Para leer el fin de semana… a los seguidores de está historia… con Uds la parte b. j ré crivello

Con el regreso el 20 de junio del 1973, el General despertó el mito, habían pasado muchos años. Al llegar a Argentina, en el interior del avión el General preguntó:
_ ¿Dónde estamos?
_En la base de Morón –mi General.
_ ¿Por qué?
_En Ezeiza ha habido un tiroteo y hay muchos muertos y heridos -dijo Lopecito (4). El General frunció el ceño. Le acompañaron hasta una salita donde pasaría quince horas hasta ser trasladado a su Residencia. Una vez acomodado en un sillón, despacho con su ayudante. Este resumió los hechos:
_Mi General, han intentado los de la JP (6) copar el palco y hemos repelido el ataque. Hay muchos muertos. Debería Ud. hablarle al pueblo pidiendo calma.
_ ¿La gente ya se ha ido a su casa?
_Si, esta todo controlado. “Me parece que ha sido un retorno desafortunado”, fue el comentario del viejo líder.
_Mi General. ¡Perón vuelve! –insistirá Lopecito. Una sonrisa pícara escapo del Viejo. Su ojo más cerrado dio uno suave latigazo. Él sabía, que aquel gesto tan común, les vendía de cara a sus camaradas. Viéndole tan cerca, se observaba la piel de su cara, arrugada y antigua, la cual ponía en evidencia su fragilidad extrema. Fuera, en aquella compleja sociedad, un volcán la arrasaba. La mayoría poseía una imagen diferente del General, le presentaba como un líder dispuesto a reformar y establecer el paraíso en la tierra. Pero, desde su frustrado retorno de 1964, habían pasado muchos años. Él estaba acostumbrado a dirigir una sociedad plagada de mitos. Sus consignas “Perón cumple, Evita dignifica”, eran un recuerdo, o quizás una antigua mentira, sostenida durante sus gobiernos del periodo 43/55. Aunque en la realidad, su eje fuera un continuo intercambio de favores. Entre él y su pueblo. De las masas que accedían a ser ciudadanos, y del gobernante que exprimía un carisma. Él exigía un diálogo directo con la totalidad de la sociedad. Este encanto del ¡si padrecito! Del profano sentimiento de los descamisados. De quienes pensaban que su Dios residía en el Olimpo y podían acomodarle a sus íntimos deseos. Este sentimiento, ya se había roto. La sociedad que le esperaba al salir de Morón –aquel junio de 1973, era terca, estaba dividida y tenía una gran necesidad de cambio. Pero, el baño de sangre había comenzado.

“Nuestra decisión política era mostrarle a Perón un poderío de masas, de opinión pública, para decirle: “Vea, General, el proceso va por acá. No va por la vieja burocracia sindical. El proceso político argentino, éste que lo ha traído a usted, viene por esta base de masas, que es esta juventud que opina esto, que se organiza de esta forma y que tiene esta bandera”. Y por eso llevamos enormes banderas de 50 metros de largo que decían Montoneros. Era un hecho histórico y nosotros teníamos la voluntad política de dejar constancia de que había una dirección transformadora del proceso que estaban marcando las nuevas generaciones. Por eso movilizamos a toda la gente que pudimos del interior y de Buenos Aires. Hicimos el máximo esfuerzo de movilización con banderas claras. No había consignas. Simplemente la presencia. Yo creo que esto también sorprendió a los organizadores del acto. A veces pienso que la masacre no estaba premeditada. A lo mejor, así como para nosotros era absurdo pensar que hubiera una banda de mercenarios enquistada en el palco dispuesta a tirar, también para ellos habrá sido absurdo pensar que estos jovencitos pudieran copar el acto más grande de la historia argentina. Lo copamos. El acto más grande de la historia argentina fue un acto, no digo montonero, un acto peronista dominado políticamente por la expresión de los montoneros” Mario Firmenich, dirigente principal de Montoneros

