by j re crivello

Mientras esperaba a mi invitada, al abrir la caja, dentro pude encontrar un sinfín de imágenes de mi abuelo Juan con Evita y unas cartas atadas con un hilo azul de algodón. ¿Sería esta la confirmación de la historia entre ambos? Tal vez, mire en un lado, parecían sus diarios personales, di vueltas hasta topar con una descripción personal del 51 o del 52. En mi cabeza latía aquella frase de mi invitada, referidas a esta casa anclada en el 52: ¡Cuando murió Evita! Leí despacio, era la descripción de otra persona referida a una visita de Eva a la gasolinera.
El coche se detuvo impaciente delante del surtidor de gasolina. Era un Packard de 1949, negro, delgado, de ruedas anchas y cromado plata. Juan se acercó hasta el chofer, desde su interior se escuchó un gruñido:
_ ¡Llénalo! Juan quito la tapa del tanque y movió la palanca del surtidor hacia delante y atrás para bombear con fuerza un líquido espumoso y dorado. La gasolinera parecía un ala de avión abierta en dos; estaba situada en una esquina de la ruta 9 que unía las dos mitades del país. Había empleado en ella parte de sus ahorros y un préstamo de sus cuatro hermanos. La guerra que terminaba de desangrar a Europa era aun un murmullo. De repente el tipo antipático que hacía de chofer, salió del oscuro y embutido recinto poniéndose de pie. Le miro indeciso, pero se encamino hasta su lado.
_ ¿Podría hacerle un bistec con huevos fritos a la señora? –pregunto.
_Si.
_ ¿Dónde se lo servirá? La respuesta fue un leve movimiento de cabeza para señalar la puerta de la oficina-cocina. Juan acabaría de verter el gasóleo, yendo hasta la dichosa cita. En esa habitación tenía por costumbre guardar los papeles de sus cuentas, una mesa grande y aparatosa, varias sillas y un reloj de pared. En el lateral una cocina de hierro a leña le salvaba de las tardes largas y frías del invierno. Se lavó las manos y se puso a preparar la comida. Detrás, el ruido de la puerta le recordó que su clienta acababa de entrar. Pasados unos minutos se atrevió a darse vuelta. Una rubia de traje entallado, de finas rayas y un pañuelo alrededor del cuello le miraba.
_Hola –dijo ella. Hosco, pero nervioso se atrevió a sujetar una silla y arrastrarla dando a entender que ese era el sitio donde debía sentarse. Ella se acomodó con paciencia. Juan continuo con el trajín de sartenes un buen rato, hasta dar con un resultado mediano. La comida humeaba cuando se dio vuelta nuevamente en dirección a la mesa. Ella se había quitado el abrigo, el pañuelo y una blusa de color crema y recta le daba un toque de lujo. El situó dos platos encima de la mesa.
_Mi chofer no come –tercio su suave voz.
_Ya lo sé. He decidido acompañarle. ¿Por cierto Vd. es?
_Si. Voy de paso. En Córdoba me espera el gobernador.
_ ¡Ah! Él sirvió, luego tomo asiento y comenzaron a comer. Ella daba pequeños golpes con el tenedor en la loza. Era menuda y ágil. De cerca aparecía más guapa que en los mítines.
_ ¿Esta Ud. casado? –pregunto ella.
_Si. “¿Es italiano?”.
_Del Piamonte. “¿Le gusta nuestro país?”.
_Bastante. Por error había traducido literalmente de su italiano y olvidado el “mucho” expresión más normal en estas tierras. Ella le miraba directa. Él dedujo una incierta agitación interior.
_ ¿Le gusta esto de… ayudar a los pobres? –se atrevió a preguntar recorriendo con la vista su fina nariz
_Si, pero me cansa. El hastió y la soledad son mi droga. A veces envidio las tareas sencillas y directas como la suya. ¿Vd. qué piensa, que necesita nuestro país? –preguntó-, manteniéndose fiel a su pose política.
_Más cultura y menos líder engominado –respondió. “¿Se refiere al General?”. “Si” -dijo Juan.
_El poder –argumento Ella- desata el egoísmo y poco a poco los aduladores ocupan el gobierno. Ella se estiro un poco hacia atrás, la blusa se ajustó al borde de sus senos, dejaba ver una silueta firme pero atractiva. El silencio creó un vaho de complicidad, sin darse cuenta llevaba desabrochada el primer botón que amarraba su cuello. Apareció una piel tersa y clara. Juan mantuvo su posición. Se sentía incómodo ante el magnetismo de su comensal. Decidió preguntar, pues deducía que era su turno
