by juan re crivello

 

Le encontraron en su despacho. “La segunda planta de la Moncloa tiene un   nuevo  cadáver”    -fue el comentario de uno de los ayudantes. A 200 metros -en la Comisaría de La Moncloa, en esa madrugada de las dos y pico, una llamada fue atendida por un inspector. Estaba allí de casualidad, la discusión con su mujer, le había decidido a quedarse para hacer faena. En los últimos meses por su pequeña caja de madera de aquel vetusto edificio, se apilaban diferentes casos. Pero este era diferente, debía presentarse en La Moncloa, un funcionario le había informado que el presidente de gobierno se había suicidado. En su coche ya camino del lugar, no dejaba de pensar en la imposibilidad de dar el parte. Que iba a poner: “siendo las 2:30 me presente en casa del gobierno para certificar que el orificio de entrada estaba en”. Bastante ridículo. Aquella especie de políticos estaba en extinción. No le conocía a J. L. más que por la tele y aunque pasaba una mala racha, no se le hubiera ocurrido que fuese capaz de pegarse un tiro. Además al llegar ya estarían hasta los del CNI. Aquellos pringaos que habían estado detrás de todas las tramas del Estado. Ellos, le apartarían a un rincón y hasta le dictarían lo que tendría que escribir.

Pero al llegar, pudo comprobar, que aquello estaba muy oscuro. Le dejo pasar un tipo que estaba en la entrada y de allí hasta el despachito llego muy rápido. Un funcionario de marrón y oliva y dos ayudantes le mostraron el cadáver. Le explicaron que le habían avisado porque su mujer estaba fuera y querían saber la opinión de un poli antes de dar la noticia. Carlos Frutos rodeo el cadáver. Una pistola en la mesa. Y un orificio lateral que había dejado salir un litro de sangre. ¿Nada más? Se giró y agacho, todo era de una pulcritud extrema. Les miro y dio la orden de informar a la sociedad lo que ni siquiera era capaz de imaginar. Mientras los tipos iban y venían, él tomo notas de lo que le parecía podía ser incorrecto o extraño. Pero el Presidente era más pulcro de lo que mostraba la tele. Detrás del escritorio, la ventana estaba abierta un poco, pero no existían señales de haberla forzado.

El primero en llegar fue el número Dos del gobierno. Este si mandaba. Dio órdenes de recoger todo y presentar al presidente en la sala contigua. Luego dirigiendo su mirada hacia el preguntó: “¿Ud. cuando tendrá listo el informe?”. Si me permite –dijo Frutos, y me deja una sala con ordenador se lo puedo hacer enseguida, en el fondo deseaba quitarse el marrón de un presi que se quita la vida y no deja pistas de su angustia. “Vale. Sígame” –dijo el número Dos. Antes de salir Frutos pudo observar como retiraban el cadáver, a su lado casi cerca de una lámpara, un chicle estaba pegado en el lateral. Frutos se volvió hasta él y lo recogió, metiéndole en una bolsa de aquellas de plástico que solía llevar en su chaqueta. A quien se le podía ocurrir pegar su chicle en un sitio tan, pero tan. En su larga experiencia siempre miraba debajo de las mesas, allí le ponían a decenas. Al salir, en una sala contigua le dejaron un ordenador y escribió un informe de tres líneas:

“Siendo las 2:30 Horas, fui llamado a La Moncloa y en el despacho verde me dejaron atender un cadáver recostado en la derecha con un agujero de bala de pistola térmica marca Beretta. El presidente se había suicidado de un tiro en la sien. A su costado, cerca de la lámpara, aún se hallaba pegado su chicle”.

Acto seguido lo imprimió en tres ejemplares y lo firmo. Al ponerse de pie, el número Dos del gobierno le preguntaría: “¿lo tiene ya?”. “Si”, dijo Frutos. Aquel lo leyó, al ver tan poca cosa hasta insinuó que agregara algunos folios, pero su negativa derivo en una mirada entre ambos que duraría un largo rato. En aquella espera el Vice dijo: “si quiere puede marcharse”.

_¿Me deja ver al presidente por última vez? –pregunto el inspector. “Bueno, Usted mismo”. Frutos pasaría a una sala donde estaba el cadáver abandonado. Le habían colocado encima de una camilla y una sábana blanca le tapaba hasta el cuello. En la semi-penumbra fue hasta su boca, la abrió y metió un palito con gasa. Luego guardo aquello en una bolsa de plástico y se marchó.

