El Tren Costa Verde: by Santiago Fernandez Rodríguez

by Santiago Fernandez Rodríguez

El “Costa Verde” nunca salía ni llegaba puntualmente, RENFE desconocía el concepto PUNTUALIDAD, pero no importaba, aquel convoy corría hacia mi añorada Asturias, y digo corría con ironía eufemística porque nada duraba tanto como aquel viaje, sin importar la estación de año ni la estación de viajeros donde paraba o podría parar; sabias cuando comenzaba el viaje pero nunca teníamos la certeza de cuando llegaríamos o si llegaríamos algún DIA.
Pero iba sentado en mi tren camino de Asturias, en mi asiento, en mi sitio reservado pagando un plus de 25 pesetas, porque por viajar con reserva de asiento los niños pijos pagábamos un poco más. No obstante duraba poco la alegría y en pocas estaciones terminabas tumbado en algún rincón porque siempre, en alguna estación de las llamadas secundarias, embarcaba la abuelita de turno y, maldita mi buena educación, raudo le cedía mi asiento a la anciana trasnochadora.
Era un tren nocturno cargado de mil historias, tantas como viajeros, de millones de ilusiones, tantas como minutos de viaje. Algunos dormíamos profundamente, otros con los ojos abiertos y muchos de pie, sin asiento (porque siempre se vendían más billetes que asientos tenia el tren, el “Costa Verde”.).

Eternas paradas, eternas las interminables historias que, de vez en cuando, el viajero pelmazo (que curiosamente siempre acababa a mi lado) me “largaba”, de Madrid a Asturias limitando mi actividad cerebral y fisiológica a una pura y robotizada función fatiga con la esperanza infundada que en algún momento el canal de comunicación quedase interrumpido por puro sentido común, nada común en ese tipo de viajero.

Extraños olores a comida, farias, humanidad, sudor. Soldados incapaces de pegar ojo por la ansiedad del regreso al pueblo a visitar a la madre, a la novia, la señora de luto, inconsolable todo el trayecto , hasta Medina del Campo, donde, de llegar a la hora, acudiría al entierro de su padre, el estudiante temeroso del inevitable regreso a casa para contar que no había aprobado ni una en los primeros parciales, el escritos de fama que regresaba a Valladolid tras unos días de cacería por tierras de La Mancha y que, esa noche si, hizo de mi viaje algo apasionante porque decidió que al jovenzuelo de enfrente le iban a interesar sus historias.

EL “Costa Verde”, el tren que, en los días del regreso, me serpenteaba a través de la meseta hacia las alturas verdes de mí siempre añorada Asturias.

El “Costa Verde”.

 

¿Metemos milonga? Amores y disimulos: by Santiago Fernández Rodríguez

Aun conserva el velo de tul de aquel día, arrugado y amarilleado por los años, igual que el amor, antiguo ya. De vez en cuando lo saca del armario y lo mira ya sin nostalgia, luego busca el álbum de fotografías del mismo día y las escudriña una a una en busca de lo que parece que hace años ha dado por perdido por los rincones de su casa o, quien sabe, si por los de casa ajena. Ya no sufre como al principio de las sospechas; es más, en el fondo su más vivo deseo es que él tenga el valor de llegar un día con la verdad llamando al timbre, a la hora, que por una vez en su vida entre en la casa no con un “ya estoy aquí” sino con un simple “hola” y, mas tarde, cenando, le diga la verdad que sospecha ciertamente.

No llora, no siente, no le importa…cuando él llega, siempre después de ella, contando mil milongas del trabajo, de los amigotes. Que torpeza de excusas, que tío más zafio ha llegado a ser… con lo delicado y sutil que siempre había sido para quererla.

Y no sabe por qué conserva el velo de tul.

No sabe qué le ocurre –serán cosas de mujeres, son tan raras a veces…-, el caso es que día tras día llega a casa con la ilusión de encontrar una sonrisa en lugar de una puerta acorazada, el caso es que un día y otro solo le recibe un bloque de hielo de mirada lejana y una cena fría en la cocina, solo. Hasta la cama común parece el triple de ancha que era cuando aquellos días. Ahora se da cuenta de lo mucho que añora no haber tenido un hijo para, por lo menos, oír ruidos o griterío en la casa fría.

