by j re crivello

“Conservo viejos disquetes de 3,5 pulgadas que alojan archivos de texto escritos con un programa que ya no existe y que funcionaba con un Macintosh de 1986”, dice el consultor tecnológico Terry Kuny. Este archivista digital canadiense fue uno de los primeros en hablar de este tiempo como una posible edad digital oscura hace ya casi 20 años. “¿Qué opciones tengo de que yo, o cualquiera, pueda acceder a esos datos hoy? Incluso si consigo una vieja disquetera, conseguir el sistema operativo y los programas no sería nada fácil en la actualidad. (1)

Las familias poseen multitud de imágenes que han tomado en sus fiestas de compromiso. Al rebobinar esos recuerdos, los que eran pequeños han descubierto -con alivio- que el tiempo ha cambiado sus faldones por el compromiso y la sexualidad consentida.

Los testimonios gráficos han pasado por álbumes, cajas de zapatos, cajones de cómoda y hasta inclusive viejos almacenes de patio o trasteros. El tiempo conspira contra estos recuerdos, las cámaras digitales han introducido la censura por el afán de lo instantáneo y las gigas de memoria. Los baúles son un estorbo. Los trasteros se derrumban ante la prisa de la ciudad. Las familias se reducen y las abuelas o tías solteronas pasan a una galaxia desconocida.
Hace poco un amigo me invito a su casa y luego me llevo hasta su trastero, allí me tenía preparado un maletín con libros que deseaba dar de baja, es probable que al conocer que era escritor pensará que era el albacea adecuado. Aún hoy el maletín cerrado descansa en un rincón de nuestro estudio.
Al visitar hace años a la hermana de una de mis abuelas, esta me llevo junto a su hija, a un pueblo de Cuneo, de donde es originaria mi familia en la montaña a pocos kilómetros de Francia. Era una pequeña aldea en el corazón de los Alpes. Me mostró su casa y dentro un tesoro encantado escupió multitud de fotografías guardadas con sigilo, de toda la familia. Antes se fotografiaba a todos y las imágenes emprendían un largo camino en dirección a amores lejanos. El recio cartón daba fuerza y constancia al papel de la instantánea. Las mejores ropas de los miembros del clan atestiguaban una historia de sueños.

Aún –si se me permite- recuerdo que en una casa de patio grande, con gallinero al fondo y su oportuno grifo para los sedientos juegos del verano, vivían mi Nona y una Tía soltera. Ellas eran el depósito de la memoria. Al visitarles el olor a lejía y naftalina brotaba con esmero. Las pastas caseras eran el rito de la tarde junto con el repaso de las alianzas familiares.

La era digital rastrea aquellos recuerdos con afán, y los sintetiza en grandes plataformas clasificando sin cesar, pero ni ese sentido trabajo puede igualar al depósito de la memoria de estas incontables mujeres que poco a poco desaparecen al comienzo de este siglo.

Notas:
Dime, eterno fuego de la vida.
Salvaje,
Audaz, grosero.
Ven y muerde en mi boca
Esta sandia, de pulpa tierna y dulce (1)

Poesía maldita Vol II. Juan re-crivello

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