by juan re crivello

Un mensaje entro en mi móvil, ponía: “Le espero en La Castellana, se detendrá un taxi, suba. A las 22”. Frutos estaba sin blanca en el caso de La Moncloa. Se habían cargado al Presidente, el país seguía igual, ¿que perdía con ir? Miro su reloj quedaban dos horas, decidió comer algo e ir con su coche. Lo dejo cerca y dio vueltas. La ciudad estaba metida en sus historias, hacia una ventisca mezclada con nieve suave, y noviembre era un mes en el cual el frio se había lanzado. Pero según su costumbre, dos jerséis le protegían de una noche dura. ¿Sera ese? ¿O aquel? Se detuvo un taxi, le abrieron la puerta y se sentó. Conducía un tipo de gorra, peluca larga y unas gafas de sol. Dijo:

_No me mire y le tiro un sobre de plástico. “allí dentro tiene unas pequeñas anotaciones sobre el gobierno. El que espía es el ministro de Defensa. Le hare llegar alguna otra información para que destape el asesinato”. No terminaría de hablar que dos coches se echaron encima convirtiendo el taxi en un puré que dio vuelta sobre sí mismo y derrapo con el techo al revés varios metros por La Castellana. Frutos aturdido vio como el chofer se soltaba el cinturón, rompía el cristal y escapaba. De su lado un tipo rompió el de su lado y retiro el sobre y escapo. Se sentía en forma, se deslizo por el cristal yendo tras las huellas. Intuía que había entrado en un edificio al lado del estadio del Real Madrid. ¿Hacia dónde ir? No había ni rastro, ni siquiera portero. Empujo la puerta de cristal y cedió. Fue hasta los ascensores y una lucecilla roja marcaba el sitio 40. ¿Sería esa la ruta? Y si… ¿era para distraerle? Pulso en el ascensor y se monto hasta la 40. Al abrirse la puerta con la pistola en mano miro en todos lados, solo había una puerta al final del pasillo. Al abrirla el viento le dio en la cara, era una gran terraza preparada para aterrizar un helicóptero. Una explanada gigante, inservible; el tipo le había dado el esquinazo, iba a retirarse cuando escucho el ruido de las palas que se posaban en el centro. Y un tipo ¡El tipo, joder! Corría en esa dirección, apunto a sus piernas y le dio en una, al caer quien conducía dudo en abortar la operación, Frutos corrió hasta apuntarle en su cabeza.

_ ¿Donde? ¡Dame la mierda de plástico! –grito. El tipo la tiro unos tres metros, Frutos fue por ella y mientras la recogía, dos del helicóptero lo rescataban para escapar. ¿Estaría dentro lo que le había dado el taxista? Mientras el helicóptero marchaba retuvo su matrícula 003456, tal vez, un número de atleta… Fue hasta el ascensor, y en la calle entro en un bar. Abrió el sobre de plástico. Dentro decía tan solo: ¡JL es un cabrón que oculta los fondos reservados! Y luego un esquema de traspaso de cuentas que acababa en las Islas Caimán. Poca cosa, con ello nadie diría que se mata a un presidente. Observo que el mensaje estaba escrito en una letra en lápiz fino de pergamino, con los finales de las palabras reduciéndose. ¿Quién conocía el papel de pergamino? Decidió ir hasta una casa antigua en el centro de La Villa donde aun vendían papeles para la escritura de comienzos de siglo.

Al entrar en la tienda, estrecha, cubierta de cartulinas y sobres desparramadas sobre un mostrador enseño lo que llevaba. El dependiente le dijo que aquello lo servían solo a dos clientes. Le invito pasar a la trastienda y un señor mayor muy bajito volvió a pasar el dedo por el papel. Luego en un castellano grave dijo:

_Este papel lo hacen en Barcelona, nosotros lo servimos desde hace un siglo. Y… dejo su silla y fue hasta un armarito, de dentro extrajo unas direcciones, para decir: van a la Moncloa y a un tal C. Ar de la provincia de Tarragona. Luego le miro sin casi pestañear para agregar: no se para que la usan. Antiguamente en La Moncloa la utilizaban para dar sus recomendaciones el Generalísimo. No sé si Ud. recuerda, él escribía y el motorista iba y venía con órdenes a sus ministros.

_ ¿Y ahora?

_Hace unos días me llamaron de la oficina del Vicepresidente, que ahora es Presidente, para solicitarme cuatro cajas. Las envolvemos en papel celofán ¿ve? Montamos fajos de diez en diez y son muy bonitas para escribir pequeñas notas. “¿Y el otro?” –Preguntó Frutos-.

_ ¿Cual?

_El otro cliente.

_Las compra desde hace dos años. Una vez apareció por aquí. Era alto, recio con unos ojos azules que llenaban esta sala… de ira. No hablo. Le acompañaba una secretaria reducida en la sien pero de senos altos y redondos. Al darse vuelta su trasero fue el comentario de mis empleados. El señor en cuestión apreciaba la cartulina, pues le recordaba a Rusia. Esa fue la única frase que dijo, además de sorber con fuerza de una pitillera una docena de cigarrillos que olían a… mostaza.

_ ¿A mostaza?

_Pues sí, quedo todo impregnado, al subir a casa, mi mujer me pregunto en una de esas frases que tienen las señoras de mi época: ¿Has estado rozándote con una hiena? Con una hiena, ¡imagínese Ud.! ¿A que huelen esos bichos que salen en la tele y no paran de reír?

_A mostaza –dijo Frutos. Su interlocutor consternado sonrió, parecía reír ante la cultura de olores de su sabia mujer. Frutos pregunto:

_Su mujer detecto algo más?

_ ¿Como qué?

_¿Algún olor raro e indescifrable?

_Creo que la mujer, la secretaria olía a salchichas de Frankfurt.

_Ya

_Pero no a cualquier salchicha. En Tarragona hay un Frankfurt muy famoso que los hace con salsa de calçots y… ¡están que te mueres! Hace años iba allí, mi hijo… ¡Robert! Y se giro para preguntar en voz alta: ¿Está aún allí ese Frankfurt de Tarragona? “Si papa” Es que, el estuvo la semana pasada visitando a un proveedor que nos compra lápices para marcar los goles de su equipo favorito. Frutos ya no sabía si aquel señor estaba enfermo o era verdad, solo pregunto:

_Esa señora –la del olor a Frankfurt- A Ud. le parece –digamos- ¿era alguien en quien desconfiar?

_Mi mujer me dijo –ese día- “ese olor a salchichas es muy atractivo y traidor”. Pero el cliente paga bien…