
LA VIEJA ESTACIÓN.
Uno de mis recuerdos infantiles son una serie de objetos “ ferroviarios”. Una gorra de plato azul oscura, con adornos bordados dorados, una linterna que cambiaba de colores, rojo, verde, blanco, y que servía como semáforo portátil y una maquina de picar los billetes acompañada de estos. Aquellos de cartón marrón y duro.
Todos ellos eran de mi abuelo, revisor en aquellos tiempos, lo que hoy sería jefe de tren.
También me vienen recuerdos de su estación, la estación. La vieja y ya tristemente desaparecida “estación del Vasco”. Sí, mi abuelo era jefe de tren en el Ferrocarril Vasco Asturiano.
Era una estación sencilla y a la vez hermosa. Tenía una escalinata larga y de pendiente pronunciada que a corta edad parece, siempre, mucho más larga y empinada.
Por un costado había una rampa para la paquetería que a mi me servía de improvisado tobogán.
Al tren se accedía bien por el andén de la estación o por el del otro lado de las vías, al que se llegaba por una pasarela de hierro, cubierta, que se decía era diseño del mismo G. Eiffel.
Esta era gemela de otra, paralela, que se usaba como prolongación de la cafetería de la estación.
Me llamaba la atención una especie de puente en un foso circular que no era otra cosa que la plataforma para dar vuelta a las locomotoras y que acabó usándose de pasarela cuando la vejez impidió el uso de la pasarela “aérea”.
Oviedo era “fin de trayecto “ y aquellas vías morían contra una pared.
El andén del costado de la estación tenía unos bellísimos carteles publicitarios de azulejos. Un tesoro que sobrevive en las memorias y , quien sabe, en algún archivo fotográfico.
Recuerdo, con regusto, todos aquellos elementos que daban lugar a juegos imaginarios y correrías infantiles, siempre vigiladas por el abuelo, que gustaba de llevarme por allí incluso después de jubilarse.
Dicen que la gente “ del tren” no lo deja nunca. Que corre por la venas. Tanto que entre mis primeros juguetes recibí, como no, un tren. Y el abuelo gozaba viendo aquel tren dar vueltas mientras inventaba historias de trenes y gente, convirtiendo en cuentos lo que en realidad pudieran ser los recuerdos de su vida como ferroviario y que me relataba para entretenerme.
Tenía buen verbo y mucha imaginación, por eso conseguía mantener siempre mi atención.
Era un buen contador de cuentos que nunca repetía porque se los inventaba.
Recuerdo con nostalgia aquellos trenes, aquella estación.
Recuerdo, sobre todo, con gran cariño a mi abuelo.
¿ Y si fuese el recuerdo la estación donde parasen los tiempos felices ? ¿ si nuestros corazones fuesen los andenes por los que siguen caminando ?
Siento que es el sitio donde siguen vivos.