R. K. Tartán: Un señor de provincias

by Juan re-crivello

Lo voy a razonar, si me permiten. Los señores de provincias aman el respeto, la tolerancia y pasear el perro sin que ofenda por su tamaño. También se afeitan cada día y sueñan que su país sea reconocido por su atractivo de conservación de la naturaleza. Y, los señores de provincias hacemos siesta y vamos al médico para hablar del tiempo y aquel presidente que era malo pero le hemos perdonado.

Viene a cuento porque vi a uno de mis vecinos de los que aparece cada tanto en mis escritos. Iba con un pañuelo blanco alrededor del cuello y llevaba un sombrero de paja estilo panamá, pantalón azul Francia y zapatos blancos. Quise abordarle pero me contuve, pero al llegar a la esquina entro al mismo bar donde acostumbro a pedir la cuenta antes que me sirvan. Me puse en la barra muy cerca de él, casi me había arrepentido, cuando escuche:

_Perdón, ¿Ud. es el vecino de la casa del frente casi haciendo esquina?

_Si –dije

_A veces le veo en el terrado regando las plantas y lleva siempre un calzoncillo rojo.

_Si –dije

_No se ofenda, lo he comentado con mi mujer. Ella asegura que Ud. solo tiene uno para regar y se lo coloca en aquel cuartito de la lavadora a la mitad de su finca, y, yo reniego de ello y he llegado a apostar -con ella-porque es una manía de las que tenemos los hombres, tal como llevar el mismo pantalón, protestar si llueve, criticar al gobierno, quemarnos la lengua con la sopa, o visitar el cementerio para ver si nuestros muertos están allí y salir apesadumbrados.

_Y hablar de mujeres blondas y llenas de atracción sexual –agregue.

_Eso, eso –dijo y prosiguió. Pero volviendo a sus contenedores –y una sonora risa se le escapo, lo que llevo a que su pañuelo blanco se entreabriera. Por mi parte un poco cortado por la situación intente enmendar aquella imagen y argüí: “los uso porque tienen una abertura entre las piernas y en verano –que es cuando Ud. más me ve- al ser tan caluroso sudo menos”. Pero hubiera dicho que me gusta regar siempre con lo mismo, o que aquel trapo de años es un recuerdo gentil de una abuela, o que en mi casa mando yo y siempre elijo la pieza adecuada para hacer de jardinero, pero calle y el dijo:

_ ¡Ah! ¿Y porque repite siempre?

_ ¿Siempre qué?

_El color. Ese rojo tan intenso que mi mujer recita y compara con los modelos de la tele, diciendo cosas del estilo: “mira ese tipo lleva el mismo tono que nuestro vecino al regar”, ante lo cual pregunte:

_Su mujer es esa señora que canta alguna mañana canciones de ¿Miguel Bose?

_Si -respondió, ufano. Me gusta esa forma de despertarnos antes de irnos al trabajo. Ella canta y yo preparo el café y descongelo los churros que compramos en Mercadona. ¿Y Usted?

_Yo… ¿qué? -dije y sin permitirme continuar pregunto: “¿desayuna solo, o con aquella señora de pechos tan?”.

_Con ella, con ella -dije. Ella prepara tostadas y yo me quito el calzoncillo rojo, pero, aun no hemos comprado un disco de Bose, pero podría haber respondido con un “mi señora pone las tostadas y yo mis encantos, o alegar que por las mañanas nos atrae la aventura y no importa el color de nuestra ropa interior, o que la escena de sexo y desayuno sin diamantes la repetimos cada día, excepto sábados y domingos, en los cuales el sábado compramos en el mercado y el domingo leemos revistas de cultura y mascamos chicle, pero dije: ¡buenos días! –y me marche

Nota

1) ¿Porque los hombres no podemos llevar siempre el mismo color en los entrepiernas? Y 2) Mirare su tendedero para saber los colores de los calzoncillos de mi vecino. Y 3) La proxima vez ¡que leches! me sentare lejos de alguno de mis vecinos. Y 4) El se llama R. K. Tartán. Y 5) Otro día hablare de lo que veo de este tipo, desde mi terraza.