No sabe qué le pasa, ha llegado a pensar si no tendrá otros amores que atender, pero tampoco la nota ilusionada ni especialmente indecisa; no le cuenta ni mentiras y se jura y perjura que mil veces preferiría verla contenta por ese motivo, cualquier cosa en lugar del silencio imposible de cortar ni con diamantes.

No sabe qué le ocurre.

No saben qué les está pasando, solo la certeza de las sospechas sin argumentos, solo eternos silencios mientras se miran a hurtadillas, el uno al otro, cuando no se miran, a hurtadillas. Y ambos coinciden en lo mismo “no sé que coño le pasa”, y ambos coinciden en que, sin saberlo, sin decírselo, continúan queriéndose como aquel día. Pero no se dicen.

Hoy el abogado les ha llamado para firmar la sentencia de divorcio, todo repartido civilizadamente, como suele decirse, todo en orden, todo correcto. Y en el despacho ajeno han vuelto a mirarse a hurtadillas, sin mirarse y comenzaban a añorarse por primera vez. Se observaban sin mirarse, con amor inconfeso, después de tantos años.

“Aquella calle que… y desearía que algún amigo se asomara: CALLE BURGOS

By Santiago Fernandez Rodriguez

En apenas cincuenta metros empedrados puede ocurrir una vida. Intermitentemente estival y anti mesetaria.
En sólo 50 metros. Era mi calle solo durante tres o cuatro meses al año, pero MI CALLE, la de mi abuela, la de los veranos. Cincuenta metros empedrados que van de mi niñez a mi juventud, desde los juegos infantiles a los juegos del amor. Y del desamor. Cincuenta jodidos metros de pura felicidad, soñados y añorados de septiembre a junio y tachando días en el almanaque.

_ Neno, baja al bar Castil y sube un poco de vino blanco para el guiso.
_ ¿Abuela, que hay para merendar?
_Una rebanada de pan con nata y azúcar.

Hace años que no paso por allí y quizá me añore como yo la añoro. “…al lugar donde fuiste feliz no debieras volver…”. Pues vale, quizá sea mejor así, con el tiempo parado de niño, cuando la única regla era ser niño, joven, cuando cada día era radicalmente igual al anterior, pero diferente.

No es, en absoluto, una calle importante en el callejero de la villa canguesa, no tiene árboles, ni aceras; sólo un bar y toneladas de recuerdos ocultos en cada rendija o esquina. Amigos de la calle Burgos. Algunos ya nos han dejado, otros se han perdido en los años o en las amarillentas fotografías que me los traen de vez en cuando con alegría y nostalgia.
_Neno –dirá mi abuela, llama a tu hermano y a merendar. Luego vamos a varear los colchones que está el día para ello. Y ya estaba liada, una tarde entera dando palos a la lana de los colchones.

Mi calle Burgos, mi infancia y adolescencia de junio a septiembre, mi felicidad y desahogo, mi medicina de lo mesetario, del asfalto, del cemento y del humo. La bodega con las bicicletas, la casa de la abuela, las tardes en familia, el olor a los dulces horneados en casa, a empanada….

_Corre, abre la puerta que debe ser Antón el lechero y dile que deje tres medidas.
_ ¡Abuela! ¡Tírame la llave de la bodega que voy a sacar la bici!

Qué lejos está, diré:
…mi calle tiene un oscuro bar de húmedas paredes, pero se que alguna vez cambiará mi suerte…”.

Los amores que tuvimos y aún recordamos: By Santiago Fernández Rodríguez

Imagen from Olga Yermishkina

“QUERIDO AMIGO, DE MIS AMORES PASADOS, LOS MEJORTES AMORES PREFIERO MANTENERLOS EN LA INTIMIDAD Y RECORDARLOS A SOLAS DE VEZ EN CUANDO” –una delicada confesión en mi Face, que me ha llevado a este artículo.

Muchos años atrás la mujer de su vida zarpaba un lunes de primavera desde un puerto de la Galicia de sus muertos rumbo a la Argentina. Los padres de ella no podían soportar la idea de ver a su hija conviviendo, en santo matrimonio, el resto de sus días con el mozo bravucón de la mirada picara y pendenciara. El hambre de post-guerra les llevaría a huir y volver a empezar en otras tierras.

