By Juan Re-crivello

2 &

En la larga avenida que iba al puerto, la muchedumbre empujaba en sucesivas olas, para el observador en ese rio, se mezclaban los colores vivos y sus sombreros, debajo de ese hastío, muchos ocultaban un deseo de marcharse de aquella falta de fe. Los Guardias Rojos ordenaban el griterío o no permitían pasar más allá, de un punto imaginario donde parecía cerrarse un círculo. En un lateral, amarrados a la bocana del puerto, se podía ver un grupo de barcos. ¿Qué hacer?  Li-Nang primero fue hasta la oficina de un agente amigo de su tía. Al entrar, en aquella estancia forrada de madera y con fotografías de su recorrido político   -donde aún aparecía colgado por doquier la recia figura de Chiang Kai Shek,  pudo ver estirado, a una persona obesa sentada en la silla detrás del escritorio. La oficina estaba revuelta y esa cara redonda y esos ojos verdes contrastaban con un traje arrugado y sucio, del cual sobresalían en la parte baja, unas botitas de color blanco, las cuales parecían flotar en aquel próximo final. Al  presentarse, el mascullo un: “¡ah sí! ya recuerdo a…” para el tipo no era el momento, ¿de hablar de su amante preferida?,  ni recordar aquellas nalgas de rosado carmín. ¿Sería igual su sobrina tan joven y llena de necesidades?

Al ponerse de pie y acercarse Yu-Ling intento probar la ruta del sexo, pero estaba cansado y harto. El mundo se venía bajo y el tan solo deseaba una sonrisa de aquella joven. Le escuchó, mientras llevó su mano derecha y se tocó el fajín, prieto y lleno de ansiedad, allí su sexo se estiraba lánguido, tan opuesto a la costumbre del antiguo pasado alocado y ruin. Se contuvo, fisgoneo en aquella campesina sin sustento y falta de la sensualidad. ¡Que diferente a su tía!  Y, le pregunto: “¿Tienes dinero?”. “Si”-dijo ella, a veces la mentira descarada evitaba malas cosechas. Ambos se olieron, era un fuego apagado y triste contra un clamor estéril. Pero, un ruido intenso les quito de su ensimismamiento, al fondo los cristales temblaron “son las bombas de la aviación de Chiang Kai Shek –dijo él al ver como vomitaban muy cerca, casi en la esquina. Al asomarse ambos a la ventana, con la mirada contaron la sangre que corría y las almas que inundaban la avenida principal. El -se abrió paso con su mano- a través de su vestido, hasta rozar sus nalgas, ella respiro sin más. Todos estaban hartos de esta Guerra Civil, de esta inmundicia de bombas y liquidación. Él volvió a abandonar su deseo y se acerco hasta la mesa, de allí cogió un pasaporte, quizás esta joven necesitaba algo más –pudo pensar, tal vez estaba atribuyendo a la locura que dominaba la calle como a una lotería donde para sí mismo, la suerte estaba echada. En la foto del documento, su tía joven y blanca se parecía a ella al milímetro. Ella extrajo un fajo de billetes de debajo de la falda, mientras el abogado arrastraba la mano por su eterno pedazo de carne, y le agitaba fuera de sí. Fue un cambio de papeles, los billetes por el pasaporte, y ella se retiró hacia atrás, mientras él se dejaba caer en el sillón. Li-Nang aún pudo ver como el abogado con la mano izquierda cogía una pequeña pistola blanca, vestida de nácar en la montura poniendo fin a su último esperma. Li- Nang aún aturdida por la detonación, recogió la pistola y el dinero, luego decidió bajar por las escaleras de prisa para sumergirse en la ola que le arrastró.