Pan, boxeo y moléculas de amor

By juan re-crivello

De tipos aburridos esta lleno el mundo. Sin ir muy lejos, conocía a uno de nombre raro y de fuerte impacto: Eulogio de Ribas. Salía a pasear desde su casa muy cerca de la mía –en este barrio vive gente muy rara, cada tarde, cerca de las 5, a veces con un perro, otras solo y bien peinado y abrillantado. Su perfil destacaba al cambiar su camisa guayabera de tonos y colores vivos cada jornada,  y siempre el mismo pantalón blanco, con zapatos del mismo color. Pero ¿que me atraía? Tan solo por ser aburrido y ¿formar parte de la caravana de los olvidados de la risa? No, quizás era su forma de saludar, si nos topábamos de frente siempre decía:

_Joder! Que tenga Ud. muy buen día Juan. Yo solía responder con un si y… será. Pero si por casualidad le veía pasar por la acera del frente su vozarrón picante y de desconcierto atravesaba la calle:

_ ¡Vaya Ud. con Dios! Si uno pasaba por delante de su casa, las ventanas siempre estaban cerradas, a lo sumo un hilillo de arroz podía verse en el alfeizar, que sentido ¡tener  ese cereal  puesto al rayo del sol! Un día mi interlocutora la panadera a quien consulto sobre mis vecinos cada tanto, me dijo: “los tipos aburridos abusan del desperdicio, de-la- vida”. Yo pude preguntar pero ¿Ud. le conoce bien? O, ¿es ese vecino quien trama y/o teje las peleas cada tanto del gimnasio transformado en boxing cada viernes? ¿Aquel que vale 2 Euros la entrada? Pero mi ilustre amiga ya lo tenía previsto, al decir:

_Es el que organiza las veladas de boxeo en el centro. Trae a tipos duros y curtidos desde kilómetros para que se peguen en la velada,  hasta dar una vidilla a los que pagamos. “¿Ud. va?” –pregunte.

_Siempre, desde que un día me invito a recoger dos entradas en su casa. Y se detuvo, en lo que intuía decir y podía ser inapropiado. Pero luego se inclino sobre el mostrador. Su peinado caía redondo y gracioso, al bajar mi vista, sus labios eran picantes y sensuales. Absorto en esa peripecia de destino ante mi panadera, pude acercarme un poco mas, casi hasta sentir que su voz remataba la intención de aquella visita jugosa y desmedida, donde los hombres aburridos pueden vestir ropa de seda y usar jabones, cremas y lociones para seducir a su presa. Y ella dijo:

­_Fui una noche a por el papel –digo el tiket y me invito a una copa que no pude rechazar, al fin y al cabo las entradas eran para mi y… mi esposo. “¿Y?” –pregunte. “¿Quiere alguna otra barra?” –pregunto mientras se ponía recta y acomodaba sus senos en aquel uniforme de grabados rosas. “No” –dije y pague el pan.

Al salir me encontraba confuso. La panadera en casa del Eulogio Ribas y este tan disimulado. Al llegar a la esquina pude encontrarle de frente y escuchar “Joder. Que tenga… “Perdón, le puedo hacer una pregunta”

_ Si –dijo, al frenar su recorrido.

_ ¿Este viernes hay sesión de box? El respondió con orgullo: Este viernes traigo una selección de boxeadores negros africanos, que solo vienen a Barcelona una vez por año –para agregar, luego en la sala de al lado daremos baile de los de antes, de aquellos agarrados. Su sonrisa picara se transmuto en una invitación. ¿Debía aceptar? Dije: “el viernes le prometo que estaré allí con mi mujer”.

_Si quiere entrar un momento en mi casa, le daré unas entradas de regalo.

_ ¡Oh! le agradezco pero llevo prisa quizás otro día, sino, me las puede dejar en la panadería.

_Ah, somos clientes de la misma persona –dijo mientras se despedía. Pude ver como caminaba desplazando sus piernas en una sincronización casi perfecta mientras la gabardina se inflaba de aire, cada tanto un “joder, adiós” dicho en voz alta y levantando las manos, le empujaba aun mas hacia el centro de la ciudad. Tal vez la corte de africanos negros que pelearían este viernes le esperaba en la sede de su mundo pugilístico, y en la casa, la seda y la crema, seria una mazmorra de sexo imprevisto para tal gentilhombre.

