Continuando con el acuerdo con la escritora Carmen Villamarín hoy publico un cuento para completar la serie, y… no es tan navideño. j ré

“Esta parte del país es rica en supersticiones locales y existe aquí una curiosa creencia acerca de los entierros. Se cree que la última persona enterrada está obligada a abastecer de agua a sus compañeros del cementerio, para saciar la terrible sed del purgatorio” (1)

Puro Parcial Fernández se asomó hasta el cementerio, opinaba que aquella vieja tradición era un invento que asolaba a la comarca desde hace años, pero ¿cómo podía descubrir aquel cuento?. Decidió que lo mejor era hacerse el muerto, cuando mucho le devolverían a la vida a la siguiente noche. Para ello fue hasta casa de un amigo, Pedro de los Compases que fabricaba ataúdes por cuenta de su padre los fines de semana y este le preparó un sistema para respirar durante dos días y un elevador potente que abriera y arrastrara todo lo que encontrara por encima suyo. “Y te agregaré una luz para evitar aquella sensación de muerte que se tiene allí dentro”. Aquel día preparo un bocadillo de salami y dejo sus ropas y una carta de despedida a su mujer la Gati, una hermosa mujer que cantaba por las mañanas óperas y cada noche si y no, se subía encima pidiéndole refriegas de amor a las cuales el cumplía sin preguntarse si estaba a gusto o no. Inclusive la Gati le invitaba cada sábado por la noche a un café bar a tomar unos vermuts nocturnos con ginebra que al llegar al tercero, regresaban y al entrar en su casa dejaban sus ropas desde el portal hasta la cama. Esas eran verdaderas escenas de sexo. Algunos domingos al levantarse y salir a la calle para recoger el periódico su vecino –el muy rata- le recordaba que desde la puerta para afuera habían dejado aquí o allá un jersey o una braga producto del arrebato. No tenían hijos, no lo deseaban pues la Gati siempre respondía con una letanía “cuando se calme el sexo criaremos una cabra gigante, le enseñaremos castellano y catalán y le apuntaremos a un club de futbol”. Pero los años pasaban y esa fiebre ardorosa estaba allí metida entre ambos, tal vez por eso deseaba darle un pequeño susto, se suicidaría de mentira, se metería en el ataúd y al día siguiente descubriría que aquella tradición de la comarca era una pura chapuza.

Y llegado el día todo fue de fábula, ella lloro a rabiar, a él le metieron dentro del ataúd, con su bocadillo de salami y vinieron sus parientes y amigos. En el cementerio le lloraron de nuevo, la tumba era en el suelo y le colocaron encima de tres cajas; la de un tío, un hermano fallecido joven y su padre QEPD. Se hizo de noche y encendió la luz. El silencio estaba roto por un viento violento que anunciaba tormenta. Estuvo pensando en su vida, en su pasado y en las alegrías temporales, cortas, sencillas. En cierto sentido hasta le atraía quedarse allí, en ese silencio, rodeado de muertos y cadáveres dotados de almas que se retiraban al desfallecer la naturaleza. Seria verdad lo de Platón, que anunciaba la transmigración de las almas y que cada reencarnación aumentaba el saber. Y… ¿si se asesinaba con el cuchillo que tenía en la bota? Tal vez regresaría más sabio. Pero no conocía a nadie que lo hubiera hecho y contado, tal como: “¡Ves, acabo de llegar desde allí y puedo ver lo que otros no intuyen!” No, era demasiado riesgo, tal vez tenía razón Nietzsche, quien afirmaba que esta vida era la auténtica y uno debía liberarse y auto fundarse y… masturbarse abundantemente, según relataba en su memorias, “Mi Hermana y yo”. Por ello decidió pasar la noche, primero se comió el bocadillo de salami y espero.

00:07 de la mañana

Se había quedado dormido y nada había pasado, ni le habían pedido que abasteciera de agua a los demás del camposanto, ni había sentido la sed del Purgatorio a lo sumo la sed que da el bocadillo de salami. Era hora de regresar al mundo de los vivos. Apretó el botón del elevador y este comenzó a empujar hasta hacer saltar la tierra y la lápida de cemento que aún no había fraguado. En dos minutos la luz del día le mostro el camposanto. Era una mañana fresca. Luego fue caminando hasta su casa, por el camino le miraban sorprendidos. Su vecino fue el primero en decirle:

_ ¿Has vuelto? Ya me parecía que esta vida te gustaba demasiado. Y entro a su casa por la ventana trasera. Unos gemidos venían desde su habitación, al abrir la puerta pudo ver a su mujer montada encima de un negro grande y feo. “La vida ya ha cambiado” –pensó-. Al girarse pudo escuchar muchas palabras de disculpa. Que si tal, que si no estabas, que si el luto es muy malo para el alma, que si estoy sin ti estoy con otro, que si te has ido no vendrás, que este negro entro anoche por la ventana y no me pude oponer. Puro Parcial Fernández bajo las escaleras en sentido contrario, salió a la calle y camino hasta el rio, metió sus pies en el agua y dijo tan solo una palabra:

¡Pendejadas! Luego se dejó llevar por la fuerte corriente que bajaba más allá de la Comarca pasando por delante del Cementerio. Y sin pensarlo nado hasta el Camposanto donde casi de noche comenzó de una manera mecánica a echar medio cubo de agua sobre las tumbas. Una vez terminada su tarea miro el reloj, sería la una de la madrugada, seco su móvil y llamo a su amigo Pedro de los Compases. Intento explicarse. Su amigo respondió:

_La Gati. Voy para allí.

Continuará después de Navidad…

Notas. The Gohst and the Bone-Setter. Joseph Sheridan Le Fanu, Pág. 5, Edic La Vanguardia Año 2007

(1)