by j re crivello

 “Los peldaños de mármol de una iglesia se perdían en el agua; sobre ellos, un mendigo acuchillado reafirmaba su miseria tendiendo el sombrero y mostrando el blanco de sus ojos como si fuera ciego. De pie ante su tenducho, un anticuario invitó a entrar al pasante con ademanes rastreros, esperando, sin duda, estafarlo. Ésa era Venecia, la bella equívoca y lisonjera, la ciudad mitad fábula y mitad trampa de forasteros” Fuente: Thomas Mann La muerte en Venecia pág. 105.

Las grandes ciudades nos atrapan en una atmosfera de incierto resultado. Es una calle, una vida que está comprometida, una señora de polvos blancos y crema en la cara, o aquella plaza que al sentarnos nos vacía de calor y nos repone su frescor. Por ello regresamos a ella, a sus vidas ajetreadas, al profundo estilo urbano que nos muele de frio o nos supone la cultura. Ni siquiera en la guerra desaparecen estas renovadas esencias.

Venecia es una de ellas, olvidada, metida en un traje de humedad y desequilibrio nos invita a su sueño. Cada cierto tiempo, un señor de traje doblado y bambas rojas compra un billete y le visita. Allí hay un cementerio antiguo, luego una cancela y una lápida con un nombre Iris P 1850/1893. Deja unas flores, reza una vieja canción y demora su partida media hora. No es nada siniestro, ni siquiera una amante. Le podríamos situar de manera breve, como una hermana que no le pudo acompañar. De lo que deducimos que esta visita anual es un frio misterio que terminara con la biología de su visitante. ¿Y luego? Iris P esperara una caja de chocolate o unas flores del siguiente de la zaga.

Los compromisos se mantienen en esta ciudad que es mitad fábula y mitad trampa de forasteros.


 

Anuncios