by j re crivello

Olguín después del suceso de la tubería que daba un olor desabrido a su ventana, decidió subir hasta la parte más alta de la montaña, tenía la ilusión de cazar un gallo salvaje y hacerlo frito con una deliciosa salsa al estilo francés. En aquel espacio después de una fuerte subida el paisaje cambiaba y le recordaba a una selva tropical, con arboles altos y ríos de cascadas ligeras y suaves. Le intrigaba aquella comida de carne roja y dura de esos gallos, que decían producía resultados increíbles. Para ello busco una red, y una cuerda y escalo los tres kilómetros que le separaban. Una vez que salía del barrio y a medida que se acercaba, se podía ver un valle frondoso. Marcho casi una hora, pero sin resultados, hasta que en un descansillo rodeado de setas pudo ver un diablo emplumado de colores cobrizos. Sin pensárselo corrió tras el gallo un buen rato hasta que la red se engancho en unos espolones recios y peligrosos que rodeaban las patas. Atarle la soga y meterlo en un saco fue una tarea más sencilla. Ahora le quedaba el regreso, siempre lo hacía caminando por la única carretera encorvada y con miles de curvas, y con algunos controles de la  Policía de la Moral. El actual gobierno, al ver los resultados de la carne de estos animales y el riesgo de la desaparición de esta raza, decidió poner unos controles, que aunque poco efectivos, impedían que las gentes de la región se contaminaran –al comer gallos- de esa chusca manera de: entrar en un descalabro de sensaciones durante tres días.

Al llegar a su casa, puso una olla de agua caliente y muerto el gallo comenzó la rabia. Primero se cambio y se puso unos tejanos y una camiseta rumbosa. Al cabo de un rato,  saco el gallo del horno y se sirvió una pechuga y un muslo. Comió y repitió. ¡Pero no sentía nada! Aquel pasajero desinterés por la rutina, que todos los humanos arrastramos hasta nuestra muerte continuaba en su interior. Fue hasta el tocador de su lavabo y se miro en el espejo, de un mueble de madera amarilla y festones de diseño de Ikea. ¡Y… nada! Pero…

Solo pudo reaccionar, cuando se dio cuenta, pasadas unas horas vagaba por una carretera a la salida de Sitges. Venia de allí. Intuía que algún despelote le había producido este teñido de su cabello de tintes rojos y dorados, e intuía que en esos tres días los había pasado en el carnaval y le habían llevado a compartir con un amor musculado, que…  calzaba un calzoncillo estrecho con la bandera de los EEUU. Y… poco más. Tal vez fornicar sin descanso con ese hombretón en un piso singular al lado de la Playa de San Sebastián casi frente al Cementerio, no era un adecuado recuerdo para contar a sus familiares y amigos. Y todo… por comer una jugosa carne de gallo salvaje del barrio más alto de la periferia de Barcelona.

#La comida, si es abundante y cruel. Nos lleva a experiencias donde aparecen faunos traviesos#

 

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