Elvira Tres Dedos

By Juan re-crivello

Al cruzar la calle pude ver su mirada indiscreta Elvira Tres Dedos de una familia cercana y triste, me estaba indicando que esa tarde de domingo algo no marchaba bien. ¿Qué hacer?      –me dije. Uno no puede ir detrás de una blonda mujer que es vecina y crece con un grupo de apartados sociales en una casa de odio. Pero me llevaba hasta allí el instinto y me propuse hacer un paso menos que aquella fugitiva. Elvira tenia 20, en mi caso una cuarentena, desigualdad social, de sexo, de edad y mucha intriga. Nada más que al doblar la calle, una parada de autobús y la casa. Ella se detuvo en la puerta y perezoso fui a dejarme caer en su frente. Dije:

_ ¿Aquí para el autobús que va hasta el cementerio?

_No, aquí para Ud. Y su intriga –respondió. Era bella, ajada y tenía esa dulzura de los abandonos. Dije:

_ ¿Vive aquí?

_Como Ud. lo sabe y todo el barrio -respondió. Me levanto por la mañana y puedo describirle las tareas de solterón de Ud. en la terraza de allí detrás. Desde mi casa hay un espacio suficiente para ver cada reserva de suelo en su caminar. Se refería quizás a mi manía de poner los pies y marcar las baldosas para evitar el miedo a caer en desgracia. Siempre imaginaba que al subir a una terraza me atraparía un viento helado de esta zona de Barcelona para dejarme sentado y triste encima de una ola en el Mediterráneo. Descubierto mi juego pregunte:

_ ¿Y tu porque me sigues?

_Por lo mismo que Ud., por el acento que ponemos ambos en sorprendernos al fisgonear cada laberinto de nuestras vidas.

_Pero, si podrías ser mi hija

_Ahora me va  a salir con el prejuicio de las lolitas –dijo torciendo la cara.

_ ¡Que!

_Si, esa historia que mantiene en vilo a los solterones de 40 en mas, que no se atreven con chicas jóvenes por miedo al que dirán. A lo que ofendido respondí:

_ ¡Ja! ya ha pasado el tiempo de… -iba a arremeter con aquella salida de dolor, o de vagancia extrema de un corazón solitario- pero cambie y dije: Tal vez tienes razón, pero tu vives con tus padres y seria un escandalo. Ella levanto la cabeza y esbozo una sonrisa llena de talento para responder:

_ ¡Cásese conmigo! y no habrá escandalo. Mi vida se vino abajo, yo yendo de compras al Mercadona, arrastrando carros, planchando o yendo al cine con una colegiala, quise desistir y poner fin a tamaño invite, por ello dije:

_ ¡No!, es demasiado

_La vida es demasiada –respondió esta lolita de barrio -y agrego: la vida es lo que tu quieras hacer con ella –moviendo una pierna que dio en la puerta

_No, no me atrevo, soy de los que desisten de…

_De tanto amar enloquecerás –agrego

_No, no me atrevo

_Hasta aquella valla -¿la ves? Corremos los dos, quien llegue primero obligara al otro. –Y corrió. Me deje ganar. Me deje avisar por una nube de ilusión que pensé seria domesticada, pero la cual me arraso.

 

¿Vecinos?: Los Dolan

By Juan re crivello        Imagen raycaesar.com

Aquella mañana de sábado logre despistarme del control de mi Nona y me fui al patio. No me intrigaba ni la gran pajarera que se abría a mi derecha, ni el posterior gallinero de fino alambre y suelo ondulado de tierra marrón y extraña. No, mi interés era llegar hasta la tapia y lograr ver del otro lado. Me habían puesto un traje azul y la gomina me apretaba el cabello, esta tirantez, dejaba ver el contraste de mi pálida cara larguirucha. Estaba preparado para asistir al entierro del vecino de mi izquierda. Era la conversación del pueblo. Esa misma mañana antes de dejarme un poco olvidado le había acompañado a mi Tía, hasta la carnicería. El dueño un catalán, de cuerpo lleno y pelo ondulado, no dejaba de decir que el muerto se lo tenía merecido por no aceptar que las deudas del juego debían pagarse. Mirando hacia arriba, le pregunte en voz baja a mi Tía, que significaba aquello. Un golpe en la cabeza me sacaría de dudas. Reemplace la respuesta por mis propias conclusiones. El vecino era un mafioso que jugaba al póquer por las noches y regresaba a su casa de madrugada. Antes de acostarse le daba una tunda de palos a su mujer -si había perdido, sino, se ponía a roncar hasta las 12. Más de una vez le había visto salir a esa hora. Su nariz de galgo le definía, pero además, la colonia que se ponía después de afeitarse, me recordaba al día en que lavaron a mi bisabuelo antes de meterle en el ataúd. Aun retengo esa figura metida en mi retina -al asomarme desde un descansillo en la ventana que daba al patio. Pero no sé si mi vecino muerto de repente estaría en el cielo. Mi abuela dice cada noche, que antes de llegar al cielo, está el Purgatorio. Allí esta Dios y va separando a uno y a otro. Los pecadores se van al infierno y no soportan el calor muriendo asfixiados. “¿Jugar a las cartas será un pecado?”, porque yo lo hago cada día a la siesta con mis 4 primas. En los días de mucho calor, esta actividad me distrae en la peor hora, cuando los mayores se van a dormir y no quieren sentir ningún ruido.

