En esta serie (de tuits o escritos breves) que publicaré en los próximos días, participan los escritores Marlene Moleon, Frank Spoiler, Miguel Ángel Moreno, Carmen Villamarín, Julio G. Castillo, Carmen Cervera Tort, Olga Nuñez Miret,  J re crivello. Agradezco a todos ellos su confianza y participación.

 

Octubre tenía un don. Un don inconfesable. Le costó tiempo entender qué es lo que sucedía realmente; pero cuando descubrió la verdadera dimensión de lo que pasaba, por momentos, creyó que se había vuelto loco.

La prudencia e inseguridad le aconsejaron no mencionar lo que acababa de descubrir. ¿Qué podía hacer?, y ¿qué hacer con lo que había descubierto? Dio media vuelta en la cama acurrucándose. Decidió apartar los pensamientos que le acechaban e intentar descansar. Cada vez que se disponía a dormir, los personajes de sus historias desfilaban por su mente reclamando atención, sugiriendo, quejándose. En ocasiones, le atormentaban, de tal manera, que se veía obligado a levantar y escribir lo que le venía a la cabeza, dando así descanso y expresión a sus personajes y a sí mismo.

Desde niño escribía pequeños cuentos. Relatos que leía en aquellas tardes interminables de verano, mientras esperaba esa voz que ordenaba ir a lavar las manos para cenar. Era tal el interés que sus relatos despertaban en primos, hermanos y amigos que fue aficionándose cada vez más a crear historias con las que captar el interés de todos ellos. Se sentía protagonista en esos momentos en los que la atención de los oyentes era suya. Y, esa sensación, le gustaba.

En un principio fue una mera afición. Él mismo se sorprendió de que, cuando se ponía ante un papel, las palabras brotaran sin saber muy bien de dónde. Sin embargo, le fascinó el hecho de que una conjunción, una preposición abriera caminos que ni siquiera había reparado en ellos. Por lo que se sintió en completa libertad de crear mundos, hacer nacer, perecer, dar personalidad a sus personajes y… crear historias con ellos.

El don de Octubre consistía en el poder de sus palabras.

Sin saber ni cómo, ni por qué, esa noche, mientras corregía uno de sus textos, un extraño pensamiento acarició su mente. —No puedes decir eso, ¡corrige!—. Se sorprendió del comentario. Repasó el texto de nuevo y, efectivam-ente, encontró algo que consideró un error en «ese momento». En cualquier otro, no lo habría considerado un fallo; sin embargo…, ahora… No le dio mayor importancia, ya lo corregiría. Hasta que, más adelante, le sucedió algo aún más extraño.

Al mediodía se dispuso a trabajar de nuevo en su relato y, satisfecho con los párrafos escritos, olvidó el retoque pendiente y apagó el ordenador. Se dispuso a picar algo de comer. Bastaría con una hamburguesa que le esperaba en la cocina y algo de ensalada para después continuar con las correcciones. Encendió el televisor, en ese momento comenzaba el noticiario.

Disturbios, desfalcos, paro, homicidios, corrupción política; un sinfín de malas noticias que le hicieron pensar en voz alta.

—¡Es insultante! ¡Ni la más mínima información! ¿Cuándo recuperarán la dignidad? ¿Cuándo cumplirán con la obligación de informar? ¡Bastardos! ¡¡¡Sucesos y propaganda nada más!!!__Masculló.

A Octubre le preocupaba la situación de su país,  paro, hambre, destrucción de la dignidad de los trabajadores. Era crítico con la situación que se vivía. Un país mediterráneo, cálido, confortable, cuna de la  civilización y que, ahora, se veía sumido en la molicie de unos tiempos en los que la corrupción había tocado los cimientos de la estructura social. Le tocaba vivir una época en la que era difícil sustraerse a la atmósfera de desilusión que empañaba todo. Sin embargo, Octubre lo intentaba con todas sus fuerzas, y, en ocasiones, lo conseguía. Estaba convencido de que sucumbir al ambiente que se respiraba, además de no aportar soluciones, le haría ser uno más en el desencanto sin aportar solución alguna. Creía en sí mismo y en su capacidad de sobreponerse a la influencia de los tiempos.

Se levantó a apagar el aparato, como si de un exorcismo se tratara. En ese momento sonó el teléfono.

La voz al otro lado del teléfono sonaba metálica y lejana.

—Octubre destruye ese manuscrito. Todo está sucediendo tal y como has escrito ¡Destrúyelo!

Sin mediar palabra, dejó el auricular y volvió sobre el manuscrito. Sus ojos buscaron la corrección pendiente de la noche anterior:

El último día de octubre no hubo sonrisas. Solo desánimo e indignación cuando los diarios abrían su edición con el titular de una nueva desaceleración económica que, nuevamente, traería más paro, represión y violencia sorda a familias. Más negación, esclavitud y egoísmo.

Escribió:

El primer día de octubre amaneció soleado. La mueca que abatía el semblante de la ciudad se tornó en sonrisa.

Octubre, por fin, comprendió la utilidad de su don. La realidad sería como él decidiera. Su propia vida estaba en juego.

Volvió al inició del manuscrito, tachó el título:

La crisis de octubre

Escribió:

Octubre rojo

Encendió un cigarrillo y subió el volumen del reproductor de música. En ese momento sonaban las primeras notas de Va´ pensiero.

https://www.youtube.com/watch?v=u5V-xBVqjUc

 

Link obra de Carmen Villamarín 

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