by j re crivello

Fatwa, opinión o dictamen con valor legal, promulgada por un muftí, en respuesta a la pregunta formulada por un seglar sobre un punto de la sharia o ley islámica (cuya jurisprudencia secular se definiría como ley civil y religiosa). En términos técnicos el demandante seglar es conocido como mustafti (y su petición como istifta), mientras que la entrega de fatwa se llama ifta o futya. Para que su opinión sea válida, el muftí debe ser un reconocido mujtahid, es decir, un jurista cualificado para intentar alcanzar una solución razonada o deducida a problemas legales sin precedentes. Para los suníes, la opinión del muftí no es de obligatoriedad jurídica —a menos que haya un consenso de juristas sobre ello—. El demandante, por tanto, tiene derecho a consultar a otros muftíes su opinión sobre el mismo problema legal.

Desde el siglo XIX, sin embargo, en que el colectivo de los juristas chiitas en Irán se convirtió en clero de autoridad jerárquica, los fatwas de los juristas son obligatorios para cualquiera que se halle por debajo de la jerarquía, en otras palabras, tanto para laicos como para mulah (juristas menos eminentes) (1).

 

La llegada al poder del clero en algunos países musulmanes ha convertido al Estado en coautor de la ley religiosa. La separación entre libertad espiritual y ciudadana desaparece para subsumirme al dictado de la ley.

Ante lo dicho anteriormente, deberíamos entender que la epopeya histórica del libertino burgués descansa en un paraíso terrenal, en el cual no puede existir más violencia o coerción que las reglas del buen vivir. La esfera de la psique: sueños, deseos, angustias, obsesiones e inclusive vulgaridades, pasan a formar parte de lo privado. Es una parte de los derechos ciudadanos y la consideramos separados del poder estatal.

¿Por qué la reglamentación de esta religión –la musulmana, o la católica en la Edad Media, inciden con tanto esmero en la mujer? El dominio y control de la reproducción, como también la actividad que excede el ámbito privado, asume con respecto a este sexo, la paradoja de comportar el riesgo de la invisibilidad pública, la ausencia de ciudadanía y la subordinación a la identidad masculina.

No hay libertad en sentido cívico burgués, si no surge la visibilidad femenina.

Es su presencia con identidad y derechos, como diversa, para convertirse a posteriori en igual al ser masculino.

De iguales, pero entrecruzados se estimula la creatividad en Occidente. ¿Y en Oriente?

 

(1)Microsoft ® Encarta ® 2007. © 1993–2006 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.