by j re crivello

El Inspector Moravia estaba cansado, en su mano tenía la carta de la Generalitat que le apartaban a partir del próximo día que entrará el siguiente caso de asesinato, con fecha de las 00:07 de la mañana. Para su Jefe la explicación era sencilla “te han aplicado los recortes de personal”, pero el intuía que Fuentes le había dejado colgado y el político de turno de la nueva hornada de los nacionalistas de Izquierda “no quería ningún muerto por las calles”. Pero el de la Esquinica era su caso, el único que no había resuelto. En su cabeza daba vueltas el viaje a Costa Rica; el papel en la película porno junto a su ayudante Candela y Pepe Contreras; los dos amantes de Merche Ruiz, el tal Guerwin/Popeye y Gerardo Rios. Este último catalogado en sus archivos como: “el cadáver que cayó del cielo”, del cual aún conservaban en un lateral de la comisaria la fotografía de su pene inmenso y deformado. Pero también, en el Instituto de Conservación de cadáveres de Barcelona, el cuerpo del hermano de Gerardo Rios, quien por cierto era el verdadero asesinado en esta tragicomedia de enredos múltiples. Todos los indicios señalaban que se interpuso y fue desplazado al vacío cayendo en la céntrica calle Bailen. Muchos datos inconexos, pero todos daban con Merche Ruiz, del cual el tal Popeye y Gerardo Rios eran sus amantes. Y luego las notas del muerto que aparecían en lugares insólitos. Por ello decidió encaminarse de nuevo al centro del huracán: el Bar Toni.
Entro y se sentó al lado de la amplia ventana que daba a las calles de Bailen y Padre Claret. Hizo una llamada a Merche Ruiz y quedaron para verse en unos minutos. Esa mañana, su ayudante Candela, que era donde dormía la tal Merche no respondía a su móvil. Al preguntarle a Merche, ella respondió: “se fue a la peluquería, luego tenia cita con un amorsito que hace años que no ve”. Todo muy raro, intento que fuera un coche patrulla hasta la casa pero estaban desbordados por los asaltos a los cajeros automáticos que surgían como hongos en cada esquina de la ciudad. El político de turno “el que no quiere muertos en las calles”, si tendrá una explosión social como esto siga así –fue su conclusión apresurada–. Hacía calor y estaba harto, se desabrocho la corbata y el cuello de la camisa. A su mente vino el recuerdo de su época de policía joven, cuando le enviaban al Barrio Chino, donde las putas le morreaban para comprarle favores y se dejaba arrastrar hasta un apartado detrás de la calle Las Tapias. Eran años guarros e indecentes. De abandonar un franquismo deshilachado. Luego le trasladaron al Ensanche. Fueron las Olimpiadas y Barcelona estaba acelerada, la cocaína se cortaba con las tarjetas VISA en los lavabos de los bares del diseño. Y estos dos últimos, ya castigado por el político, le enviaban a casos raros, de seguimiento, de corrupción, o de pesquisas a rivales para destapar el 3% que se pagaban los dueños de la política. ¿O del Cartel? –exclamó en voz baja. Y este caso. Este en concreto, de un tipo aplastado contra el cemento, en un barrio donde se apiñan, los gitanos catalanes, los jóvenes sin trabajo y los neo-hippies de los años 70 que ya están de vuelta de todo. Pidió una cola con el doble de Whisky. Al diablo con la frase: “estoy de servicio”, hasta se desato los cordones de los zapatos, como Nadal cuando termina de jugar un partido de tenis. Alguien entro y pregunto por él. Toni el dueño le señalo. Merche Ruiz estaba de muy buen ver, para Moravia estas mujeres llenas de cierta carga animal le fascinaban.
–Hola
– ¿Quiere una copa? Hizo una señal y Toni trajo un whisky doble. Para Moravia, la blusa de Merche ajustada, de un rojo brillante marcaba círculos de atracción. Espió con diplomacia sus caderas, embutidas en una falda negra. ¿Y los zapatos? ¡Rojos!, de pico de aguja. Ella percibió su recorrido, pero no se molestó, inclusive preguntó mirando de soslayo:
– ¿Se desata los cordones como Nadal?
–Si
–Mi primo lo hace igual
– ¡Ah!
–En mi caso –continuo Merche– lo hago al llegar a casa, cuando estoy sola, me ataca la ansiedad y asalto la nevera.
– ¿Cada noche?
– Si… ¡estoy sola! Moravia recogió aquella mirada. Le traía recuerdos de aquellos años en que salía a bailar en las boîtes de moda y se agarraba a cualquier intuición o mirada salvaje para acabar malherido, o con una mueca de odio. Le vino a su memoria cuando se fue de noche con una de acento canario –la conoció en la rambla, en la parte baja donde el corazón tiembla ante tanto personal buscando compañía-. Y se fue hasta su apartamento, fue rápido, una refriega en el sofá del comedor hasta que se abrió una puerta y salió una mano musculosa con un preservativo diciendo: “no te olvides de esto”. Y regresó desde sus recuerdos a donde estaba, frente a la Merche para decir: “Es Ud. muy guapa… aparte de estar sola”.
