,

Bogan de pronto en mi lago cerebraico

Fuertes remos pretéritos.

Pienso tal vez si únicamente

Repasa mi memoria ya débil por los años,

Caricias pasajeras, palabras estropeadas,

Siluetas y actitudes de mujeres

Que en horas de placer o de tristeza,

Las vi pasar o las sentí palpitar

Ávido del impío deseo de apretarlas muy fuerte a mi cuerpo

Pero no el de obsequiarles el boleto de pase al panteón de mi espíritu.

Pupilas femeninas llorando gotas negras de rímel,

Insoportables gotas que el despecho

Solo puede arrancar

Y minutos inolvidables de existencia

En que faltaba un ápice

Un prosaico empellón de hambre

Para implorar un pan!

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Oh, Burdel! Teatrillo algazarero

Donde la risa llora tragedias escondidas

Y lanza el sufrimiento sus carcajadas hondas;

Lugar de privilegio

En que las lágrimas salobres, granulosas,

Confundidas a gotas con el ajenjo lúbrico

Pasan a sorbos ávidos por las gargantas secas.

La danza sonambúlica

legendaria y elegante, excitante de la familia humana,

Desgrana sus compases por el salón espléndido;

Griego juego de luces,

Parejas enlazadas

Que al contemplarse

Ven en sus rostros lívidos

La huella acusadora de sus noches insomnes.

El tango llora lento su tísica tristeza

Y la carne vendible, símbolo de vicio

Da cabida a la cópula… en el lecho común.

Luna señorial,

Pálida dama del azul espacio,

Cautelosa ladrona del pensamiento

Que a todo lo perdido en los recodos del cerebro

Le das olor a carne y sabor a existencia,

Dime ¿por qué te empeñas en zurcir de los hombres

Los andrajos dispersos del recuerdo?

Juliaca (Puno) enero 13 de 1927.

ALEJANDRO DE LA TORRE BUENO CORTEZ.

 

Foto:

Juan y Alejandro de la Torre Bueno (mi abuelo)

Arequipa, Perú, 1921