_ ¿Por qué una mujer tan bella trabaja tanto? Una risa cristalina y una mirada picara cruzaron cual ráfaga cargada de fuego. Ella opto por ponerse de pie y recoger los platos. ¿Qué haces? –el uso del tu acelero el espacio que rodeaba este hangar del pasado o del presente que unía una ruta repetida y aburrida entre dos ciudades.
_Déjame. No sé qué es la rutina. Girandose un poco y mirando de una manera traslucida, ella insistió: tú, dices que soy una mujer bella, a veces pienso; ¡nada de esto me vale!… pues no soy fuerte. Mi debilidad es la de amar a un hombre. Abrió el grifo para dejar correr el líquido de forma tranquila, tal vez, buscaba que el tiempo se estirara. El imbécil del chofer golpeó en el cristal. Ella no hizo ni caso. Cansado regreso hacia el coche. Sin dejar de darle la espalda ella le pregunto: ¿Tú crees que una mujer puede ser feliz?
_Igual que un hombre –respondió Juan. Sabes, la felicidad es un deseo frágil, yo mismo estoy bien, pero a veces, siento que me falta algo. Ella se giró hacia él. No era muy alta. La sonrisa le iluminaba el rostro, como un pan grande, tierno y le dejaba salir de aquel encierro de poder y nausea.
_ ¿Cómo te llamas? “Juan”.
_ ¿Recuerdas algo de tu tierra?
_Las canciones antiguas. “¿Te gusta cantarlas?”. “Si”. Juan comenzó a entonar con desenvoltura y fuerza una estrofa:
_ Aspetlu pür pi nén
ca l’è mort sü la muntagna
Se me marì l’è mort
farò la penitenza
Andrò vestì di ner
tre dì la settimana
La cancioncilla hizo un vacío entre ambos. Ella volvió a sentarse nuevamente, pero acerco la silla casi medio metro. Juan percibía el olor a pastilla de jabón. Le arrebataba. Ella recorrió con la mirada su fino bigote, luego delineo aquella cabeza cuadrada y recta que coronaba una nariz larga y dura, para detenerse en los ojos claros, incrustados como dos esmeraldas que daban a aquel hombre un aire recio y adusto. El acabo de entonar un susurro de su melodía. Ella movió su cabeza aprobando y se atrevió a decir.
_Es una canción… ¿triste?
_Quizás. Habla de la espera ante la muerte del amante. ¿Por qué el pueblo te llama santa Evita? –inquirió Juan.
_Porque con mi esfuerzo y la ayuda de la Fundación, les permito que recuperen su dignidad –argumento-.
_La dignidad se consigue abriéndose camino –rebatió él. Con ello vas a crear una legión de aduladores que te abandonaran si aparece en ti la debilidad.
_Es posible. –Se le percibía tensa, ante su observación, levantando la voz, con cierta ronquera dijo-: pero yo estoy aquí y en este momento. Soy ¡única e irrepetible!… y ellos lo saben, para preguntar: ¿Nos volveremos a ver? La voz de Ella se hacía débil y tierna. La pregunta esperaba con ansiedad una tabla donde asirse, dentro de aquella vorágine política, que le consumía.
_Es difícil. –respondió mi abuelo, para proseguir. Tú eres de ellos. De él. Tú precio es estar en el recuerdo. Yo soy una página. Soy ese viento seco y mudo que muestra esa ventana. El corazón de ambos se percibía unido y en un palmo. Cerca y lejos, parecido al muérdago que aguanta solo en el muro durante años. Ella anudo su pañuelo y se puso de pie. Él le miro desde su silla.
_Vendré a verte –dijo-. Y comenzó a salir por la puerta, luego se escuchó el chasquido tras su marcha.
Mario Varem cerró el diario, estaba impresionado por el relato. Mother ¿conocería esta historia? Escucho el timbre, era su invitada, tenía deseos de verla, imaginaba una rica mujer alegre y desprovista de miedos. Se asomó a la ventana y miro hacia la calle. Gritó con fuerza a Silvia Lara mirando hacia abajo: ¡Voy!

Notas
#”Cuando serví el café [Eva] estaba encendida como en sus mejores tiempos. La mirada brillante en sus ojos oscuros. Hasta el calor del colorete parecía verdadero. Estaba sentada sobre la pierna doblada, en el sillón de cuero. Era una iluminada. […] Creí que a partir de allí se curaría. Daba la impresión de tener más fuerza que esos cuatro hombres juntos. Desgraciadamente se trataba sólo de su fuerza espiritual…” # (136). E Renzi, ver link: Santa Evita, entre el goce místico y el revolucionario Claudia Soria University of Southern California

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