Juanita C y el sexo

By Juan re-crivello     imagen: bolsa negra blogs

Una relación difícil, es ella mayor, con un cierto aire marimandón,  el tartamudo y más joven. Juanita C apareció un día, casi al caer la tarde en aquella comarca y se conocieron ambos a los  pocos días.

Víctor Ramos, vivía en la granja de sus padres y ella quedo enseguida instalada en aquella propiedad, luego llegaría su hermano pequeño –o su hijo extraviado y adverso a tanta sin razón. En el valle hablaban de amores y sucesos extraños, aunque durante las próximas jornadas Víctor paso a ser la comidilla. Podríamos agregar a esta experiencia la lógica suma de años hasta que todo se fue normalizando. Víctor era un tipo simpático con una pronunciación desigual, una cierta barriga y un andar precipitado como bailarina que arremete en falso y poco a poco encuentra el ritmo. Pero dicen que los volcanes están guardados y quietos hasta aparecer una grieta, la cual digamos desinfla aquella natural moratoria que muestra la fuerza de la naturaleza, o la fuerza emocional de estos cruces sentimentales.

Dos años más y sus padres murieron. Aquella granja soportaría el nuevo grupo familiar que gestiono, algunos cerdos, un campo alargado y débil, donde la alfalfa se combinaba con la huerta. Y, a lo sumo un gallinero grande que alimentaba la zona. En el interior de la casa cada tanto una llamarada invadía con una exclamación sonora y repetida día si día no. El sexo lo practicaban los primeros años a lo clásico, tu ponte aquí, yo me atrevo por allí, pero el juego de Juanita C fue siendo cada vez inoportuno y temprano, o alegre y tierno, o ruidoso y lleno de visitas al campo, a horas extrañas bajo la lluvia o el sol. Otras veces lo solicitaba en el gallinero, o detrás de una tapia, o inclusive probaron en la parte alta del molino de viento, allí arriba donde es difícil aguantar la brisa que se suma al vértigo de la altura o de las palas que atraen desde el fondo de la tierra agua para mantener los animales. Allí precisamente comenzó el drama. Cada vez que subían hasta aquel espacio, transportaban un colchón pesado y duro. Le izaban con una cuerda y le metían en un estrecho cubículo que estaba en la base a escasos centímetros de las aspas. Los gritos desde aquel espacio se sentían menos, aunque la perspectiva de la zona fuera de noche o de día era espectacular, si nos imaginamos, dos diminutas cuerpos cabalgar al borde del abismo. Hasta que decidieron dejar el colchón estable. Fue en esa época cuando a Juanita C se le ocurrió ir de noche, o con lluvia o en la siesta donde el calor de la comarca derrite los bichos y anuncia el fin de tanta miseria. En tantos años, digamos unos cinco y pico, aquello no disminuyo, como si le comparamos  con el salitre que  riega nuestros  deseos. Para Víctor lo que comenzó como el cielo abierto, luego fue aumentando su desdicha, que desde la muerte de sus padres paso a representar una vida arriesgada. Las citas del molino efímeras al comienzo, sutiles y románticas si era de noche, le tras valsaron al convertirse en intolerantes y amargas. Nació en su interior una resistencia, luego una trama de odio. ¿Debía dejar de servir a tanta locura? Una noche, subieron allí. Llovía suave, les rodeaba una oscuridad retorcida y aun no hacia frio. Él se recostó y ella monto sobre su pecho, se agarró de sus nalgas y gimió. El viento puso el molino en movimiento, un ruido metálico se mezclaba con ese alarido peculiar que daban juntos al aumentar su particular orgasmo. Esta vez, una de las aspas le partió a Juanita C. en dos. Víctor Ramos sorprendido se quedó como paralizado, el golpe seco y duro había pasado a centímetros de su barriga, ella diezmada, le miraba sin vida. Víctor pensó:

#Se ha acabado tanto ardor –y dijo en voz alta “darán las dos y la sangre llegara al suelo, ¡si me hubiera dicho que amar era esto, tal vez no hubiera comido sopa ni bebido jarabe contra la tos!”#

Agosto 016: Amistad, sexo y amor a los 70

By Juan re-crivello

Imagen Willy Ronis

Hace unos días una persona conocida me pidió que escribiera sobre la amistad entre un hombre y una mujer –pero sin sexo. Esta última restricción me puso sobre aviso de que algo marchaba mal.

