Derechos reservados por Gianni Allegra ang Juan re-crivello

Casi a la mitad del largo paseo que lleva al final de La Rambla, se encuentra este estrecho y particular café. Rodeado de espejos, en forma de tubo y con mesas a cada lado hasta topar con una barra que da entrada a un cuadrado amplio. Pero su fuerza esta en los primeros cuatro metros, esas codiciadas seis mesas que ofrece al visitante para tan solo sentarse y… mirar.

Hace años el dueño un señor bajito y estrecho de miras nos quería quitar de la maratoniana espera. Del colega. De la amada. Del hombre salido hace poco del armario. Con un brazo de hierro, de aquellos que utilizaban antiguamente para bajar las persianas utilizaba su estilo para disciplinar a la clientela. Hoy a sus persianas las bajan con electricidad y esperan a su lado, para que la oxidada estirpe nos libere del ¿día de trabajo?

En esa época pasábamos largas horas, en aquel denso espacio pero estrecho. Era ojear, mirar, contemplar. A decir verdad, su espacio fue poco a poco colonizado por la fauna de mariquitas y su estilo. Pero los neo-hippies y los progres seguimos viendo –y recordando- aquello como el puré que acompaña al bistec, y ellos le reemplazaron por la ensalada verde, grácil, genial de atrevido color y movimiento.

Hace días estuve allí, ¿es que estoy recorriendo el pasado?, ¿o mirando el futuro?  Los turistas le visitan como un lecho de ámbar, dispuestos a navegar en el para al regreso contar a sus amigos: ¡he estado allí! ¡He visitado uno de los templos de Barcelona! (1) Pero los garitos de moda se desplazan como los cuernos de la señora o el señor que desea platicar y sexo. Así que el café ha quedado varado en mitad de la Rambla, hasta el llegan ahora, los árabes, las fulanas y los carteristas, esta marea avanza en la crisis y desaparece una vez llegada la buena racha.

La depresión económica ha permitido que crezca esta suerte de morada de los señuelos de sexo y robo en mitad de este orgulloso paseo, y el visitante pueda ver las nalgas de las meretrices en plena Rambla. Mientras el bar La Opera aguanta vendiendo lo de siempre: mirones, cuernos, y ambiguos. Todo ello con cocas colas o cervezas, o cortados.

¿Y su dueño? Se ha ido a pegar saltos al otro mundo  diferente a su fauna Y,  los jubilados sin perra gorda se han metido en los clásicos hogares de las caixas o bancos, ahora allí hay timba, ordenadores con internet, calefacción gratis y alguna cosilla más. Faltan eso sí, las carnes ambiguas, ¡ellas daban mucho atrevimiento! Pero si Ud. le visita, recuerde a su dueño, fiel del poder del franquismo muerto y la democracia ansiosa de sexo sin condón.

 

(1)    Tal vez el otro sea la Sagrada Familia

a- Itinerarios alrededor

b–Donde comer económico

c–¿Puedo comprar?

d–Metro más proximo

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