by Juan re-crivello

      Relato corto que continuará los próximos días.

I         

De Barcelona fuimos en avión militar hasta París, desde allí continuamos en coche. Atravesamos campos arrasados, la invasión americana se insinuaba por el centro de Francia. Me acompañaba Glucks, según su explicación el Mariscal había partido la noche anterior. Este General no paraba de insultar contra los americanos, intuía que una bomba que preparaban sería capaz de cambiar el curso de la guerra. Mi asombro no paraba de aumentar, no podía creer que el curso de la lucha fuese ya tan desfavorable para el Eje. Los nazis, pude percibir, ya se dividían en dos bandos, aquellos que solo pensaban en organizar su fuga del país y los que atizaban la lucha inclusive hasta el límite de destruirlo todo.

Al llegar a Alemania, fuimos en dirección al Norte. En coche atravesamos, espacios arrasados y otros cubiertos de flores, nos dirigíamos al refugio de Hitler. Gluks me informo que nos encontrábamos en la  Selva Negra. El coche iba a gran velocidad por un camino de tierra, no era muy ancho, por momentos la espesura nos envolvía. Aquí no se sentía la guerra estábamos en un país diferente. En el último tramo Glucks fue sustituido por un General que no paraba de fumar, era corpulento, de quijada ancha y salvaje. La pronunciación bávara alertaba las pocas pulgas que le alimentaban. En el lado izquierdo llevaba varias condecoraciones y azuzaba al conductor de manera violenta para que fuera más de prisa. Mis cálculos me hacían deducir en el ajetreo peligroso, que sí este aumentaba la velocidad nos saldríamos del sendero y cualquiera de los arboles que pasaban a nuestro lado nos empotraríamos.

Llegamos a una entrada, la senda se abría y luego dos rejas dibujaban un portal. En ambos lados se apostaban un grupo de soldados. El coche se detuvo brusco, la sangre de mi cabeza se disparó ante la inercia. El General se identificó, preguntaron por mí, dieron mi nombre, miraron en una lista. Nos dejaron pasar. Un palacio emergía hacia el final del sendero. –la guarida del lobo-. El edificio de planta cuadrada mostraba un portal rectangular en su centro. Tres ventanas en su parte superior como tres orlas a modo de aberturas le daban un toque refinado. En la plaza pequeña que hacía de aparcamiento muchos coches oficiales  y camiones se desparramaban imitando a un vientre que extenuado clamaba para el gran imperio, ¡venganza! No se observaba gran movimiento  hasta parecía una casona en medio del bosque. Atravesamos el umbral y descendimos por unas escaleras.

Nadie nos detuvo, tan poca vigilancia -pensé -. Nos acercamos a una puerta, allí nos hicieron dejar las armas. Miraron de nuevo nuestra documentación, el oficial nos acompaño hasta un ascensor, a través del cual se descendía al búnker. Al salir apareció frente a nosotros una gigantesca puerta blindada en forma de “u” invertida que nos cerraba el paso. ¡Era impresionante! Nuestro acompañante introdujo una llave y la abrió. Al traspasarla, me giré viendo como se cerraba y parecía nuevamente dividir dos mundos. En su interior el movimiento era frenético, aún así bajamos tres plantas más, giramos hacia la izquierda, y me hicieron sentar en una estrecha sala de espera. El aire era espeso, unos ventiladores empujaban con fuerza aquel pestilente olor. Una mujer se acerco con una bandeja ofreciéndome té o café. Sentía que él estaba cerca, todo el inmueble delataba a la serpiente. El General sentado en un rincón miraba hacia el techo, en una de las paredes, a mi costado colgaba el cuadro de Van  Gogh que había visto en Barcelona. Se abrió la puerta, Goering y su sonrisa socarrona aparecieron como el león que precede al espectáculo circense. Rápido se dirigió hasta mi sitio y me estrechó la mano mientras decía:

_ ¿Ha hecho Ud. un buen viaje?

_Si.

_ ¿Me acompaña por favor? Cruzamos un pasillo, abrió una puerta, apareció una sala grande. De espaldas casi al fondo estaba Hitler, su perra Blondie se movía nerviosa a su alrededor. Vestía un traje militar de chaqueta verde olivo, pantalones  negros y unos zapatos brillantes. Tocando el suelo una larga cola que tan solo yo podía percibir, se movía de izquierda a derecha de forma acompasada. Se le notaba tranquilo, sereno, tal vez era más bajo de lo que imaginé. La sala la ocupaba una mesa grande, al fondo sobre la pared un cuadro suyo de tres metros de alto, donde aparecía rodeado de las banderas alemana y nazi. El suelo que pisábamos estaba cubierto por una alfombra roja. Se dio media vuelta y me miró. Recordé los consejos de La Mirada que Habla, ¡era imposible sustraerme a su influjo! Unos ojos negros y desde su interior brotando una luz ambigua, aquel ámbar me hacia recordar cuando pisaba el río en mi aldea con mis botas embarradas cargadas de cieno. Esta mirada se parecía al cieno. Intente contenerme, transcurrieron unos segundos eternos. El intuía de quién venia. Él debía salvar su reino y necesitaba de nuestra ayuda. Encima de su cabeza podía imaginar al Pez de los Ojos Verdes que saltaba una y otra vez, incapaz de mantenerse en un espacio tan reducido: acorralado era tal vez su mejor definición vital. Hizo un movimiento con su mano izquierda y todos se retiraron. Nos habíamos quedado solos, difícil de explicar el sentimiento que sometía a mis sentidos aquella propuesta de liderazgo tan irreal y a la vez humana.