El tema de por sí está unido a una amplia literatura de discusión tópica sobre si es posible la amistad entre un hombre y una mujer. A esta situación debo añadir que la persona que me hizo la solicitud, es de más de 70 años, lo que hace que entremos en aquella pretendida sensación que después de una determinada edad… no pasa nada. Pues debo confesar que no soy un experto.

En este terreno he decidido recurrir al padre del psicoanálisis. En 1926 afirmaba en un entrevista:

G.S.V.: ¿Usted siempre pone el énfasis sobre todo en el sexo?

Sigmund Freud: Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: “Más todo faltaría si faltase el sexo” (Yet all were lacking, if sex were lacking). Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está “más allá” del placer -la muerte, la negación de la vida. Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor -como un paso para el aniquilamiento! Explica por qué los poetas agradecen a:

“Cualesquiera dioses que existan

Que la vida ninguna viva para siempre

Que los muertos jamás se levanten

Y también el río más cansado

Desagüe tranquilo en el mar”(1)

Metáfora visual, en la cual el sexo es una pulsión potente y eficaz que navega en nuestro interior. Aquí este gran analista nos habla en oposición a otra pulsión, la de muerte o decadencia.

El concepto de amor

Para muchos el amor es algo independiente que despierta o desaparece por motivos caprichosos y extraños. William Shakespeare dirá en Romeo y Julieta lo siguiente:

Romeo. “A las nueve”.

Julieta. “No lo olvidaré. De aquí a entonces voy a creer que pasan veinte años… Pero ¡ay!, no me acuerdo para qué te he llamado”.

Romeo. “Pues me estaré aquí hasta que te acuerdes”.

Julieta. “Entonces lo olvidaré, para que no te vayas nunca. No hago memoria más que del placer que siento en tu compañía”.(2)

Para Shakespeare estaríamos ante un sentimiento que es vínculo, en el cual las personas se unen una en la otra y ambas se realizan en ese intercambio. Tal vez llegados a este punto no hemos resuelto el problema. Quizás porque ambas situaciones coexisten y es empobrecedor preferir una u otra.

La fría manteca,

Se corta con el diente extremo del cuchillo. Despacio,

Un poco melosa, hasta rígida en su grasa.

La enagua se permite mostrarse, suave, liquida.

Es ¿suspiro o incendio?

La amistad se gira ante sí, luego,

mira sin prorroga, ante el difícil contacto de sexos opuestos.

Si abres un latido o una emoción

Difícil intuyas donde culmina.(3)

Notas:

(1)”El valor de la vida” 1926 Esta entrevista fue concedida al periodista George Sylveste Viereck en 1926 en la casa de Sigmund Freud en los Alpes Suizos. Se creía perdida pero en realidad se encontró que había sido publicada en el volumen de “Psychoanalysis and the Fut”, en New York en 1957. Fue traducida del inglés al portugués por Paulo César Souza y al castellano por Miguel Ángel Arce. Fuente: http://www.clinicamente.com.ar/articulos/ev-freud.htm

(2)Pág. 121. Romeo y Julieta. William Shakespeare. Ediciones RBA. Año 2003

(3)Poesía maldita. Juan Ré-Crivello

 

No pensaba escribir, pero…

By Juan Re-crivello

He ido a comprar el pan y en el suelo había una moneda de 1 céntimo de Euro, la he recogido y una catarata de bromas me ha surgido con María -la vendedora. Siempre he pensado que las panaderas son seres inteligentísimos, pero ella no conocía la teoría de sembrar dinero.

Siempre que encuentro monedas (¡si con la crisis aún hay monedas olvidadas!), si Ud. le recoge al cabo de cierto tiempo es necesario sembrarla dichas monedas en tierra y que nadie lo sepa. Llevo practicando esta filosofía desde hace 10 años –por cierto algunos creen en Dios y nadie les cuestiona, porque no puedo practicar esta señal materialista). A lo que iba, el defecto o la virtud me viene de un Tío que tengo en América –ya más de un lector conoce a Armando. Cuando le visite la última vez a su casa de campo, al día siguiente me pregunto: “sobrino, ¿Dormiste bien anoche?”.

