by juan re crivello

 

Al cruzar la calle, pude ver su mirada indiscreta, Elvira Tres Dedos, perteneciente a una familia cercana y triste, me estaba indicando que esa tarde de domingo algo no marchaba bien. ¿Qué hacer? Uno no puede ir detrás de una blonda mujer que es vecina y crece con un grupo de apartados sociales en una casa de odio. Pero me llevaba hasta allí el instinto y me propuse no hacer un paso menos que aquella fugitiva. Elvira tenía 20, en mi caso una cuarentena, desigualdad social, de sexo, de edad y mucha intriga. Nada más que al doblar la calle, una parada de autobús y la casa. Ella se detuvo en la puerta y perezoso fui a dejarme caer casi a su lado. Dije:

_ ¿Aquí para el autobús que va hasta el cementerio?

_No, aquí para Ud. Y… su intriga –respondió. Era bella, ajada y tenía esa dulzura de los abandonos. –Insistí:

_ ¿Vive aquí?

_Como Ud. lo sabe y todo el barrio -respondió. Me levanto por la mañana y desde mi departamento puedo describirle las tareas de solterón de Ud. realiza en la terraza de allí detrás. Desde mi casa hay un espacio suficiente para ver cada reserva de suelo que deja en su caminata. Se refería quizás a mi manía de poner los pies y marcar las baldosas para evitar el miedo a caer en desgracia. Siempre imaginaba que al subir a una terraza me atraparía un viento helado de esta zona de Barcelona para dejarme sentado y triste encima de una ola en el Mediterráneo. Descubierto mi juego pregunte:

_ ¿Y tu porque me sigues?

_Por lo mismo que Ud., por el acento que ponemos ambos en sorprendernos al fisgonear cada laberinto de nuestras vidas.

_Pero, si podrías ser mi hija

_Ahora me va  a salir con el prejuicio de las lolitas –dijo torciendo la cara.

_ ¡Que!

_Si, esa historia que mantiene en vilo a los solterones de alrededor de los 40, entre fantasías y compromisos  no se atreven con chicas jóvenes por miedo al qué dirán. A lo que ofendido respondí:

_ ¡Ja! ya ha pasado el tiempo de… iba a arremeter con aquella salida de dolor, o de vagancia extrema de un corazón solitario, pero cambie y dije: tal vez tienes razón, pero tu vives con tus padres y seria un escándalo. Ella levanto la cabeza y esbozo una sonrisa llena de talento para responder:

_ ¡Cásese conmigo! y no habrá escándalo. Mi vida se vino abajo, yo, yendo de compras al Mercadona, arrastrando carros, planchando o yendo al cine con una colegiala, quise desistir y poner fin a tamaño invite:

_ ¡No!, es demasiado.

_ ¡La vida es demasiada! –respondió esta lolita de barrio -y agrego: la vida es lo que tú quieras hacer con ella –moviendo una pierna que dio en la puerta

_No, no me atrevo, soy de los que desisten de…

_De tanto amar, del miedo a que… enloquecerás –agrego

_No… Me atrevo

_Hasta aquella valla -¿la ves? Corremos los dos, quien llegue primero decidirá. –Y corrió. Me deje ganar. Me deje avisar por una nube de ilusión que pensé seria domesticada, pero la cual me arraso.

 

 

Elvira Tres Dedos compro dos chalecos salvavidas y los puso a la entrada del saloncito que tenía en mi piso. Hacía tres días que se había trasladado. Tan solo murmuró “si alguno se hunde puede tirar de la manilla”. Con ello pretendía recordar que comenzaba una larga carrera entre el cuarentón y la lolita. Aquella tarde se lo explique a mi madre. M. M. Pérez estuvo en silencio un largo rato, luego dijo:

_¡Te atreves con esa que era así hace unos años! La mano señalaba una altura de casi 40 centímetros. Mortificado respondí.

_Ahora no es así. Ahora está donde está.

_ ¿La llevaras a casa de nuestros parientes? ¿Y qué dirán las vecinas del barrio?

_Nada. Solo tendrán tema y conversación durante unas semanas luego se olvidaran. Y me marche, pero estaba preocupado. Esa mañana fui a comprar el pan a la panadería de toda la vida. Al entregarme la barra la dueña, una señora de mirada simpática y  que siempre me había producido alguna inquietud sexual, me dijo:

_Ha decidido vivir. ¡Me alegro!

No sé como se había enterado, pero en esta parte del barrio las vecinas aunque paseaban con cara de lunáticas guardaban en cada rosario las cuentas frágiles de los pactos de amor.

_ ¿Por qué a los solterones nos ven de esta manera?  No me contuve, vi que su respuesta fue un rayo.

_No son los solterones, es Ud. que está de muy bien y siempre le hemos puesto trampas y parecía dormido. Me subió un calor y por primera vez en años creo que hasta me sonroje. Una vez despierto el deseo, parecía que surgían candidatas a mi estupidez, ¡en todos lados! Y ¿esta señora estaba casada? Nunca me lo había preguntado, y la de la farmacia, aquella distraída y llena de reflejos que silbaba delicadamente cuando nos quedábamos solos; o la secretaria del abogado que pronunciaba el apellido Pérez como alargando la emoción; o la que me vendió el coche en la feria hace unos meses y me acompaño a probarlo poniendo tanta insistencia en que mirara el pedal de freno mientras se tiraba hacia atrás en el asiento.  No había reparado en ello. Ahora que descubría el amor aparecían detalles de la seducción que estaban envueltas en las largas horas de mi infancia. Una llamada del móvil me quito de mis pensamientos, era Elvira

_ ¿Traerás el pan o seguirás parado como un bobo en esa esquina? Te veo desde aquí y no se sabe si vas o te resistes.

_Voy