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by j re crivello

Mohamed comenzó a caminar entre el barro que la lluvia había dejado en las ásperas aceras de Casablanca, el sendero irregular bajaba hasta el corazón de la urbe. Esta bella ciudad hablaba con desgarro de las diferencias entre los ricos y los pobres. Mohamed llevaba entre sus manos una descripción y un plano de la residencia del Rey para entregar a su contacto. La mayor fortuna personal del país debía desaparecer para dejar que el reino de la sharî’a trajera la libertad a su pueblo. Mohamed se detendría en el café de Omar a escasos metros de su destino final. Al llegar al café, y entrar, vio como los parroquianos animaban las salas. Se sentó en una mesa, los amplios salones de paredes blancas y columnas de torso redondeado se alargaban hasta el techo, para luego girar sobre sí. En este juego antiguo, creaban un semicírculo para volver a adherirse a la cerámica del suelo. Las mesas se apretaban en hilera contra un muro que dejaba ver el centro del edificio, en este espacio un hueco central se elevaba hacia arriba, mientras unas lámparas de casi cinco metros flotaban dando al recinto un aire cómplice. A Mohamed le encantaba observar cómo se intercalaban unas plantas altas, verdes, de hoja en serrucho que se abrían en imposible dialogo con los parroquianos. Desde esta posición, Mohamed divisaba la barra que en trayectoria ondulante corría muy cercana a las columnas, para su gusto, el jade y el mármol negro daban al establecimiento un aire moderno y clásico. Mohamed pensaba que este trozo de su mundo estaba alejado de los humildes habitantes de esta ciudad. El Islam debería liberar de la corrupción occidental este café, que para él era un sentimiento y permitir que volviera los ciudadanos de Casablanca. Se puso de pie, pago su café y al salir giro a la derecha. Dos tipos le seguían, debía encontrar la manera de quitárselos de encima.

El Imán se llevó su mano a la cabeza. Para Abdesalam Taimyya la plegaria del viernes era para hablar de los Libros sagrados. Él debía intentar hacer comprender el concepto de lo sagrado. Decidió discurrir en voz alta… es sagrado –con entonación mortecina y tenue- lo que, en primer lugar se vincula al orden trascendente, luego, posee un carácter de absoluta certeza y además escapa a la comprensión y al control del espíritu humano ordinario.

Ante la dificultad a la que se enfrentaba, intento ser más explícito construyendo un ejemplo en su interior. Hermanos, imaginemos un árbol cuyas hojas, no poseyendo ningún conocimiento directo de la raíz, discutieran sobre la cuestión de saber si ésta existe o no, o de cuál es su forma, en caso afirmativo; si entonces una voz procedente de la raíz pudiera decirles que ésta existe y que su forma es tal o cual, este mensaje sería sagrado. Para nosotros –continuó- el C-án es como la imagen de todo lo que el cerebro humano puede pensar y experimentar, y por este medio Dios agota la inquietud humana e infunde en el creyente el silencio, la serenidad y la paz. Hizo una pausa y respiro profundamente. Al detenerse y contemplar, el sentía que aquello que afirmaba vivía en su interior. Con cuidado forzó el siguiente argumento:

El «recuerdo de Dios» es como la respiración profunda en la soledad de la alta montaña: el aire matinal, cargado de la pureza de las nieves eternas, cuando nos dilata el pecho; éste se vuelve espacio y el cielo entra en el corazón. Hizo otra pausa y retomo el ánimo elevando la voz en la soledad de su cuarto, con viveza fue más allá diciéndose a sí mismo, con voz cargada de sentimiento “espirar es manifestar una fase creadora o cósmica y absorber el oxígeno… nuevamente es el retorno a Dios”.

Al regresar a… Dios surge la confirmación de que nos ha dado de antemano la existencia y con ella todas las cualidades y condiciones de nuestra vida. Al llegar a este punto la ansiedad le animaba a rematar su pensamiento. Pero, se hallaba indeciso ante los sucesos en que el Reino estaba inmerso. Las elecciones de pasado mañana, darían a su partido el poder. Esta manifestación de triunfo, significaba él, que debía estar de acuerdo con la opinión tantas veces expresada: “Dios no sólo es el Señor de los mundos, es también el Señor de su fin; Él los despliega, después los destruye. Nosotros, que estamos en la existencia, no podemos ignorar que toda existencia corre hacia su fin”.

Pero intuía que el triunfo electoral, ante esta tradicional exaltación, daría paso a una fría conciencia ante la nueva situación. En tan solo dos días debería administrar la ley moral de Allâh, la sharî’a, y la jurisdicción de los poderes, fiqh. Por primera vez, se encontraría entre la palabra de Allâh y la palabra humana. ¿Su espíritu se conmocionaría ante esta próxima disyuntiva? Agarro entre sus manos un libro rojo y dorado no demasiado grande, lo entreabrió y leyó en voz alta:

“Él les ordena el bien, él les prohíbe el mal” (VII, 157). El Corán

Jamal Ahmidan junto con su jefe entraron en el reino dos días antes de las elecciones. Llevaban con ellos el Trueno de Ala. La policía les había detectado pero en este sitio estaban a salvo. En su ánimo estaba presente la CIA, desconfiaban de su control sobre las llamadas de móviles. Jamal para la policía española era Jamal Abu Zaid, o Jamal Said Mounir, o Yuseef Doklmi, o Said Tlidni, o Redouan Aldekader, o Layari, u Otman el Gnauni, o Youssef ben Salah, o Yusef ben Salak, o Mustafa Mohamed Larbi. Miles de identidades que le conferían un aura especial. Pero su nombre de guerra era “el Chino”.

Él había escapado del piso de Lavapiés. Aquel en que murieron los del 11 M. Él era una de las cabezas de Al Qaeda. Él pensaba instalar el Trueno de Ala cuando el Reino cayera en manos del Islam. Se había quitado las gafas y se había dejado crecer un fino bigote que acentuaba su cara de corte discreto y occidental. La fría máquina de la guerra santa estaba de nuevo en marcha.

#Carecemos de certezas. El largo camino humano desde aquel árbol donde nos situábamos en África hasta la libertad que surge desde nuestro lenguaje siempre ha sufrido de restricciones, de pistolas, de religiones, de intolerantes. Carecemos de certezas. Solo nos guía nuestro afán de libertad#