“Si”- respondí. “que sepas que debajo de la cama, tengo enterrado en el suelo unos 25.000 Dólares”. “¡No jodas!”. En tono de confesión agregaría: “me gusta enterrar dinero por si alguna vez lo necesito, mira allí detrás de la nevera, en el muro tengo otros 25.000 y allí…”

“¡Para! ¡Para!, no sea que nos entre alguno y nos obligue a confesar tus hobbies. ¿Lo sabe alguien más de la familia?” “Nadie” –su mirada picara reía. “¿Y si te…?” Su cabeza giro un poco saliendo una risotada de gentilhombre, aquella escena me recordó cuando abrió su Facebook estuvo un mes sin escribir nada, para luego poner “estamos dentro de la technology”.

Pues señoras y señores… a sembrar dinero. Solo cuesta echar una ojeada disimulada cada tanto al suelo, de aquellas que practican los señores mayores con las jóvenes, o del estilo homosexual cuando uno se pone en el lavabo a orinar y percibe un ojo libre y salido que vuela con hambre sobre nuestra intimidad, o como hacen las mujeres que sin parar de hablar bajan la mirada en busca de un paquete masculino y soberbio que no deja de ser un mito como el Wanderbra.

¡Y todo este rollo por encontrar un céntimo! Le digo y no se ofenda, que si practica esta religión materialista le sorprenderá la cantidad de dinero que hay por las calles. Si no le queda otro estilo. Como la película de Di Caprio:

Él está en la habitación con una absoluta mujer que ha ligado en el pasillo, y ella le pregunta: “¿Cuánto crees que valgo?”.

“100”. “No”; “300”. “No”; “1.000”. “OK, dice ella. “Pues si me esperas –le mira y dice Di Caprio, bajare a cambiar un cheque en Administración”.

Por parte de ella, solo un comentario suave: “a las tres de la mañana, no estaría bien visto. Te lo cambio yo”. Cabría decir, que él es un estafador profesional  y le responde:  “ el cheque que tengo es de  1.400 dólares y nuestro acuerdo es por 1.000”. En unos breves segundos de silencio aparece una voz femenina que agrega: “no importa yo te dejo los 400 y lo completamos” dirá su partenaire mientras sus ojos verdes galopan.

Ante lo cual, estafadores y estafados, vibran a través del sexo. Ahorradores y granjeros del dinero vibran de la salud material del vil sueño.

Nada es tan seductor como un bocado de imaginación futura.

Artl

By Juan re-crivello

Al ver que no dábamos con Artl, logramos hablar con una vecina suya. Nos contaría que desde que su mujer murió ya no había sido la misma persona. Dejo de componer y frecuentaba unas amistades poco edificantes. Se distancio de sus hijas y se marchaba todas las tardes al centro de la ciudad. Nada más podía decir.

¡Ah sí! La mujer se puso de pie y fue hasta un cajón. Extrajo de allí una foto. Estaba Arlt con una señora de ojos grandes y mirada esquiva. Seria de dos años antes. Alrededor de 1963. Le preguntamos como la había obtenido. Dijo que aquello era porque a veces le lavaba y planchaba la ropa. En su momento encontró en un bolsillo doblada esta imagen y la aparto para devolvérsela. Miramos detrás, ponía C/ Paris 430. Decidimos ir hasta esa dirección.

Paris 430

Al tocar el timbre los dos no sabían que decir. Era extraño sucumbir a un personaje muerto, o desaparecido, inclusive estar frente a una casa, mientras a ellos no les venía ni les iba para tanto. Les atendió una señora de 45 años. Coqueta, llena de vida. Al preguntarles para que le deseaban entrevistar. Uno de ellos dijo.

-Somos de la policía y vamos tras el asesinato de Artl. Ella puso cara de extraña y les abrió el camino. Les hizo sentar en una salita llena de plantas.

