By J. re crivello

Rosi Sir, al segundo día de su llegada a Barcelona, casi cerca de las 23 se conectó a Face, le intrigaba si habría respuesta de Brenda Sel. Para ella la peluquera había sido asesinada hacia casi una semana y era imposible -en su mensaje- encontrar un rastro, tal vez el anterior por un error fuese un envío de antes de su muerte, pero, ante su estupor allí estaba el siguiente, en una corta lista y muy enigmática, su mensaje decía:

Debo contarte que el día anterior a… visite a mi amante en la parte donde la carretera hace una curva estúpida y todos pensamos que dejaremos el pueblo y solo hay una gran arboleda y una granja de pollos. Luego hay una larga hilera de campos abiertos que se pierde hasta aquella media montaña que tapa el mar. Pues bien, allí vive un encantador mulato que solo sale a comprar tabaco y le han visto en el centro del pueblo los viernes para reponer su almacén. Yo le descubrí un día en que se fue a cortar  el cabello en la peluquería de mi marido. Fue –digamos- un cruce de miradas, y algo me dijo, tal vez, que era un tipo lleno de fuerza y estilo, y trabe una cita, corriendo y sin miedo detrás de él, hasta la panadería de la esquina. Allí mientras el cargaba una bolsa para toda la semana, me acerque. Al verme en esa situación, opte por dejar caer al lado de su  pick-up una tijera plana de aquellas que uso para los retoques de cejas. El la vio, y al recogerla subió lentamente su mirada por mi falda hasta cambiar de sentido a la altura de mis senos y preguntar:

_ ¿Es suya?

_Soy suya –respondí. Con Una leve sonrisa trastabillo y me la dio en la mano –y se marchó. Pero esa tarde llamaron al teléfono de mi negocio, serían las 4, apenas abría y una clienta gorda y llena de pecas deseaba un tinte de los de moda en Hollywood. Dije:

_Salón de Brenda Sel y una voz grave respondió:

_Esta noche a las 22 en la granja de la curva –y colgó. ¡Tamaño compás apareció en mi vida! Pero, al ver el calendario, me salvo que los miércoles, mi marido iba a jugar a cartas hasta las dos de la madrugada al salón social del Independiente. Y esa noche me desplace en bici esos tres kilómetros largos donde parecía no acabar la aventura. Todo estaba oscuro. Golpee en la puerta, aunque mi corazón se salía de su estrecha caja. La puerta se abrió, no veía a nadie, camine en dirección a un saloncito y lo atravesé, gire un largo pasillo y empuje una puerta entreabierta donde una luz dejaba ver un gran espacio, en el centro solo había una cama bordada de lentejuelas ¿Y él? Apareció en dos minutos,  inmensamente largos, solo llevaba una toalla hasta la cintura, se había untado ¡con cera roja en todo el cuerpo!, y por mi parte insólita e irresponsable, pensé:

“¡Es mi guerrero!”. No pude detenerme –lo confieso, aquello fue una cita donde los sonidos de la carretera y su curva eran suaves coros ante un hombre que usaba un extraño instrumento que me erizaba la piel. Volví a recuperar el aliento casi a la una de la madrugada, él no estaba, me vestí y escape de aquella cita que imaginaba era una huida de la rutina. Después de aquella noche,  cada semana a las 4 sonaba aquel llamado hipnótico y— respondía a su invitación. El día que tú apareciste,  para que te cortara el cabello, pude romper con esa postración de sexo que me arrojaba en sus manos. Tú decidiste marcharte, y yo decidí ver qué solución hallaba para tamaña repetición de goce y mentira.

Rosi Sir acabo de leer el mensaje y pensó: ¿está viva? ¿Nadie escribe desde el Mas Allá?  ¿Una granja? ¿Qué granja? ¡Ah! No será aquel espacio de la curva, la cual, cuando le atravesaba por delante con el coche su arboleda sinuosa producía un susurro tenue, y del que mi marido una vez había despotricado en voz alta, de manera despectiva: ¡aquel granjero mulato está poblado de historias! Dicen en el pueblo, que atrae ¡mujeres a su alrededor y ellas desafían a sus maridos!; o expresiones del tipo: aquel granjero mulato ¡lleno de rencor y afeitado en la cabeza y sin casi vello que no viene a cortarse como los demás tipos!; o aquel granjero mulato que bebe poco alcohol y presume en el bar de ¡cosechar buenas flores durante… todo el año! Y… pudo continuar, pero mi marido prefirió detenerse para echarme una mirada sutil y descalificadora. Las largas frases de mi marido me pusieron frente al final del texto. Rosi se preguntó: ¿qué le contesto? No puedo decirle por ejemplo: ¿Estás muerta? O… ¿Estas viva? Decidió que el mensaje del Face debía ser tal vez: ¿Ahora dónde vives? Y el asesinato con una tijera en su corazón que salió en las noticias: ¿fue un bluf? Pero decidió borrar el mensaje para escribir: “el día de autos, ¡uyyy que feo!” Volvió a rectificar y poner una frase del estilo:

#Aquella mujer que apareció muerta en tu salón ¿eras tú?# Y pensó: Si… lo dejo bien directo. Si está viva me dirá… por qué y si está muerta me dirá… Y pulso un Intro dispuesta a esperar noticias. Luego se puso a recordar, que el salón de peluquería de Brenda Sel que compartían Brenda y su marido era muy famoso en el pueblo. Al estilo años 60, aun lavaban el cabello de las señoras y lo secaban en esos secadores redondos con un cuerpo tubular apoyado en tres ruedas. Ahora… ¿se habría quedado solo el marido cortando el cabello a los parroquianos hombres? Esperaría un día y luego llamaría a un amigo de la policía para preguntar. Brenda Sel, era alargada, rubia, de ojos claros y unos labios carnosos que pintaba con carmín subido. Mira que juntarse con aquel mulato de la curva de la carretera. Y mientras seguía el hilo de sus pensamientos se quitó la blusa para ducharse. Era tarde y en Barcelona todos preparaban su cena. ¿Y si llamaba a un chino y pedía arroz tres delicias? Fue hasta el teléfono semi desnuda, su cabello liso le llegaba al hombro y su cuello estirado y terso daban el aviso de aquella silueta tan atrevida y juvenil y el timbre de su puerta sonó. ¿Quién podía ser? ¿Hombre o mujer? Una sonrisa se le escapo, deseaba un hombre. La noche era propicia. Puso su ojo en la mirilla y sonrió, había acertado.

 

Continuará…