by juan re crivello

Esa mañana antes de la entrevista, Frutos marcaría el terreno. Puso varios polis para impedir que se le escapara. Pero todo fue más fácil de lo imaginado. El bar La Cienaga era un antro irrepetible, situado en una esquina, con siete mesas, una barra de mármol antigua con un grifo del que escapaba un hilillo de agua y un wáter unisex, con olor a lejía barata. Al tipo lo pesco sentado, era una hora de la mañana en que una mezcla de cazalla y moscatel en un vasito pequeño y estrecho despertaba a los macarras de esta zona de la ciudad, y… se lo llevo hasta la comisaria. Pero el tipo no quería decir de dónde provenía el encargo. Y sin confesión, que podía hacer. Aún así en el interrogatorio insistió. “La pistola tiene tus huellas”. La risa del acusado dio por bueno el farol. Frutos harto, recurrirá a algo sencillo. Trajo al otro y les encerró en una habitación. Apretó las tuercas toda la noche. Solo hablaría de robo, no de asesinato. Les trato como a ladrones de poca monta. Obvio todos los detalles e insistió hasta hartarse con el móvil del robo. De la Moncloa, de la Presidencia, de un garito que era donde vivía el poder. E inclusive dijo que a la mañana siguiente les presentaría a la prensa como los dos que estuvieron allí para algo tan sencillo y vil que el robo de un cuadro de La Moncloa. Hasta que… uno salto: “No, yo fui contratado para dejar limpio, para que alguien ocupara su sitio”.

_ ¿Qué sitio?

_ ¡El poder joder!

_ ¿Tienes pruebas? –pregunto Frutos.

_Fue un tipo camuflado, de uno ochenta, gafas redondas, una cara trajinada y el dinero me lo entrego en mano.

_Entonces la pagaras tú –dijo Frutos sin inmutarse, quien imaginó que aquello había acabado.

El inspector les hizo meter en una celda y se dispuso a dar la noticia al juez. Al redactar el informe sobre su mesa rozo con un periódico de hacía un mes. El numero Dos declaraba a la prensa referido al presidente de Gobierno: “No de Ud. por muerto a alguien que está muy vivo, ¡créame!”. La declaración continuaba con un rosario de explicaciones sin sentido. Para Frutos el golpe venía desde la cabeza del Estado, pero ¿qué hacer para conectar ambas realidades? De repente recordó que el actual presidente y anterior número Dos se había quedado con la copia de su informe. Pidió una cita a su secretaria con una excusa vana. El nuevo Presidente le recibió en La Moncloa. En un amplio salón, de aquel que siempre veía por la tele, dos sillones blancos forrados en piel. Y le invito a sentarse, sin mediar palabra, le entregó un sobre. Frutos lo abrió, pudo comprobar que en su interior estaba una copia del informe. Hablaron de banalidades. Nada le permitiría, meter a este poder en los límites de la ley -pensó Frutos. Aunque en aquel desvarío y disimulo de cartas marcadas, el presidente dijo: “aquella noche, Ud. llego muy rápido a La Moncloa”.

_Señor Presidente, es una simple constatación, estaba a 200 metros. La voz melosa, la sonrisa, los ojos vivos del presidente insinuaron una pregunta: “¿qué hacía en la Comisaria a esas horas?”. Frutos sonrió –para decir: hay días que estoy a punto de separarme de mi mujer.

_ ¡Ah! Pues le vino bien llegar antes que nosotros. Ello, le ayudaría a encontrar explicaciones a un hecho tan desafortunado. Fue un gran hombre, sin el nuestro país tendrá que reinventarse –agrego el ex número Dos. Frutos vio una puerta entreabierta y pregunto:

_ ¿Ud. estaba esa noche en La Moncloa? “No”. Si no recuerdo –agrego Frutos- Ud. también llego muy rápido.

_Si, es verdad, el presidente me había llamado para consultarme y venia de camino. Frutos se despidió. Al día siguiente puso en libertad a los dos tipos.

Una semana más tarde consiguió que un amigo le hiciera una copia de las filmaciones de entrada y salida de La Moncloa. Le debía un favor, y aunque aquella solicitud rebasaba cualquier encargo, su colega era del partido del poder y estaba inquieto ante los cambios del nuevo Presidente. Al repasar aquellos videos, Frutos observo, que el día del asesinato, el numero Dos llego al Palacio a las 23 horas y no se marcharía hasta las 4. ¿Por qué mentir, si estaba en La Moncloa? Solo tenía una intuición. Los asesinos y el numero Dos esa noche coincidian en el Palacio. Ante lo cual, aquello parecía una convención. ¿Quién se atrevería a denunciar a un presidente, con tan solo conjeturas? Nuevamente el caso era para archivarlo. Y eso fue lo que hizo. Metió la carpeta debajo de una pila enorme y se fue a tomar una cerveza al bar “Rosita”.

Al cabo de tres meses, le llego una nota de La Moncloa, le invitaban a la entrega de las condecoraciones de los oficiales de policía. En la lista estaba su nombre. Esa noche asitió de muy mala gana.