Ya había llegado hasta la pared, puse una silla cerca, pero comprobé que era muy baja. Como no había una escalera, fui hasta el gallinero y me traje un cubo de hojalata que utilizamos para dar deles comer. Con aquello pude llegar hasta el límite de esta cubierta de cemento. Del otro lado se veía una casa en el centro de un gran patio de tierra, luego nada más. Esta familia era el comentario del barrio. Sus miembros siempre estaban inmersos en una actividad detrás de otra. El más destacado el padre. De porte arrogante, su cascara de nuez debajo del mentón parecía salir más allá de sus palabras, le había oído hablar más de una vez con mi abuela. Fagocitaba las erres y su descaro iba gradualmente en aumento. Comenzaba con el tradicional comentario del tiempo y se animaba de una manera, que siempre lograba venderle a mi Nona algún cacharro que no serviría para nada. Luego ella paciente lo dejaba en el montón de los Dolan -al final del patio. En mitad de la conversación, siempre, no dejaba de incluir su frase preferida:

_Se acuerda Ud. de Pérez? Mi abuela le miraba con respeto. Y él, recogía alguna anécdota diferente de aquel extraño personaje que me representaba un mundo, pero, debo confesar, en las noches al repasar mis aventuras, dudaba si era cierto lo narrado. La última de Pérez, era que había tenido una novia que acostumbraba a criar gallinas, para luego venderlas al carnicero catalán. Hasta allí aquello, no habría sido más que un detalle sin importancia. El descalabro aparecía en el giro del asunto. Según Dolan padre, la novia, le vendía más animales de los que podía criar en su pequeño patio. Al indagar el porqué, el tal Pérez había descubierto que ella gustaba de visitar por la noche los patios vecinos. Con un cuchillo alargado y fino, daba cuenta de su cuota para el mantenimiento de las necesidades de la casa.

¿Y qué fue de ella –pregunto mi Nona. “Apareció degollada -respondió, más allá del final del rio. ¡Vio! donde gira un poco y se hace un remanso, para volver a acelerarse hasta la salida del pueblo”.

_¿No se supo quien fue? “Pérez me dijo –agrego Dolan, que un cuchillo tan ágil se transforma”.

_ ¿En qué? –pregunto mi Nona

_En la muerte –respondió Dolan. Y escuche: “Hola. ¿Qué haces?” Estuve a punto de desmoronarme de mis recuerdos, al ver muy pegada a la tapia, una niña rubia de mi edad quien me hablaba. ¿Cómo había llegado hasta allí sin verla? ¿Se habría arrastrado pegada a la pared hasta dar conmigo?

_Hola –respondí. Nos miramos un rato. Ella sostenía en su mano un mazo de cartas. “¿Quieres jugar? –pregunto.

_No. De pronto sentí que me agarraban de la cintura y me tiraban hacia atrás. Mi abuela había dado conmigo y me reñía. Intente defenderme con una explicación sencilla:

_Quería ver quien vive allí. “Nadie” dijo mi nona, “no es un sitio para meterse. Es una familia mala”. Enseguida pensé: vivía allí otro vecino al cual matarían igual que al otro.

_Nona.

_¿Qué?

_Nos quedaremos sin vecinos. Mi abuela sonrió.

_No mueren todos a la vez –dijo. Algunos se enferman, a otros les cae la amargura y a otros la envidia les quita de en medio.

