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by juan re crivello

 

Cada tarde que Ud. pasa frente a nuestra casa, le vemos –digo mi amigo y yo, con cara extraviada y el pan bajo el brazo. Hasta le hemos incluido en un guion para una de nuestra serie de televisión. Pero ni así hemos calmado la intriga de verle repetir su cita. Es por ello que nos hemos pasado por el bar donde bebe su taza de té y alfajor. Allí, el camarero, nos ha dado una sopa de letras:

B.P. calle Ramoneda 34.

Como se nos hacía raro visitarle, hemos decidido quedar con Ud. mediante una carta. De dos sello, de 4 Euros, de dos días hasta saber si la recoge. De lo cual, ayer por la tarde, hemos obtenido respuesta, al verle pasar con la misma barra y un sobre blanco de letras rojas sobresalir del brazo. ¡Eran nuestras letras! La alegría nos produjo una suave e intensa manera de brindar por la amistad de su persona y nuestros aburridos guiones de literatura ajena. Y de tan eufóricos hemos parido un capitulo que comienza así…

Un frio y estúpido atardecer vimos pasar a un meticuloso ser. Llevaba una carta y una barra. Se metió en un bar. De ese escondrijo escaparon todos incluido su dueño. La policía llego hasta el espacio abandonado y encontraron a un señor de arrebatadora mirada con la cabeza estallada. Su sangre daba alimento a la imaginación. Pero más terca era su historia. De todos era sabido que tenía dos hijas ya casadas con vigorosos maridos acostumbrados al buen vino. Decimos esto porque nuestro señor de la barra de pan, se quedó solo al enterararse que sus hijas estaban envueltas en un lio. Lo había descubierto por casualidad, al salir del sitio donde le repararon el tupe que usaba en su redonda cabeza, con el deseo de parecer más joven. En esa esquina, la de la tienda de pelucas, frente a un asfalto reseco y multitud de quinquis vendiendo droga, pudo observar a sus hijas que traficaban con un cabello de oro comprado en el mismo negocio. Ellas aquel día no le vieron, pero su angustia no le dejaba decir a esos dos buenos maridos que su vergüenza era superior a su indignación. Con lo cual debía terminar con aquello o bien dando cuenta a la policía de los comportamientos extraños de ese par de féminas de su sangre, o quitarse de en medio.

Cómo explicar… este señor moriría mortificado Mi colega y yo nos detuvimos un segundo, aquello pareció como si dejáramos a la luz del ordenador escapar del plástico que le atrapaba. Habíamos encontrado un fabuloso personaje. Desde su muerte hacia atrás escondía un traje de historias. El papel doblado de la dirección, retenía su nombre superpuesto:

Ricardo Arlt.