“Desean beber una cola?”. Su compañero Ernesto, respondió sin rubor “si”. Al marcharse para la cocina, su espalda acababa en una sinuosa sentadera que movía de lado a lado. Un espacio para el buen amante pensó Jorge. La señora regreso rápido y puso una bandeja con dos colas y un vaso de un líquido claro con menta. Ernesto pregunto:

_¿Qué es?. “Anís frio y menta” -dijo ella. Vaya debe estar muy bueno –fue el comentario del amigo de Jorge. Sin pedir permiso Ernesto, dio un trago, su sabor puro e intenso bajaron delicadamente hasta dar con el estómago. Un sudor líquido aumentó su  sed. Su primera sensación era encontrarse más despierto y arder de sensualidad. Inconexo y atrevido le parecía tener frente a si, a una mujer joven y llena de morbo. Intentaba corregirse pero su lengua se llenaba de espuma. Ernesto dijo:

_¿Conocía a Artl?. “Sí. Desde hace tiempo. Éramos amigos desde hace 5 años”. La suavidad del sinónimo escondía el término de amantes, dedujo Ernesto. “¿Le conocía profundamente?”         –preguntó. Ella sonrió, sus ojos brillaron y redujo su postura a un bacanal de verano: “éramos bastante amigos -agregaría para continuar. Algunas noches se quedaba a componer en casa”. Ernesto observo como la piel rosada de sus hombros le agitaba. Decidió beber más. No podía retener su ansiedad. Dijo: “¿Trabaja Ud. aquí en casa?”. Ante lo cual, Jorge no pudo más que sorprenderse de la estupidez de su amigo. Le veía extraviado y alegre a la vez. “Si –dijo ella. Normalmente me visitan conocidos a los que recupero de su depresión”. ¡Ah! Fue la palabra que utilizo Ernesto. “¿Era para Ud. el señor Artl una persona deprimida?. O sea -digamos- que tenía algo que le impedía sostener una vida normal”. Ella le podría haber respondido con la mirada, sus ojos verdes claros se desplazaron hasta detenerse, parecía querer dar sentido a la respuesta: “el a la muerte de su mujer cambio. Se dedicó al juego y sus ahorros se los gastaba en largas partidas de poker”. “¿Cómo le curo?” -dijo Ernesto- sin darse cuenta que daba por supuesto aspectos que ella no respondía. Ante ello Jorge previendo que aquello iba por mal camino, dedujo que su amigo decía tonterías y la mujer insinuaba desde un jarabe para la tos hasta un calentón de domingo. Quiso despedirse y llevarse a Ernesto consigo, pero su colega se levantó y pregunto por un lavabo. Ella le acompaño. Desaparecieron ambos tras un pasillo y le dejaron solo. Era su momento. Jorge miro los cajones que estaban en la librería. Las fotos de esta señora y Artl estaban cuidadosamente pegadas en un álbum, pero no había pistas, tan solo aquel derroche de filmografía barata. Pasados unos 20 minutos, empezó a preocuparse al ver que su amigo no regresaba. Decidió entrar por ese pasillo y se dio de bruces con ella. “¿Y mi amigo?” -preguntó.

“Su amigo está descansando en el cuarto contiguo” –respondió ella. “¿Le apetece a Ud. el mismo servicio?”. Jorge le esquivo e intento entrar en las dos puertas del pasillo, en la segunda pudo dar con una cama arrebatada de sabanas rojas. Ernesto estaba desnudo, sus ojos cerrados, parecía dormir plácidamente. Se giró y le pregunto a la dueña de la casa: “¿qué le ha hecho?”.

“Un francés. Estaba -prosiguió su descripción- tan excitado que no era capaz de rebajar la subida de su sexo. Le apreté un poco. Le sople en el canal y exploto. Luego le desnude por miedo que ante tanto calor le diera un infarto”. Jorge, se acercaría hasta la cama, deseaba comprobar su pulso, pero dedujo que dormía profundamente. Decidió esperar a su lado. Esa noche ceno patatas fritas con pescado en la cocina con la dueña. Supo más cosas. Se llamaba Ester, había nacido hace 45 años y amaba a Artl. Pero no conocía la vida de aquel más que en sus visitas nocturnas y mensuales. Pero si fue capaz de recordar que había asistido a misas con él: “en los evangelistas de la calle Pueyrredón 2530″.