_¿La envidia? Dije para continuar: ¿no hay remedio para eso? “No, es lo que sienten los demás cuando te van bien las cosas”.

_ ¿Al vecino de al lado cual de las tres le mato? –le pregunté. “No se tal vez la segunda”, -dijo ella.

_ ¿La amargura te viene de dentro o de fuera? -insistí. “De fuera. Los que te rodean son los que te devuelven lo que pones en ellos”. Mi Nona recogió todo. Estaba lista para ir al entierro. Me dio su mano y le seguí hasta la puerta.

 

Pan, boxeo y moléculas de amor

By juan re-crivello

De tipos aburridos esta lleno el mundo. Sin ir muy lejos, conocía a uno de nombre raro y de fuerte impacto: Eulogio de Ribas. Salía a pasear desde su casa muy cerca de la mía –en este barrio vive gente muy rara, cada tarde, cerca de las 5, a veces con un perro, otras solo y bien peinado y abrillantado. Su perfil destacaba al cambiar su camisa guayabera de tonos y colores vivos cada jornada,  y siempre el mismo pantalón blanco, con zapatos del mismo color. Pero ¿que me atraía? Tan solo por ser aburrido y ¿formar parte de la caravana de los olvidados de la risa? No, quizás era su forma de saludar, si nos topábamos de frente siempre decía:

_Joder! Que tenga Ud. muy buen día Juan. Yo solía responder con un si y… será. Pero si por casualidad le veía pasar por la acera del frente su vozarrón picante y de desconcierto atravesaba la calle:

_ ¡Vaya Ud. con Dios! Si uno pasaba por delante de su casa, las ventanas siempre estaban cerradas, a lo sumo un hilillo de arroz podía verse en el alfeizar, que sentido ¡tener  ese cereal  puesto al rayo del sol! Un día mi interlocutora la panadera a quien consulto sobre mis vecinos cada tanto, me dijo: “los tipos aburridos abusan del desperdicio, de-la- vida”. Yo pude preguntar pero ¿Ud. le conoce bien? O, ¿es ese vecino quien trama y/o teje las peleas cada tanto del gimnasio transformado en boxing cada viernes? ¿Aquel que vale 2 Euros la entrada? Pero mi ilustre amiga ya lo tenía previsto, al decir:

_Es el que organiza las veladas de boxeo en el centro. Trae a tipos duros y curtidos desde kilómetros para que se peguen en la velada,  hasta dar una vidilla a los que pagamos. “¿Ud. va?” –pregunte.

_Siempre, desde que un día me invito a recoger dos entradas en su casa. Y se detuvo, en lo que intuía decir y podía ser inapropiado. Pero luego se inclino sobre el mostrador. Su peinado caía redondo y gracioso, al bajar mi vista, sus labios eran picantes y sensuales. Absorto en esa peripecia de destino ante mi panadera, pude acercarme un poco mas, casi hasta sentir que su voz remataba la intención de aquella visita jugosa y desmedida, donde los hombres aburridos pueden vestir ropa de seda y usar jabones, cremas y lociones para seducir a su presa. Y ella dijo:

­_Fui una noche a por el papel –digo el tiket y me invito a una copa que no pude rechazar, al fin y al cabo las entradas eran para mi y… mi esposo. “¿Y?” –pregunte. “¿Quiere alguna otra barra?” –pregunto mientras se ponía recta y acomodaba sus senos en aquel uniforme de grabados rosas. “No” –dije y pague el pan.

Al salir me encontraba confuso. La panadera en casa del Eulogio Ribas y este tan disimulado. Al llegar a la esquina pude encontrarle de frente y escuchar “Joder. Que tenga… “Perdón, le puedo hacer una pregunta”

_ Si –dijo, al frenar su recorrido.

_ ¿Este viernes hay sesión de box? El respondió con orgullo: Este viernes traigo una selección de boxeadores negros africanos, que solo vienen a Barcelona una vez por año –para agregar, luego en la sala de al lado daremos baile de los de antes, de aquellos agarrados. Su sonrisa picara se transmuto en una invitación. ¿Debía aceptar? Dije: “el viernes le prometo que estaré allí con mi mujer”.

_Si quiere entrar un momento en mi casa, le daré unas entradas de regalo.

