by juan re crivello

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Ricardo Arlt vivía en una casa de Buenos Aires que tenía un inmenso zaguán. Como aquellas casas que ha dejado esta gran ciudad metidas en un espacio irreal o muerto. Fuera una arboleda, al llegar a la esquina su bar con café y charla de futbol, al lado la panadería con masas de calidad, y la farmacia –que abría poco pero atendía por una puerta pequeña todo el día. Para nuestro amigo estar retenido por el tiempo en esa coraza de vida era una tarea ardua, a lo sumo en la mañana podía escuchar las conversaciones que se mezclaban del patio trasero donde una gran familia se peleaba cada segundo y pactaba figuras de refuerzo para perdonarse. Y a la tarde, cada día, si y no, le visitaba su amigo H Raz que trabajaba en los juzgados y traía historias jugosas de muerte, divorcio y papeles firmados para luego incumpliros. Por ello el zaguán era media vida, en verano dos reposeras, en invierno las mismas pero con una fina y delicada colcha que cubría al visitante de rojo y al dueño de casa, de gris. Llevaba encerrado así una década. Y su retiro era una manifestación del silencio que se había impuesto ante la magnitud de la insolencia que presenciaba en esas calles. Le disgustaba, primero, que hablaran con tanta fuerza y lejanía de los problemas de la gente, o que sumaran al interés una delicada mentira piadosa, digamos por ejemplo: llámame si me necesitas. Y este largo etcétera le había alejado de los paisanos. Menos H Raz, y un señor que le traía la compra cada semana de un mercadito cercano. Si no fuera por esas visitas tal vez sus vecinos se hubieran olvidado de su presencia. El había decidido construir una atmosfera de recuerdos que amontonaba imaginariamente en cada habitación. Por ello ocupaba tres cuartos, de aquellas fantasías y aún tenía aluno mas sin ocupar y el zaguán. En este último las historias se volatilizaban. Por ello allí las maquinaba y con esmero las situaba dentro, junto a las cartas de una tal María Ramírez. Su amigo H Raz, quien le conocía a veces le obligaba a sacar de dentro una y, repasar si estaba correcta. Su amigo insistía que la vida era necesario dejarla correr y que su casa estaba tomada por estas hojas de papel y el acuerdo entre ambos consistía en: “yo te visito y tu liberas una de tanto en tanto”. Por ello al verle sentado en la reposera y mirándole con cara de desagravio se temió lo peor y se dispuso a retirar una historia escrita de la habitación del hechizo. Le llamaba así a este espacio donde guardaba textos banales pero construidos por algún desprejuiciado e insensible glotón y, dijo:

“Erase una vez un tipo casado en segundas nupcias con una señora llena de vibradores  traídos de Taiwan. Ella amaba la insistencia en perseguir aventuras que desembocaban en un orgasmo cada dos días. El amaba a su segunda mujer por su tranquila resistencia a utilizar aparatos en su amor. Entre ambos se suponía que comer, respirar, trabajar eran actividades externas, pero cada dos días una aventura les unía y, un ruidito. A pesar que los taiwaneses habían mejorado, aún seguía en pie ese sonido vacuo e insoportable para uno de los amantes. Por ello intentaron poner música de fondo, o geles, o taparse los oídos para evitar esa pequeña distracción. Su amor por su mujer le llevaba a consentir, hasta que una mañana carraspeo y dijo:

–Creo que deberíamos dejarlo. Ella sorprendida respondió

– ¿A qué?

–A los aparatos que utilizamos. Su ruidito me deja sin ganas. La cara de ella enmudeció. Un silencio tomo la casa durante varios días. Hasta que una tarde, el subió las maletas en su coche y se marchó. Ella lloro varios días. Y con tranquilidad abrió la carta que él había dejado encima de la tele y al lado del toro traído de Andalucía. Decía:

–Nena yo te amo, pero no te comparto. Una lánguida frase que destapa las dificultades del amor”.

Ricardo Arlt hizo como si el final taiwanés hubiera dejado volar otra historia. Su amigo H Raz comento:

–Breve e intensa. Sabes –dijo H Raz mirándole-, este zaguán, conoce más de la vida, que los intrépidos que corren allí fuera. Artl rio y se puso de pie para preparar té y masitas que la panadera de 24 años le dejaba –previo golpe de dos timbres en la puerta al final del zaguán.