by juan re crivello

 

El miedo, es la primera pauta, ante este momento decisivo de la vida de cualquier humano. Siempre parece no estar tan cercana como alguna otra actividad, de las que diariamente emprendemos.

Esta allí –como concepto, e intentamos darle un escape a la angustia que suponga acabar con nuestros sueños. Para muchas personas, el cumplimiento de esta posibilidad, no deja de ser una liberación.

Quizás la vida les ha agotado y ven una salida ante el despropósito que se han sumido. Para otros es una oscura golondrina que nos guía por un sendero desconocido.

Si una persona es religiosa, no significa más que una esperanza, ante el bochorno de entender la vida tan irracional, ante tantos esfuerzos sin sentido.

¿Tenemos miedo ante la muerte? Tal vez lo que tenemos es un estereotipado silencio. La euforia consumista nos aplaca ante los avisos de su cercanía. Los escritores, la espantamos contando historias que se suponen están en la fina y delgada categoría del arte. Pero una vez publicado el sortilegio se evapora y cae en manos de algún visitante extraño que desee re-crearle. Sin más, estas líneas, a esta altura, ya habrán sufrido el abandono de algún lector.

¿A quién se le ocurre hablar del miedo a la muerte?.

Es como cabalgar con desconfianza en la dirección contraria, al ansiado mundo que nos promete la publicidad. Pero ese miedo feo y profundo, palpita dentro de nosotros.

Es tal vez una constatación de un oscuro regalo, que la naturaleza aun se niega a entregarnos: la inmortalidad.

Uno de los últimos bocados que se resiste a revelarnos. Uno de los últimos mantras, que el humano-mono quiere arrebatar al dominio del cosmos. Esta inmortalidad, y la vida del más allá del universo, alrededor de mundos poblados por alienígenas.

De placebos vivimos desde que dejamos África. Los dos últimos deseos u anhelos citados, nos reservan una gran carga de miedo. Podríamos decir que es la máscara apretujada y triste que nos separara de la envoltura del mono y nos insertará en la próxima civilización no-humana. ¿Cómo le llamaremos a esta aventura? ¿Cuánto de obsesión o pavor nos provocara recorrerla?

Dirá al respecto Epicuro “a nosotros, la muerte no nos incumbe; porque lo que se ha disuelto se vuelve insensible, y lo que es insensible a nosotros no nos afecta” (1)

Epicuro. Máximas Capitales, II