_ ¡Oh! le agradezco pero llevo prisa quizás otro día, sino, me las puede dejar en la panadería.

_Ah, somos clientes de la misma persona –dijo mientras se despedía. Pude ver como caminaba desplazando sus piernas en una sincronización casi perfecta mientras la gabardina se inflaba de aire, cada tanto un “joder, adiós” dicho en voz alta y levantando las manos, le empujaba aun mas hacia el centro de la ciudad. Tal vez la corte de africanos negros que pelearían este viernes le esperaba en la sede de su mundo pugilístico, y en la casa, la seda y la crema, seria una mazmorra de sexo imprevisto para tal gentilhombre.

Amores y lociones

Imagen By Bolsanegra blogs

By juan re-crivello

Ayer gire por la esquina y esta manía mía en fijarme en mis vecinos, me hace a veces zozobrar. De repente pude encontrarme de frente a Mario. Alto, desgarbado con unos dientes que salen debajo de sus labios. De andar parecido a los reyes árabes que dominaron la Andalucía y parte de España de antes del 1492.

Al verme se detuvo unos minutos, la lluvia –que caía desde hacía dos días, molestaba -en toda la periferia de Barcelona. Los paraguas se tocaban y cerrábamos el paso a las marías que iban a comprar el pan. Siempre hago esta ruta hasta llegar a mi panadera favorita, quien desgrana historias de señoras o señores, al cual como escritor guardo en cajitas de metal, para los noctámbulos que me leen en las redes.

_¿Hace días que no te veo? –le pregunte

_Estuve trabajando en casa de una señora –me pidió le limpiara la chimenea que tiene en el comedor, según dice este invierno será frio y nos apretaremos unos a otros.

_ ¿Y nada más? –mi picardía de 8 de la mañana le encrespo.

_Si además, me invito a una Cola y me susurro historias de su juventud.

_Como…

_Me explico que antes de la caída de Franco había tenido un novio –que transformo en esposo, que trabajaba con cremas y afeites en una larga zona de peluquerías. Él era de mediana estatura, se peinaba hacia atrás con una loción cara de color azul y salía a vender en un vistoso descapotable –un orgullo de la época. También me dijo que aquella fascinación por la belleza y los olores corporales le llevaron muy cerca de el –por cierto, en una peluquería. Fue una mañana –prosiguió el relato, quien él entro para mostrar su catálogo y le atrapo. Ella en esa época estaba viuda y sola. Ante lo cual le llevo a su casa de la cual nunca más salió, solo los días que acostumbraba a vender su afeites. Los primeros años fueron de sexo a rabiar –me confesó, hasta que ella se cansó de tanto cabalgar en la mesa, o la silla, o la cama y le dijo que compraran un perro.

_Y… ¿le reemplazo?

_No, él comenzó a salir a pasear con el canido y se olvidó de ella, pero no así de sus salidas por peluquerías y demás.

_ ¿Y cómo termino aquello?

_Al comienzo quise preguntarle –dijo Mario, pero no me atreví. Entre nosotros se hizo un largo silencio, pude observar como ella daba vueltas con la yema de su dedo  encima de un anillo en la mesa de mármol. Este era su territorio y hasta ese momento no me había detenido a pensar que aquella señora era mi dueña.

_Vamos, ¡no digas tonterías! –argumente mientras la tormenta arreciaba y su paraguas rociaba mi lado derecho. Mario volvió a despertar de aquella historia y dijo: “¿Es que sentí el deseo de quedarme allí para siempre? Unido a ella, y a su nuevo perro”.

_¡No jodas!

_Era como un vacío que te atrapaba

_Los vacíos se llenan, de migas de pan, como Hansel y Gretel (1)–dije. Y él respondió: “yo estaba paralizado. El sonido del timbre de la puerta de la calle me salvo. Ella atendió al señor que venía a mirar el contador y al regresar pude decir: ¬mañana le enviare a mi ayudante para que remate los últimos detalles¬. Al pasar por la salita, pude ver un cuadro inmenso muy parecido a la cara descrita de su marido. Ella abrió la puerta y pregunte ¬ ¿era ese su marido¬?  Ella respondió con un largo monologo: “Al final se marchó con una peluquera, me dejo esto” y abrió una puerta de un almacén contiguo. En hileras estrechas y finas, miles de potes pequeños y brillantes de colonia, cubrían toda la pared. Solo un espacio estaba libre en él un retrato de su marido –de estilo naif, en sus épocas de picaflor”.