Los próximos días, fueron el entierro y una madeja de suposiciones que se apagaron lentamente ante la crisis que vivía el país y la fiabilidad del número Dos –quien se hizo con el poder. J L había sufrido el viejo estigma de La Moncloa, resistir cuatro años entre el aplauso y luego comenzar una decadencia que dicen aparece –a partir del segundo año- en todos los presidentes españoles. Un poco después, dice la teoría, extrañas razones les apartan prematuramente del poder. De aquella manera se fue, Adolfo Suarez y, luego Felipe González, aunque este resistió hasta la tercera reelección. Con Aznar su renuncia -a presentarse- estuvo a un tris del bombazo del 11M, pero ello no invalida la especulación del retiro accidentado.

Frutos estuvo unos días en la sierra madrileña y al regresar encima de su caja de madera, encontraría un papel del informe del chicle y la saliva del muerto, le acompañaban dos sobres referidos al ex-presidente. Abrió aquello y leyó: “los dos ADN no pertenecen a la misma persona”. El chicle se había vuelto amarillento, y no respondía al asesinado. ¿Quién podría haber dejado aquello pegado tan cerca del presi? Desde uno de la limpieza, hasta un familiar   –pensó Frutos, o alguien que estuvieron allí las horas anteriores. Intento cotejar aquel ADN con su base de datos ya metido en el desánimo. Y el aparato le devolvió la fotografía de un pistolero. ¡Era un error! ¿Cómo podía una rata de la mafia estar asociado al Presi? Pero al repetir su consulta, el fichero le devolvía siempre la misma cara. Se puso de pie y fue en busca de un sitio donde quizás se dejaba caer aquel tipo.

En el bar, el camarero señalo en dirección al lavabo. Al entrar, el ruido del mingitorio de la derecha, daba salida a un rio extremo. ¿Sería a quien buscaba? Al acercarse al individual que deja caer los orines masculinos, le mostro la placa y pregunto:

¿Dónde estabas el día 5? ¿Porque los polis preguntaban en plural cuando el sospechoso es uno solo? –una terca pregunta que paso por su cabeza-, cuando el tipo recogió su verga lisa y melosa dispuesto a responder: “en mi casa. A las 2:30. Con una buena señora”. Frutos insistió., para decir: “pues si te parece vamos a verla”.

_Ahora no puedo –respondió mientras cerraba su bragueta. Frutos le cogió del brazo para ayudarle. Al llegar al departamento de la fémina, no había nadie. Decidieron bajar al bar para esperar. El pidió una tónica y el tipo con cara de fastidio, una cerveza. Pasaron dos largas horas y por fin vieron llegar a quien esperaban. Sin pensarlo, Frutos le empujo del brazo y fueron detrás de ella. Al entrar el inspector hizo las mismas preguntas, pero ella desviaba la mirada sin  seguir el juego, hasta dejar escapar un: “no estuvimos juntos”. Su acompañante se había quedado sin blanca. Se lo llevo a comisaría y le aguanto un día más. En aquel cuchitril tenían un cuarto sencillo y extremo que servía para algún tropiezo de la fauna. A la mañana siguiente el tipo dio un nombre. Le habían encargado limpiar la Moncloa, aunque insistió: “yo no fui quien le mate”.

_ ¿A quién? –pregunto Frutos. “Al presi, ¡joder! Aquella madrugada me acompañaría uno, de una extraña pronunciación. Él fue quien me contrato para introducirle sin ser visto”.

_Al lado del Presi, en la base de la lámpara, encontramos un chicle -dijo Frutos.

_ ¡Fue una estupidez! –Dijo el tipo-, esa era la firma del trabajo. Yo la puse en la lámpara del lado para decir que había estado allí, me parecía un gesto de nostalgia ante un político al que había votado.

_ ¿Dónde encuentro a tu colega? –pregunto Frutos.

_Solo tengo un teléfono, miro en su bolsillo y le entrego un papel. Frutos marco aquellos números. Alguien respondió: “hola”.

_Quiero que me haga un trabajo –dijo el inspector. Una voz gangosa, de resina seca, respondió: “estoy retirado”.

_Le pagare  muy bien –volvió a insistir el inspector.

_No puedo, estoy desactivado.

Es mucho dinero –insistió Frutos.

_Le espero en el bar la ciénaga -a las 10.