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Llegue a Ezeiza muy temprano y deambule en busca de Lara. Aquello era una masa sincopada que se movía en varias direcciones. Al comenzar el tiroteo, escape corriendo por detrás del escenario y seguí la pista de un grupo de ambulancias. Sin plan previo me detuve en una zona de casas a baja altura y un militante me pidió le ayudara con una camilla. Entramos en una de las casas y estaba llena de heridos, sin tutor ni fe pude presenciar como detenían a varios y les golpeaban y torturaban para obtener información. “Son la gente de López Rega” dijo mi colega refiriéndose a los que detenían y torturaban. “Ven” –luego dijo y le seguí. Vomite en un lavabo, al reponerme la agitación era extrema. Mi colega lo resumió en una frase: “está cayendo mucha gente alrededor del palco, los Montos han querido copar el palco y los han repelido a tiros. ¡Ayúdame!”. Ambos cargamos a un grupo de heridos en una ambulancia, vi que estaban muy mal, subí delante con él y atravesamos la avenida que cortaba el descampado dejando detrás el escenario. La gente corría despavorida sin dirección, otros regresaban caminando a sus casas. Al llegar al hospital ayude a descargar a los heridos y me separe del grupo. Me sentía tan impactado por lo que terminaba de presenciar que vague sin rumbo hasta llegar a mi casa.

¿Dónde estaría Lara? A las tres horas recibí una llamada de Mother. Su voz ronca desde el otro lado del tubo dijo:
_ ¿Estás bien? ¿Estás ahí? Argumente que aquello se había transformado en un campo de batalla en el cual la gente corría como conejos. Su voz gruesa solo menciono.
_Ya ha llegado. El Mito es de carne y hueso. Pásate por casa, quiero hablar contigo, hijo. Y colgó, la vería después de diez años. Definitivamente aquellos días eran de regreso, apariciones mal convenidas y encuentros con el pasado que botaba sin remedio en nuestras almas. Me quite la camisa llena de sangre y los pantalones. Me puse ropa para estar en casa y subí hasta la tercera planta. Allí miré en las cosas del abuelo, un relato en su diario ponía “Buenos Aires: un Cadillac, un chiste y una partida de cartas”. Me dispuse a leerlo.

Subir a un Cadillac era la expresión del buen gusto. Creo recordar que fue alrededor de 1951. Era de noche y me habían invitado a una fiesta en la parte alta de Buenos Aires. La ciudad estaba en manos de los peronistas, pero el dinero y la corrupción vagaban sin vergüenza. En ese año los latidos del régimen se iban con Evita y la fiebre de dinero contagiaba a sus seguidores. Evita me envió el coche. Me recogieron a través de un amigo que frecuentaba los íntimos del poder. Su sugerencia estaba escrita en letra redonda del tarjetón que me entregaron el día anterior, decía: “atrévete es el fin, pero es delicioso participar del hundimiento”. Así que decidí ponerme un frac prestado y visitar una de las fiestas del régimen. Al llegar me dejaron en la puerta de un palacio revolucionario, digamos de aquellos que le habían quitado a la oligarquía y eran para el pueblo. Solo tuve que decir de parte de quien venía y me dejaron entrar, no sé como pero acabe jugando a las cartas en un salón forrado de papel verde limón. En la mesa estaban, Perón, de camisa blanca, sin corbata y un pantalón azul oscuro, llevaba unos zapatos relucientes como el nácar y al estar sentado a mi lado, su sonrisa brillaba más potente y fría. Debo confesar, que hablaba poco y no muy alto, a mi otro lado, estaba mi amigo, recio, de nariz extrema y traje cortado en color gris. Luego cerraba el círculo, otro señor de barriga grande y cara triste. Se jugaba al póker, en cada vuelta la apuesta subía y se esmeraba en saltar los topes. Yo me atreví hasta encontrar una salida a aquella samba de dinero y espesa irracionalidad. Pero, me entretuve en observar a quien tenía sentado por la izquierda. Perón se comportaba alegre y su espacio corporal se abalanzaba sobre la mesa si ganaba y se retraía al perder. Era un jugador nato, él sabía mentir, oculto detrás de una fachada espesa y desigual. A lo sumo se podían intuir sus verdaderas emociones.
La partida duró unas tres horas. Al final, los honores se los llevó mi amigo y el General. Antes de levantarnos pude observar que los ojos de Perón se perdían en un punto escaso y raro. Pude intuir que la rubia camarera, de bucles revueltos y tacones de color mora, casi al fondo había logrado que el juego cambiase de mesa. Comencé a ponerme de pie -intentaba salir del embrollo, pero una mano de Perón me detuvo. Era cálida y suave. Le miré. Él sonrió y dijo:
“¿Me hará Ud. el honor de que yo sea el primero?
“Ud. ya lo es –respondí”. Sus labios se quebraron, su mirada se desdibujo acida y malvada. Él respondió:
“No solo lo soy, debo parecerlo”. Y se puso de pie, para luego con su mirada invitar a todos a levantarse. Pero volvió a girar hacia mi lado, cambiando a su estilo seductor tradicional, para dar casi con mi hombro. En voz no muy alta pregunto: “¿le cuento un chiste?”. Asentí bajando la cabeza. Al comenzar a contarlo, recupero su posición central diciendo: “Iban un piloto y su ayudante en un avión, de repente este comenzó a tambalearse, el piloto le dijo al otro “ve y mira detrás que pasa. Al rato regresaría el ayudante. El vuelo del aparato se había normalizado, lo cual parecía confirmar el acierto en la gestión. Intrigado el piloto pregunto: “¿Qué has hecho?”.
“He abierto la puerta y les he dicho a los locos que se fueran a jugar al patio” –fue la respuesta.
Sonreí brevemente, mientras los demás seguían el juego de las máscaras del poder. Perón dirigiéndose a mi dijo: “en el avión yo soy el chofer y Ud. es quien manda a los locos a jugar al patio”. Y se despidió, cortés, pero esbozando su media sonrisa, atrevida pero simpática.
Antes de seguirle, mi amigo me dejó las llaves de su Cadillac. En dos palabras su consejo fue que lo utilizara los próximos días, incluida una entrevista al día siguiente con Evita No pude entender que sugería mi amigo, pero lo cumplí a rajatabla, usé dicho coche hasta que en 1955 un golpe de estado destituyo a Perón.
Ese chiste me ha perseguido durante años. Cada cierto tiempo modifico mi interpretación. Al día de hoy, creo que quiso decir varias cosas: que el avión es un juego relativo de poder y astucia; que mientras él estuviera al timón los secuaces deben cumplir sin preguntar; y que la sociedad carece de razón y debe ser dirigida desde un discurso creíble. Ante lo cual, irán donde se les mande.
Cerré el diario de mi abuelo. Y atendí una llamada de Lara, ya era muy tarde:
_ ¡Todo ha sido una mierda! Hay muchos muertos y heridos. Temía por ti. Llegaré a tu casa en dos horas. Te quiero, y colgó.

