by juan re crivello

 

“El marqués de Bradomín le miró en los ojos que tenían una llama de ensueño:

_ ¿Quieres servir a la Causa?

_¡Hasta morir por ella!

_A veces no se muere…”

(p 141 Una tertulia de antaño Ramón Maria del Valle-Inclán)

La Causa, es inestable, a miles nos aplicamos por defenderla. Una noche, en la cruel madrugada, o en el acontecer de la tarde. Usamos una pistola, una daga, un mortero. En otras nos meten dentro de un tubo alargado bajo el agua que se dirige en busca de barcos enemigos – ¡y dispara!- hasta elevar chatarra por encima de las ambiciones del gobierno de turno. Aunque, diremos, que miles de cobardes van a la muerte por la Causa. Se esconden en un gallinero, o se dejan caer en una habitación y en otras, zaheridos por un valiente logran matar al General de más lustre del enemigo. Y ¡hasta le dan una chapa! El regreso es otra historia, se asoman vecinos, mujeres llenas de deseo, envidiosos, perros alucinados, y hasta alguno grita:

¡Se ha terminado el hambre! Los días o meses posteriores al Fin de la Guerra, al Fin de la Causa, los camastros hacen un ruido frenético. La pulga del sexo les ha convidado a la rabia.