Ayer el mozo de la mirada picara y pendenciera me visitó, como cada dos meses, y en el transcurso de la visita no pudo contener la adolescente emoción y me confesó que se había re-encontrado con ella en uno de sus muchos viajes a Galicia. En su pueblo natal volvieron a verse y, juntos, levitar y regresar por el camino de la enamorada mocedad. En la sutil conversación pude escuchar:

_ ¿Puede usted creer que “esto”, a mis 83 años todavía funciona como cuando tenía 20? Yo estaba convencido que era cosa de la edad, pero solo con cambiar de mujer… como la novedad… ¡como cuando era un rapaz!

Viéndole tan ilusionado le sugerí que huyese con ella a Argentina cuando ella regresase, que no la dejará escapar. Sus ojos, entonces, brillaron sin picardía ni ilusión, sus ojos regresaron al mundo de la realidad y tal vez aquello no podía ser.

_Mire usted -dijo, yo respeto mucho a mi mujer y a mi familia y jamás haría eso. En mi cabeza cesaron los violines y regresé; desconocía su estado civil, lo creía viudo o soltero o solo…. Pero delante mio, pude descubrir que era otra historia de desamor, de desilusión, de infidelidad sin compromiso.

Pero los primeros amores perduran para siempre y alguna vez ocurre el milagro de la reconstrucción. Es el caso de “P”, una señora que después de dejar al amor de su vida por un golfo con el que se casó al poco tiempo y que le hizo parir demasiadas veces, unido al castigo físico, volvió a re-encontrarse con aquel novio, una vez separada y recuperada de golpes y humillaciones.

Vive ilusionada, se cuida, se arregla, ha vuelto a la vida. Le sobran años, kilos, enfermedad, pero jura que en el espejo se refleja una joven lozana y perdidamente enamorada.

Ha vuelto a usar perfume.

Kiukuyuland: Las ciudades que nos fascinan

“Breve dialogo entre S. Fernandez Rodriguez y J. Re-crivello acerca de una ciudad imaginaria captado en Facebook”

Juan Re Crivello: Kiukuyuland si mal no recuerdo esta detrás de unas montañas al borde del abismo y luego ¿se ve el mar? OK Hablaremos de esa ciudad donde se rascan la cabeza antes de dormir la siesta. 14 de febrero a la(s) 8:52

Santiago Fernandez Rodriguez:  kILUYULAND: está al norte del norte de León, tras el muro de la Cordillera Cantábrica, al borde de la mar, tan al borde que desde muchas de sus casas puedes mojarte los pies en la salina agua sin levantarte del sillón, desde el que ves tv o lees un libro, de algún afamado autor catalano/argentino. 14 de febrero a la(s) 8:53

Juan Re Crivello: OK ya sabemos el sitio, mojarse los pies antes de leer, quiere decir que sus habitantes aman la lectura y descarrían en amor, o sea, para ellos los edificios construidos con la imaginación son mas solidos. 14 de febrero a la(s) 8:55

Santiago Fernandez Rodriguez: Son inquebrantables. Y, perdón por la expresión, pero es que les viene como anillo al dedo, “raros de cojones”, los Kikuyus, hasta para enfermar (de amor, de odio, de mar…). 14 de febrero a la(s) 8:58

Juan Re Crivello: Amigo ‎Santiago Fernandez Rodriguez ¿Estas ahí? 15 de febrero a la(s) 20:23

Santiago Fernandez Rodriguez: Acabo de leer tu “llamada de atención” y he de disculparme, de nuevo una reunión con los “supertacañones” del servicio (que cosas: SER VICIO) de Salud, nos entretuvieron hasta bien entrada la tarde en Oviedo. He sentido no poder establecer esa ansiada (por mi) y estimulante conversación. Pero ha de ser, ¿No? 15 de febrero a la(s) 23:48

Juan Re Crivello: Habría que precisar el nombre de esa ciudad que me mencionas, yo no la conocía, y he mirado en Google maps y aparece Kikuyuland, Kiukuyuland o Kukuyuland. Tú que estuviste allí una vez ¿recuerdas el cartel de entrada en la comarcal 032, de los que ponía Franco en todos los pueblos? 16 de febrero a la(s) 9:01

Santiago Fernandez Rodriguez: En la entrada de Kikuyuland ya no existe el cartel de los de “El Extinto”, mas se puede adivinar que se trata de un bello pueblo costero de la Asturias verde. 16 de febrero a la(s) 9:03