Notas:
La Masacre de Ezeiza es el nombre por el que se conoce al enfrentamiento entre organizaciones armadas irregulares peronistas que tuvo lugar el 20 de junio de 1973 en ocasión del regreso definitivo a la Argentina de Juan Domingo Perón, luego de casi 18 años de exilio. El 19 de junio unos 2000 integrantes del Comando de Organización, una agrupación de la derecha peronista, con armas, ocupó el Hogar Escuela Santa Teresa ubicado a unos 500 metros del puente El Trébol. Hombres armados del sector sindical ocuparon también el palco y sus inmediaciones, en tanto los movimientos se coordinaban a través de la red de comunicaciones del Automóvil Club Argentino. El propósito de este despliegue era el de evitar que las agrupaciones de izquierda cumplieran su propósito de copar las posiciones cercanas al palco desde el que hablaría Perón. Una estimación conservadora de algunos medios de prensa fija el saldo de la jornada en 13 muertos y 365 heridos si bien las cifras, puestas siempre en duda, nunca pudieron cotejarse por la ausencia de una investigación oficial (Fuente Wickipedia)
(1)Eva Perón. La biografía. A Dujovne Ortiz. El País Aguilar Año 1996
(2)El peronismo regresaría al poder 18 años después. Al entrar a una oficina gubernamental para realizar un trámite, aparecerían carteles tales como: “tenga paciencia, tenemos 18 años de atraso”.
(3)Memorias aún por contar. Juan re-crivello
(4) Sobrenombre despectivo que utilizaba Perón para López Rega, secretario personal, participe de la Logia P-2, ministro de Bienestar Social y fundador de la Triple A, que asesinaría en el período 1973/74 a 2.500 personas.
(6) Fracción de las Juventudes Peronistas afín a los Montoneros
Links:
http://es.wikipedia.org/wiki/Fundaci%C3%B3n_Eva_Per%C3%B3n
Visión propagandística del primer gobierno de Perón

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