_ ¿Y porque guarda todo esto? –pregunte

_ ¡Ah! Fueron años gloriosos –respondió, con una sonrisa. Al cerrar la descripción, pude ver en Mario una cierta admiración. Podría ser que él ¿estuviera unido a ese sentimiento hacia el peluquero? Un coche pasó a toda velocidad y nos dejó hecho un caldo. Nos despedimos, pude llegar hasta la panadería. La dueña, al ver con quien hablaba, me dio el pan y me miro y dijo:

“Mario cuenta siempre una historia de colonias y afeites”:

#las mujeres nos dejamos llevar por las lociones y hay hombres que están atrapados en la seducción y temen dejar salir su compromiso#

Notas

(1) En la mañana que fueron al bosque Hansel marcó un camino tirando migas del pedazo de pan que su madre le había dado, solo que esta vez cuando salió la luna no pudieron volver porque los pájaros se habían comido el pan. Después de dos días perdidos en el bosque, cuando ya no sabían más que hacer, los niños se detienen a escuchar el canto de un pájaro blanco al cual luego siguen hasta llegar a una casita hecha de pan de jengibre, pastel y azúcar moreno. Hansel y Gretel empezaron a comer pero lo que no sabían era que esta casita era la trampa de una vieja bruja para encerrarlos y luego comérselos. Fuente Wickipedia

Cacerolas, hombres solos y lolitas

By Juan re-crivello

Preparadas con esmero, hilera tras hilera. En este país las cacerolas tienen tradición. Tenemos cocineros internacionales, nacionales o comarcales. Cada pueblo tiene su comida típica y hasta el señor desabrido con el que me tropiezo -al ir a comprar el periódico- le imagino dueño de una cultura del buen paladar.

Por cierto, ayer me lo encontré nuevamente. Sé que arrastra un pie, y se peina con gomina como al estilo antiguo, luego se echa una manta  en invierno como abrigo, de color gris y disimula sus atrevidas miradas a las jóvenes que ve pasar del Insti. Poco se mas, bueno siempre que Ud. desee aumentar sus informaciones respecto de un vecino, le aconsejo pregunte a la panadera. Hacia allí me dirigí, pero no sabía cómo administrar mi intriga. Un buen comienzo surgió al decir: “ha pasado de moda esa costumbre de los hombres que usan fija pelo”. Ella respondió:

_Yo tengo un cliente que viene muy peinado y con colonia de festival cada mañana.

_ ¿No será uno que arrastra un poco el pie derecho?

_Si –fue su respuesta mientras trazaba una línea imaginaria con su índice en la harina de base de unos panes espigados   “¿Ese es vecino no?”

_Vive en la escalera del frente de su casa -dijo. “Su mujer desapareció hace dos años y es muy huraño. Una mañana me confeso que cada lunes visita una prima de 80 años que es soltera y muy rica. Además les lleva unas magdalenas de aros de cebolla que hacemos nosotros –los únicos de la comarca. En sus buenos tiempos fue cocinero. Siempre me cuenta que su comida preferida son los calamares en su salsa. El muy astuto, se pensaría que yo le iba a pedir la receta e ir a su casa. A ese, le gustan las lolitas. Lo he visto en su mirada, es… ¿vio a Berlusconi en la tele? Suave, indecente y lleno de sabor a cruasán”. Y se calló. Pague y me lleve el pan, mientras caminaba hacia mi casa vi que venía de frente. Por alguna estúpida razón decidí pararle para pedirle fuego.

_No fumo –respondió.

_ ¿Es Ud. Vecino? ¿no?

_Sí. Por cierto –continuo, siempre me rio, al verle colgar esa colección de calzoncillos rojos en su terraza. Me quede cortado, pero atine a responder: “si por no sé qué extraña razón mi mujer se empeña en comprarme, ese color para mis bragueros”. Menudo exabrupto se me escapo, ya me estaba arrepintiendo de pararle. ¡Que estúpido! Llamarle a los calzoncillos ¡bragueros! “Me hacen mucho recordar –no se ofenda- a los colores que llevan las jóvenes”. Le mire, él también había caído en una confesión intima.