Hitler rompió el hielo:

_ ¡Veo que es el gran Alsa quien va a cuidar de nuestras reservas! ¡Y de la Biblioteca! –la fuerza de su voz había latido espesa, parecía ir en la búsqueda de la historia-. Con dos pasos su figura se había acercado a escasos centímetros, para mí era posible sentir su respiración. Observé que su ojo derecho parpadeaba más de lo normal, su cuerpo no estaba demasiado erguido. Me tendió su mano. ¿Iba a saludarme nuevamente? Sus labios modularon una sonrisa suave, luego dijo:

_ ¿Cómo está?

_Bien. “¿Y Ud.?”.

_Sabe, su imagen me ha hecho recordar que quizás pude verle de pequeño en un sueño. Me sorprendió su confesión y no pude disimular. Prosiguió: Siempre lo explique de la siguiente manera –para agregar ya con un nuevo giro de su cabeza- era el sueño de la razón que venia en mi búsqueda; era la visita de un sabio que encontraba oro en la montaña y bajaba a verme y me lo ofrecía. Entre nosotros se produjo un silencio. Me atreví a preguntar:

_ ¿Y Ud. que contestó?

_ ¿Al ofrecimiento? Se río a carcajadas y respondió: Antes muerto…Venga le invito una copa.  ¿Qué le apetece?

_Un whisky. El se sirvió un coñac. Levanto su copa diciendo: ¡Por el III Reich !. Los cristales de nuestros vasos se tocaron. Me miró e inquirió: “¿ha llegado a un acuerdo con Goering?”.

_ Si.

_ Pues, no perdamos más tiempo en detalles. Quien le envía de Buenos Aires nos necesita , tanto como nosotros. Luego fue hasta un fonógrafo y puso una canción: es de Imperio Argentina, en su idioma ­-dijo-. Este hombre que estaba dispuesto a todo era capaz de detenerse a escuchar una canción de amor, ¡no podía creerlo! ¡Su actitud me turbaba!  Al acabar la tonadilla, volviéndose hacia mí dijo:

_Martín Alsa, quiero que Ud. sepa que es el III Reich. Parecía que la víbora recuperaba su salsa, mientras su letanía me adormilaba pensaba en este Régimen que a veces le definíamos como acierto como el Despotismo Asiático. En las largas conversaciones con La Mirada Que Habla, siempre le describía como un Estado que  “utiliza mano de obra asalariada que trabaja en grandes conglomerados estatales, combinada con mano de obra capturada de otros países, luego deportada y obligada a trabajar industrias para la guerra y extracción de materiales”. Otras veces su definición incluía: “Un estado policial con una jerarquía que invade la sociedad y una policía secreta apoyándose en un gigantesco mecanismo de propaganda que excita a la población y fomenta la censura y las delaciones. Y, el culto de la personalidad a su rey que lo convierte en un Dios terreno. Es el  que dirige la nación, a través de unos valores clásicos y eternos.

En aquellas conversaciones también a parecía la guerra. La Mirada al mencionar a Hitler solía decir: “para esta dirección política la guerra con los países vecinos es necesaria con el fin de mantener y expandir su espacio vital. La diplomacia, los pactos responden a sostener las condiciones de sus victorias y la división de la sociedad para que cada grupo ocupe una posición  y domine el espíritu del clan”. Y agregar muy tajante: En esta jerarquía el Furher es el mayor estímulo de las pasiones”.

Lentamente regresaba de aquel recuerdo para escuchar la voz de Hitler. La real, la figura que dominaba este inmenso paisaje: “el III Reich es el nuevo orden, donde deben sucumbir los mediocres, los pueblos de 2 º orden, los judíos, los elementos antisociales. Lo que ahora Ud. ve por doquier,  en un futuro lo harán los pueblos no arios. De improviso estaba nuevamente a mi lado, me cogió del brazo arrastrándome hacia otra habitación, mientras continuaba murmurando: verá Ud. el mapa de la nueva Alemania. Al entrar en una sala pequeña, en una maqueta pude ver reflejado sus sueños. Desde el centro de Berlín partían autopistas hacia toda Europa. Las banderas nazis cubrían la mayoría de las capitales europeas.

A mi lado, con su voz gruesa insistió:

_Ud. será nuestro hombre en Sud América, su futuro está ligado a nosotros. Le miré y asentí moviendo la cabeza. Levantó su brazo, dijo: ¡Heil Hitler! Y se marchó. Me había quedado solo frente a aquella inmensa maqueta, me disponía a recorrerla cuando entró Goering. Extendió sobre una plaza del centro de Berlín, un esquema a lápiz, prolijo pero insuficiente. Era el viaje hacia Buenos Aires. ¡No entendía casi nada! Él Mariscal apuntó:

_El cargamento irá en 5 submarinos. Ud. irá en uno de ellos, está previsto descargar en Montevideo. Desde allí trasladaremos la carga a un sitio seguro ya previsto. Luego lo introduciremos en camiones. Las toneladas de oro las trasladaremos a un destino que Ud. nos indique. Pregunté:

_ ¿Cuándo salimos?

_Mañana por la mañana. Esta noche el Furher quiere invitarle a una cena de despedida, si le apetece aquí cerca hay una habitación donde puede descansar. Nos despedimos y me acompañaron por un corredor, luego giramos por otro pasillo, frente a nosotros apareció una puerta, la  entreabrieron, allí había una cama y un lavabo.