También la charla giró sobre las anécdotas de su trabajo:

“Una vez me vino un tipo que era escaso de carnes y de nariz grande, le hice pasar y en la habitación al desnudarle pude comprobar una mata de pelo que le tapaba el sexo. Levante mi cabeza y su cara miraba, sin otra despensa que la ingenuidad. ¡Menuda incomodidad! –dije en voz alta. El tipo asintió encogiéndose de hombros, en ello me acorde que tenía una máquina de cortar el pelo, de aquellas antiguas de barbero –mi marido lo había sido. Le hice sentar y le afeite. Al acabar me agradeció y se fue.  Nunca más le vi, bueno si, una vez en el mercado con su mujer, le miré y el levanto su dedo pulgar haciendo ver que se afeitaba. Pero dentro de los casos extraños, un día se presentó un tipo que venía de parte de un cliente fijo. Le hice entrar en la habitación y murmuro:

“Servicio especial”. Le mire y pregunte: ¿cómo?. “Servicio especial”. Decidí desnudarle y le lleve hasta la ducha, cuando lo tenía enjabonado se me ocurrió una idea, siempre he tenido animales en casa, fui hasta el patio y traje una pitón que se la enrolle alrededor del cuerpo. El miedo que paso le ayudo a irse. Eso sí, tuve ciertos problemas, al recoger a Mardi esta le apretó en el cuello que estuvo a punto de estrangularle. Le mantuve un día en casa hasta que recupero el aliento”

“¿Siempre son casos especiales?” –pregunte. No –dijo ella. Su estilo de bondad sexual, me remitía a los comienzos. A aquellos estúpidos momentos que los hombres tienen, cuando su sexo o su cadáver de adolescente se encuentra con el lado femenino. Ella -la primera amante-aparece y nuestros gestos enferman de deseos. Ester  trajo anís frio y menta. Puso dos vasos. Serían las tres de la madrugada. “¿Te atreves?” –pregunto. El miedo me paralizo. “¿Y luego donde duermo –pregunte cual rata de alcantarilla que pasea el hocico en una vulgar escapada. “O con tu amigo o en mi cama” -dijo. Bebí tres vasos seguidos. No recuerdo nada más; tal vez  un ruido del camastro hundido en el centro. Además piernas o sudores, y un zumbido tenue que procedía de la nevera del salón.

Pueyrredón 2530

¿Sexo? ¿Trenes nocturnos?

trenes petroleros

By Juan re-crivello

La máquina del tren, de aquellas de los años 20, posee una furia de leña y carbón y dos que le administran. Esa noche, soltaba un humo negro y turbio. Detrás colgaban un largo carguero, duros vagones de metal, oxidado y recio. Al ser petrolero, a ambos lados había un pasillo. La noche era fría, pendiente de la ceniza y el bosque de su contorno. En esa masa verde se abría sin más una vía dejada allí hace un siglo por los ingleses. Cuando la riqueza del país construyo en la selva y en el llano, un musculo que reventó en el Reino Unido con la crisis de la Baring Brothers. Desde hacían 100 años no le habían renovado. Su ruido indolente entraba por el centro de la Republica hasta dar en Bolivia. Si me dormía el suelo que corría debajo, amenazaba devorarme. Si seguía despierto el hollín lavaba mi cara. Aquella escena, daba un aire dantesco al permiso paterno esquivado desde hace unos días.

A los 16 años, nadie se escapa de su casa. A esa edad nadie es desvalijado por la tortura del comer, o del con quien hablar o que cama sufragar. Lo más real, es esta máquina que parte el monte; o el árbol tropical de Tucumán. Este valle y los sucesivos son de los dueños de grandes haciendas, quienes no saben si morderle a uno en su pezuña o dejarle pasar hasta el fondo, allí arriba, un espacio alto y llano, donde cambiaran los verdes por los ocres prestados de la frontera boliviana. Este  es un sitio con miedo y furia, donde tejen los mandamases de la provincia -su futuro. Estos espacios de riqueza olvidada sufren  como el cacahuete prestado, aquel que se balancea con sabor amargo, si cae del lado de la pobreza, o dulce, si está recogido por el caudillo provincial.