–A veces, cambiamos de hombre y no aparece aquel deseado… que le reemplace.
–El muerto que vino del cielo, era… -pregunto el Inspector Marcos-.
–Un amigo. El hermano de Popeye, mi ex. ¿Le enterraron?
–No, le he visitado ayer –respondió Moravia para continuar–. Está en la nevera, tiene un tono azulado, me acerque hasta su nariz y…
– ¿Olía? –Pregunto La Merche-.
–Tal vez a alcohol o a un cierto perfume. Llevaba un tapón en uno de los orificios nasales. Llame al forense y con mucho esfuerzo le abrió para sacar algo. Y Moravia se detuvo. Se miraron. Toni sirvió dos copas. Nadie hablaba. Al retirarse el dueño del bar, Merche preguntó:
–Que tenía en aquel agujero.
–Un papel
– ¿Decía algo? –preguntó Merche. “¡Estoy cabreado!” –agrego el Inspector. La risa de Merche le llevo a escupir el whisky que acababa de beber. Para Moravia en cambio fue repasar miles de situaciones insólitas; pero ninguna que un muerto dejara sus emociones escritas en su nariz. Se detuvo en los labios carnosos de Merche. Bailaban, se rozaban y de vez en cuando dejaba ver una hilera de dientes brillantes. A veces, la lengua los regaba de izquierda a derecha. Ella pregunto:
– ¿Qué piensa?
–Que tal vez, el muerto intuía que aquello acabaría mal.
– ¿Se tiró de la terraza por amor? –dijo Merche. Había cambiado de lado y llevaba gafas oscuras pero insistía en quitárselas cada cinco minutos.
– ¿Ud.… también fue su amante? –preguntó Moravia
– ¿Soy su sospechosa? La pregunta de Merche fue ligera, parecía insinuar que aquel amante no era su amante, tan solo un planeador que cogió aire para ver el barrio desde el cielo.
–Siempre he pensado que Ud. era y es muy atractiva. Está en mi lista. Toni trajo el tercer whisky para ambos. Merche pregunto:
– ¿Nos levantaremos de aquí con tanta bebida? ¿O nos dejaremos caer? Sus ojos brillaban, para Moravia estaba en la recta final, debía dejarse llevar para ver si esa mujer era la asesina o tan solo un señuelo que molestaba y le distraía. Le quedaba poco tiempo, apenas entrara otro caso de asesinato estaría en la calle, por ello dijo:
– ¿Dónde vamos?
–Al mismo piso. Tengo la llave –respondió Merche.
–Estoy de servicio –rio Moravia de buena gana. Pero aquel no era buen recurso, regresar al domicilio del muerto después de tanto tiempo le recordó la frase tan a gusto de los guionistas de cine… el asesino regresa a la escena.
Al abrir la puerta, todo estaba igual. “¿De quién es el piso?” pregunto Moravia
–Mío –dijo ella–. Lo compre en una subasta. Me gusta la zona, pero aún no me he instalado. Al fondo, por donde entra tanto sol, da a la calle Bailen. En esa habitación hay un colchón en el suelo. Merche fue hasta la nevera y saco una botella de cerveza de litro. La abrió y ambos bebieron un trago de pie. Ella le tomo de la mano llevándole hasta el único sitio que entraba luz y presumía de existir un mueble. Al lado del colchón ambos se miraron. Merche le atrajo y repaso con su lengua cada espacio de su cara. Moravia incomodo dejaba hacer. El sol entraba creando una semi penumbra. Ella se desvistió. Y luego vacío sobre su cabeza la botella de cerveza. Aquello fue la salida, sonó como un ruido seco que les llevo hasta el colchón.
Despertaron a las tres de la madrugada, hacia frio, se abrigaron con una manta de color marrón. Moravia percibió que olía igual que el perfume del muerto de la tarde anterior. Y dijo:
–Es una manta bonita.
–Es mía. La deje aquí cuando compre el piso. Es mi preferida cuando veo la tele en el sillón de mi casa. Moravia se puso de pie, encendió un cigarrillo cerca de la ventana. Su calzoncillo por detrás colgaba desgarrado de una noche tan intensa.
Nota:
La Esquinica cap 13 Escrito en forma colectiva después de una comida con escritores Indies en mayo de 2014, con Josep Capsir, Mercedes Gallego, Juanjo Díaz Tubert, David Lucas, Frank spoiler, Isabel Mata Musick.

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