Los villanos le tememos al agua bendita

el

By Juan re-crivello

Somos tipos irascibles pero envueltos en papel celofán. Y sin más preparamos la lata de sardinas y la abrimos para ponerla en el pan y sentir como se desliza su jugo, como el olor, participa de esta forma desactualizada de preparar bocadillos, pero en la cual aún está contenida toda su fiebre.

Hace unos días una persona me confesaba en una de mis clases: “no quedan hombres desinteresados, siempre se enamoran pensando en el dinero. Y controlan mi correo, Y tal, o cual”. Mi respuesta fue ¡déjale! Y sin más me vi involucrado en una especie de laboratorio sentimental del cual los hombres deseamos salir escapando hacia territorios que dominamos y nos liberan de la angustia.

Pero la persona insistió -¡mi clase de economía estaba al borde de hacer agua!- “ya he cambiado y siempre es lo mismo”. Caray, pero si los enamoradizos somos fieles al sentimiento de que todo es posible, que dicho juego desemboca en encontrar, no diré el alma gemela, pues no creo en ella , pero si en aquel dispuesto al compromiso. Y… azorado, al borde del precipicio y faltando 2 minutos para el final de la clase respondí: “hay tantos hombres, solo es cuestión de estar dispuesto a seguir la búsqueda”. Pero tal vez me había olvidado de mi alocada juventud –de hippie en Barcelona- cuando cada relación efímera  me dejaba una estría en el corazón.

En fin me repuse, y a la tarde pude consultar con alguien, quien me apunto “cuando habla del dinero, habla de ella”. Vaya, ¡mi lio iba en aumento! Los villanos habían desaparecido y tal vez la alumna era su misma enemiga. Aquello me recordó a uno de los ejercicios que participe en el Congreso de Coaching, no lo desvelare, pero si decir que lo que lo que ante lo que creemos que los demás piensan de nosotros, deberíamos escribir su contrario, es decir si pienso que soy desinteresada es que quizás no lo soy.

En definitiva, es más fácil escribir sobre los tipos envueltos en papel de celofán, al profundizar en el alma humana somos una caja de sorpresas. O… de caramelos con sabor extraño, de aquellos que nuestras abuelas guardaban en un pote de cristal cincelado en raras formas de azul o verde.

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