by juan re crivello

 

(Ver capitulo Uno)

Con mis colegas decidimos ir hasta el Registro de la Propiedad, un antiguo edificio que guardaba miles de documentos sobre sus estanterías, en las cuales sus tres empleados mantenían a raya pequeños hilos de agua que laminaban la pared, donde crecía un musgo hambriento que amenazaba con atravesar hasta la recepción. El sistema era sencillo, uno escribía en un papel los datos del muerto, y solicitaba conocer sus propiedades. El funcionario trepaba por las estanterías hasta retirar unos inmensos volúmenes de casi medio metro de largo, luego los colocaba en una mesa de trabajo y por el apellido volvía a transcribir las fechas de venta o compra en que aparecía el apellido solicitado. Luego dirigiéndose a nosotros resumía aquello en un papel blanco cargado de moho. M R González así ponía en su bata gris, levanto su vista con un desplazamiento rojo en los bordes para decir:

_Solo tiene una. Es una casa de 200 metros muy cerca de aquí, en Belgrano 408. Las calles de esa zona de Buenos Aires –prosiguió- son largas, de aceras llenas de arboles inmensos y los veranos el aire caliente que viene desde más allá de La Pampa y entra por sus ventanas hasta refugiarse en las zonas más oscuras de sus viviendas. Así le definió el funcionario. No parecía entregar una dirección sino una visión de la vida de cada calle de esta gran ciudad. Con mis dos amigos pagamos y decidimos ir caminando hasta esa casona donde había vivido Artl. Al llegar preguntamos a los vecinos, pero nadie sabía de su vida. Todos repetían vaguedades tales como: le vi hace unos días, se caso joven; tenía un genio ¡tan tremendo! o por las noches cocía sopa de cebollas y la calle apestaba de su hambre; hasta alguno respondió con la tontería de moda, ¡era amigo del Papa Francisco! Pero nadie fue capaz de decir si estaba vivo o muerto. Por nuestra parte sino le hubiéramos visto con la cabeza reventada en aquel bar y no hubiéramos decidido incluirle en un guion de nuestra serie de televisión, el tal Artl quizás estaría bajo tierra olvidado de todos. Mi compañero R. López propuso: ¿y si pedimos una llave en la comisaria y abrimos?. Se basaba en una vieja costumbre instaurada en la época colonial que permitía que los vecinos dejaran un juego de llaves por precaución. Mi otro amigo, J Rawson tan solo dijo:

_Si… ¡justo ahora que la poli es la dueña de los robos! ¡Imposible! Pero me deje llevar por mi intuición y al entrar a la Comisaria me atendió una policía mujer, joven, inexperta. Me presente como su hermano, con mi acento de provincias me hizo pasar hasta una salita con colgadores para llaves. Estaban todos vacios menos uno. Una brillante llave ancha, gruesa con un llaverito con la foto de una mujer y dos senos pronunciados era de Artl.

_Este servicio –dijo la poli- lo hemos abandonado hace diez años por orden del gobernador, y como esta salita no la usamos, mis compañeros han mantenido esta llave en su sitio, siendo objeto de muchas burlas. Le llamaban “la llave de Dios”. Firme aquí           –agrego-. Puse una O grande, de Omar tal vez y Artl. Me entrego una copia y esbozo una sonrisa como insinuando ahora el problema es suyo.

Al salir a la calle, mis amigos estaban eufóricos. En la casa se entraba por dos habitaciones que se abrían a una sala comedor inmenso, una cocina al final y un patio rectangular. Una típica casa de los años 50 cuando en buenos Aires en estos barrios construían para una pequeña burguesía de provincias que venía a abrirse camino para educar mejor a sus hijos. Le llamaban “inmigrantes llenos de saber”. Saber cocinar, saber comprar, saber decir impertinencias construidas alrededor de una frase estándar, tal como: “estamos aquí pero venimos de una gran familia que domina la ciudad”.

Al recorrer las estancias parecía estar todo como detenido en el tiempo. Hasta la cama estaba abierta como si alguien se hubiera levantado para ir al trabajo y no regresar. En la cocina, la taza del café con leche en su sitio y un bollo reseco con manteca y dulce de leche. R López, me acerco un fajo de cartas.

_De donde… la has sacado –pregunte-.

_Están en aquella mini habitación, son miles de cartas, las escribía a una tal María Ramírez. Mira, esta dice:

Estimada

Debo saber si vendrás este fin de semana. Aquí llueve y mi espíritu late con aburrimiento y soledad. Te amo y cuento los días para volver a verte. En el alfeizar que da al patio se detiene el tiempo y ¡protesto! Aún no llegan esos días que pondrán tus ojos verdes en mi.

Un beso

Artl

_Hay miles –dijo J Rawson-. Están enrollados de diez en diez, con una gomita o un hilo, o a veces con un alambre que les sujeta. Al entrar pude ver que los fajos llegaban hasta el techo, creando una ondulación parecida a las olas del mar.

_El material parece de primera –dije- .

_ ¿Le escribía cada día? ¿Existió de verdad? Se pregunto J. Rawson

_Es posible –respondí. Mi compañero deslizo una fotografía de una mujer vestida de azul, con cara picara, una bici y un gesto donde un dedo invitaba a callar.

_Es ella –dijo R Lopez.

_Seguro –respondí- mientras los tres caíamos embrujados de aquella mujer. Lo primero que haremos será regresar al Registro de la Propiedad y preguntar si María Ramírez vive en Buenos Aires.