Juan Re Crivello: He mirado Kikuyuland en la British Dictionary y pone textual ” Kikuyuland es un pueblo donde comen fruta y peces, cenan lobos en salsa y leen libros de gentes venidas de fuera de su tierra. Sus mujeres son bellas y cantan alegres melodías y sus hombres duermen con paz” B Dictionary paginas 832 y siguientes. 16 de febrero a la(s) 9:06

Juan Re Crivello Kiukuyuland: También aparece en una cita de el año 1650, que decía: “confirmatur : quia ex eo voluntas Angeli determinata fit” o que es la ciudad elegida por los Ángeles. Y pocos le han visitado ¿Y sus habitantes? ¿Alguien podría hablar de ellos? 16 de febrero a la(s) 9:19

Santiago Fernandez Rodriguez: La ciudad, Kikuiyuland, si recibe visitas, pero siempre las mismas, como este centro de salud. Los kikuyus… qué decir de ellos, podría contar mil y una historias y con cada una de ellas podríamos reírnos o llorar (ambas a un tiempo) con ellas. Aquí ocurren cosas que sólo aquí podrían ocurrir, son excepcionales hasta para enfermar porque hoy mismo la OMS declarase la aparición de una nueva, rara e incurable enfermedad, aquí aparecería en pocas horas algún caso. ES UN ENCLAVE HUMANO Y GEOGRAFICO EXCEPCIONAL, UN NUDO GORDIANO SOCIOCULTURAL, UN AGUJERO NEGRO DE TRANSICION A UNA REALIDAD PARALELA. ¡¡UFF!!. Creo que voy a tomar un café y enseguida vuelvo. Hoy pasaré consulta excitado y a la espera de los comentarios. Regreso en 20 minutos, un café me grita desde la sala. 16 de febrero a la(s) 9:28

Juan Re Crivello: Esa ciudad que me mencionas observo que posee -lo acabo de ver en un documental en la 2- también una rara brisa que domestica a sus feligreses. De las misas cantadas que hacen los domingos, el día que hay ese viento, se escuchan estrofas intensas y dueñas de deseos que el cura Ermenegildo ha bautizado como “virus venidos de América”, lo cual lleva a sus habitantes a presumir de poseer un bel canto. El Viernes a la(s) 11:15

Santiago Fernandez Rodriguez: ¿Hablamos de la misma “ciudad” costera asturiana?, estos kikuyus cantan pero son amigos de las habaneras (los cantos, eh) y, si, sé que cantan en las misas pero al cura le llaman Cipriano (a uno de ellos). Te ubico geográficamente: estamos en la cara Este del cabo Peñes, donde el viento sopla con tanta gana, en ocasiones, que arrastra consigo cantos y tejados y… hasta intelectos. El Viernes a la(s) 11:28

Juan Re Crivello Es probable,  el cura ahora recuerdo era Cipriano -aquel que solía perderse por las noches al amar el coñac- y los habitantes le enviaban un perro amaestrado que le amarraba antes de dar el salto desde el faro. Me pregunto ¿era el faro donde se incrustó por error el avión que llevaba a Saint Exupery  -¿el de El Principito? A veces mezclo los hechos, al vivir en esta residencia, a mis 92 años imagino que aquello era así y luego gentes como tu me corrigen con lo cual ¿Había faro? Y sino existiera faro, es probable que allí dejaran una cajita marrón de madera para guardar las letras de las habaneras. Creo que tú Santiago Fernandez Rodriguez en su momento tenías esa llave y con protesta decías: ¡hoy me toca abrir la caja de las mil vidas!

El Viernes a la(s) 11:40

Santiago Fernandez Rodriguez: El faro existe e ilumina tanto barcos como almas, está a unos km de Luanco y en las noches de niebla aúlla cual lobo de mar advirtiendo de la cercanía de tierra a los marinos que huyen de su mar adentro. EL cura es eso, MUY CURA. Antoine nunca se estrello contra el faro, alguien de su pueblo lo denunció como miembro el Al Qeda y antes de que estrellara su avión contra el faro de Peñas la Guardia Civil lo detuvo, le hizo un control de alcoholemia y al comprobar que había bebido demasiada Absenta decidieron enviarlo a un planeta solitario cuyo único habitante, un Principito, lo acogió una temporada hasta su desintoxicación. Hoy es un tipo aburrido y sin nada que contar. Y tienes razón, soy el poseedor de la llave de la caja de las mil vidas, pero te ruego no lo digas. El Viernes a la(s) 11:50