Pero , a ¿dónde iba?. Ni la noche tenía respuesta, ni la deuda en mi bolsillo. Por la mañana me atizarían el estómago. Me darían cuenta de un ocasional trabajo. O simple y hablado. Una mujer mayor y servicial me daría un plato de sopa. O, un diente de una mujer más puesta y rotunda, con un favor sexual remataria mi boca… de canela. Eran las 3. Habíamos comenzado una subida, la maquina pegajosa en su vaina, parecía triste de ver siempre al mismo camino.

Me desate, de los laterales de hierro que contenían el vacío y me puse de pie. Decidí recorrer el vagón hacia atrás. Pase al siguiente, al final gire a la izquierda. De repente un tipo -olvidado en su demonio- se masturbaba. Su jadeo daba un son a la oscuridad. Al verme, escondió con prisa su sexo. De ser tan voraz, desapareció el apetito. Era mayor. Levante mi mano en disculpa y retrocedí. Regrese por la misma ruta a mi guarida. Ya no pude dormirme. Presentía, que, en el sueño el tipo me asaltaba. La noche se construyó larga y fina. Sostuve con fuerza mi macuto. Me concentré en que darían las siete y el sol despuntaría. Y así fue, inclusive detendrían la locomotora frente a una manguera alta y llena de agua. Estas naves de acero se alimentaban de carbón y agua. En este descansillo, los maquinistas me dejaron duchar. Un chorro de líquido marrón escapaba de la manguera, nade de alegría, luego me seque con mi toalla y regrese a los laterales del vagón. Con el día, aparecían los mosquitos, moscas y culebras. Mi colega de dos vagones atrás ¿habría desaparecido?. Atado por una cuerda al acero, dormí un buen rato.

El viento y el sol empujaron con fuerza el resto de la jornada, llegue al sitio por la noche. El tren se detuvo. Una nueva Republica de cuerdas, aceites o monjas aburridas quizá esperaba. Decidí apostar por el fetiche, fui directo al convento. En esas casas de rezo, de plegarias, no hay infierno, pero alguna vez he sido capaz de encontrar una alterada compañía, que ya no reza, ni come, ni sueña, prisionera de un enjambre de culpas y deseos.

¿Sexo? ¿Trenes y estaciones?

Es casi como la comida, pero en la mente. En la realidad es un poquito diferente.

Hace años, antes de casarme e ir joven y despreocupado, practicaba el ligue en los viajes. Eran momentos de espera en frías estaciones de tren, antes de subir a un nuevo caballo de hierro, merodeaba por los pasillos y siempre aparecía un alma solitaria parecida e igual a la de este actor. Luego no siempre acababa bien, pero aquel momento de cercanía y lucha por descifrar, latía allí tan escondido y protegido, era tan sutil y bello que valía la pena.

Las grandes estaciones de los ferrocarriles son el plasma de la disidencia, donde viven animales ignorados por la gran ciudad, desde carteristas, a lobos solitarios, buscadores de amor sexual y viejos amantes como el descrito. En ese espacio donde habitan tranquilas señoras de paso o jóvenes estudiantes, o señores que van al trabajo, todos pasan sin tiempo para observar. Pero el que se detiene ¡descubre la fauna!.

Que crece sin par… que duerme allí o tan solo pide una ayuda. Las hay de todos los colores:

desde una estación Termini de Roma, refugio de chaperos, hasta la de Buenos Aires, que canaliza la ola de trabajadores que vomitan sus sueños, o la de Barcelona Sants, dominada por la fiebre de la ciudad de los prodigios, siempre en obras y creciendo para comerse toda la zona, o aunque me escape del tema, la de autobuses de Barcelona -con empedrado desigual -lo que le confiere un aura de misterio- donde por cierto, en la noche aún es posible ver el mundo canalla queriendo pispar a una extranjera solitaria y confiada.

Podríamos citar muchas más, pero ¿esto que tiene que ver con el sexo?.

Las estaciones de tren, dan de si esa alegre y extrema sensación de hurto, paso, viaje sin saber dónde iremos, como el sexo juvenil de los amantes.

¡Desprevenido y caótico!.