“La verdad no sabía que las jóvenes llevaban las bragas de color rojo” –pude agregar alguna cosa más del estilo, la panadera ha dado en el clavo, pero me contuve al escuchar como de una manera atolondrada iniciaba su retirada.

_Cuando trabajaba de cocinero solía visitar la casa de una madame que garantizaba purosexo y botines rojos. Al salir de aquella casona en Segur de Calafell, creo de nombre Brigitte, siempre me llevaba uno de recuerdo. Su mirada ajusto el brillo para saludarme con una suave inclinación de su cabeza. Pude ver, mientras se alejaba, que su abrigo gris bailaba al son de su pierna tiesa.

#En la cocina se fabrican sueños y deseos. Los vecinos son un acertijo extraño y rebelde,  -y este señor, bebe del rojo cual tinta de calamar(1)#

Notas

(1)Esta tinta sale de unas glándulas de tinta ubicadas entre las branquias de los cefalópodos. La tinta se expulsa por las aberturas (sifón) laterales, cuando el cefalópodo se encuentra en pelígro, dejando un rastro oscuro que permite desorientar al atacante.

El color oscuro del pigmento se debe a su contenido de melanina y moco. De la misma forma la tinta posee dopamina, la tirosinasa, la levodopa.2 El color de la tinta de cada cefalópodo no es igual. La denominación del color sepia se refiere al color que deja la sepia. En la cocina española para realizar diversas preparaciones de calamar y sus propias salsas. Su color negro hace que los platos posean un color negro característico. Fuente Wickipedia

Vecino y desaparición extraña

By Juan re-crivello

Hace unos días desapareció un vecino, de un vecino. Me ha contado  –mi fuente de información, que la Policía llego a su casa y pregunto por aquel que vive en la otra mitad de su agradable casona. Su respuesta fue un gesto de ignorancia pero les acompaño hasta la entrada. La puerta estaba sin llave y la encontraron sobre la mesa. De X no se supo nada hasta hace unos días. Antes de contar el final, diré, que yo también viví en la casona y compartí algún momento.

El desaparecido,  llevaba el cabello teñido de un rojizo tenue, de 45 años y una voz de picardía suave y melodiosa. Durante unos años vivió con una mujer y tres hijas de entre 10 y 16. Hasta que no se les vio más y el comenzó una vida de sosiego. Pude intimar con este señor, debido a que en aquellos años tuvimos un problema en la fosa séptica y la mierda se hizo dueña de una parte de su patio, como vivíamos encima pude entrar en la cara oculta de la casona.

El criaba conejos en jaula, tenia huerta y alguna gallina. Mientras duro el problema gástrico de la casa solía trasvasar el detritus desparramándole por el huerto. Ello le valió una denuncia del vecino de la derecha, un -madrileño de pro- al que solo le veíamos en julio/agosto. Aun recuerdo que el sitio se completaba con otra vecina, la de la izquierda, le definía: la de los “acaloramientos mentales”, la cual compartía amor con uno que le ponía los cuernos y vendía cremas para mujeres en los salones de peluquería. Los lunes, el vendedor se marchaba con olor a colonia y su Audi , para regresar el viernes para cambiar el gesto y la vestimenta por ropa antigua y de abandono. Nunca supe si su sonrisa era tenue y libre o miedosa y cínica. De este matrimonio había un vástago que no trabajaba desde hacia años y la droga le estaba al acecho. Alguno se preguntara y ¿que fue del vecino desaparecido?. Le encontraron hace un día con dos colombianas y una parte del rostro arañado. Ha regresado a casa y continúa con su metier: la venta de coches a los moros.

Mi informante que -es vecino de mi vecino, argüía ante la desaparición “que le habían envenenado”, a posteriori ha cambiado el argumento por aquel de las colombianas y la droga. Pero aun no logra explicar sus rasguños en una parte de su cara. Como en una comedia de enredos diría, que tal vez han coincidido el putero de los salones de peluquería y el vendedor de coches en un rito masculino antiguo: sexo, amaneramientos y tinto de verano.

Lo que no logro explicar es la aparición policial y las llaves abandonadas de la casa. Pero, al fin…  las grandes casonas tienen secretos.

Volveré sobre ello, en una próxima…