by juan re crivello

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Artl y Buenos Aires

Pueyrredón 23. Esa era la dirección en que Ricardo Artl concertaba sus citas hasta conocer a María Ramírez. Una calle ancha, de las miles que tiene Buenos Aires, con aceras que se utilizan para navegar o vender Frankfurt al caer la noche. Una ciudad que está dormida, cuando los inquilinos palidecen a final de mes. Allí todo el mundo fisgonea a su vecino, o descubre que la alcantarilla es un sub-mundo parecido al exterior. Artl acostumbraba a fumar un cigarrillo detrás de otro, Chesterfield King Size, lo compraba en un Kiosco a la vuelta de su casa y camino del trabajo solía parar en un bar de la esquina, un café de nombre raro: “Filogonio”. Casi antes de dar las 22. Era su último café, luego un garito en un sótano y una orquesta de nueve músicos para que él -quien cantaba para los turistas que invadían la ciudad. Pero en su cabeza no había más que la tormenta sentimental que le aturdía. María R. una espléndida morena de atrevidas formas, quien salía con él desde hace ¿uno?, ¿dos? meses. ¡Es que todo había ido tan rápido! Que no se atrevía a considerar si seguían o no esta aventura. Antes de pagar extrajo un papel de su bolsillo del pantalón, en lápiz verde, con formas acostadas hacia la derecha:

“¿Te veré esta noche? El día se alarga de tal manera que no puedo apartarte de mi interés. Todo me refiere a ti. Todo recuerda los tres cuartos del alma donde resides”

María R

_ ¡Muy fuerte! -dijo en voz alta. Siempre había pensado que sus anteriores amores eran un recuerdo vano y suave ante la intensidad de esta comedia que le tocaba vivir. Se llevó la mano a su nariz. El perfume era una huella, y esta le acercaba a aquella intensa noche donde cada muslo cometía un exceso y donde ya nadie fingía un alegato, un miedo o una osadía. Recordó un segundo una estrofa de su tango preferido:

Corrientes 3, 4, 8,

Segundo piso, ascensor.

No hay porteros ni vecinos.

Adentro, cocktail y amor.

Y pudo pensar, que la mezcla de deseos y la llamarada que surgía de madrugada al regresar a aquel piso donde no podía escapar…  diariamente. Y… sonó su teléfono de la salita

_Hola –dijo

_ ¿Vendrás de noche? ¿Como siempre? –preguntó ella.

_Si

_Hoy hablare con F S y le explicare que ya no puedo más. Le diré –agrego ella- que no voy por casa desde hace seis días por este amor que nos consume. ¡Qué nos pasa! –Su exclamación fue un eco para Artl, y escucho-: cada día es una nueva prueba, y nos somete a ambos. ¡Cada día!

_No sé –la irregularidad de su respuesta le hizo agregar-: a veces pienso que la cita es un malefició, nos incluye en la noche y luego perdemos esa regularidad que da la claridad de la vida cotidiana. Físicamente ¡estoy muerto! Llevamos noche tras noche envueltos en un atractivo sensual continuo que ¡joder!, esto parece no acabar.

_Nos recuerda al tango –dijo ella y rio con fuerza-. Su voz era suave pero arrastraba la rugosidad del fumar. Para agregar. ¿Es un círculo sin fin? O…es un espacio –y agrego en tono explicativo-, donde lo físico, la bruma, la fragancia, los silencios, la voz que proyectamos, o esa ternura, que descargas en mí. ¡Oh Dios!

_Esta noche –dijo el- cuando cante, proyectare un misterio que flotará en las almas de los noctámbulos… sugeriré el deseo. Les empujare a ese sentimiento que cada giro de esta música sensual nos provee… de un espacio único; donde ellos se sujetan; se perdonan: sus infidelidades, sus olvidos.

_Estaré –dijo ella- como cada noche ¡contigo!

_Como cada noche -repitió él y colgó. Artl se puso de pie, antes de salir realizo un croquis mental. Subiría por esa calle rellena de adoquines para torcer a la tercera, ver el Obelisco de costado, y romper cada celda diminuta donde su pie se mojaría al contacto de la acera. Estaba comenzando a lloviznar, Buenos Aires cambiaba de cara, llenaba su barriga de melancolía y los tangos que cantaría -dentro de una hora- serian amargos, sensuales, llenos de apetito por amor y sexo.

“Casi una vida” –dijo, -y giro para entrar a su club.

 

4 de la madrugada

Para Artl desde hace días, noche si noche no, al salir del garito de Puerredon, 23 se marchaba con María R. Intentaba frenar ese deseo que le dominaba. Esos meses alrededor de la cama le ponía de los nervios. ¿Describirlo? Ni se atrevía, siempre comenzaba al abrir su puerta y atravesar la salita al lado del teléfono, apretándose los dos, el aparato por el suelo, luego abrazados mientras la ropa caía aquí o allá y esa traicionera curva de la pared antes de dar con la cama. Más de un día se disloco el hombro para pasar por el giro que tenía una repisa pequeña con la imagen de la virgen de Lujan y dos lucecillas que yacían por el suelo. ¿Y en la cama? Sexo, una manera de aferrarse a sus labios y dejar que le revisaran sus muslos, o su pirueta para zafarse y ver si sus senos tan duros y rectos le empujaban hacia atrás. Y ¡prisionero! Como se sentía al verlos tan turgentes y acechándole. No era capaz de confesar a ningún amigo que aquello tan repetitivo y animal acababa con una tableta de chocolate rozándole en los cantos, ¡los suyos! Y resistiéndose ante ese rasguño lento, pícaro que iniciaba María en su espalda y terminaba en una invitación ácida. Debía detener esta entrega nocturna. Debía alejarse un mes o más. Pensar que narices significaba este dejarse ir. Por ello busco en su departamento, un lápiz. ¡Estaba todo revuelto! Como si llevara una vida forzada de trabajo y sexo inclinado al delirio. Escribió:

¡Basta! En rojo. Luego garabateo: ¡descansemos!, agrego, quiero que en los próximos meses solo nos veamos en una casa del té. Té y masitas, doradas llenas de crema y mermelada. Y entre ambos… violentas miradas de deseo.

Te amo Artl

No hubo respuesta, Pasaron los días y llego una carta de dos líneas. Artl la dobló y la puso en una habitación vacía. Comenzó para él un calvario de escribir pequeñas misivas que guardaba en el cuarto.

 

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H Raz le visito un domingo. Como siempre fue hasta el cuarto y extrajo una hoja verde. Tan solo decía:

Me pides parar. Detener esta fuerza de la vida que es envolverme en ti hasta desfallecer. No, no, ¡no! María R.

_ ¿Qué es esto pregunto? H Raz, su amigo mantuvo un silencio durante un largo rato, luego dijo:

_Amigo H. Raz, si te asomas a la fuerza del amor este te avasalla hasta ser intolerable. Y… ¡eso ocurrió!  Ve y trae otra nota de otra habitación ¡por favor! H Raz regreso al cabo de unos minutos y al abrir la hoja cual sería su sorpresa, comenzó a leer una carta del gran Nicolino Loche.