Dos inspectores visitan la montaña más alta de Barcelona (un antiguo volcán apagado, el Tibidabo) les lleva hasta allí una serie de asesinatos en los cuales no hay más pista que un detritus de mierda depositado dentro de la taza de wáter de cada domicilio de un asesinato -j ré

Aunque parecía estar cerca, nos habíamos equivocado, eran varios kilómetros desde el centro de Barcelona. Al llegar a punto de la Diagonal, uno debía salirse de la autopista y una carretera comarcal trepaba por la montaña, el paisaje era de un verde intenso y expresivo. Pero esta zona no había sido devastada por la gran urbe, por algún motivo, o bien su carretera estrecha, o que la propiedad de los terrenos no se hubiera parcelado, o el extraño malhumor de sus habitantes. Llegamos a La Quebrada cerca de las diez, aunque era Barcelona parecíamos estar en otro mundo. Desde esa altura se veía la gran urbe y al final una lánguida espuma azul llena de agua que guardaba el Mediterráneo. Sus gentes, cuchicheaban en las aceras, luego pasaban por encima de la cerámica, un estropajo de hilos de lana embebido en keroseno, decían los lugareños que aquello avivaba el brillo, repelía el polvo y daba un aspecto de perfección ciudadana. Al mirar en dirección al volcán, a 10 Km de su cima, de su imperfecta barriga, se le veía más inmenso y temible. Un verde rico y proteínico nos envolvía y la tierra era negra y grumosa. Por lo demás, la actividad se resumía en tres bancos, un bar y una farmacia, los cuales eran sus mayores conquistas. Si enfermaban el medico les recetaba algo y se operaban en un pueblo del cinturón barcelonés, pero tenían pocos nacimientos y casi ningún muerto. Aquí no tenían referencia de ningún altercado desde hace años, aunque no eran hospitalarios y les precedía una cierta fama de gruñones.
–Jefe, ¿Nos presentamos en comisaria?
–No –respondió. Iremos al bar, allí preguntaremos sobre gente que suele ir muy seguido a Barcelona y les seleccionaremos poco a poco.
–Sabe –dije- algo me intriga
– ¿Qué? –pregunto él.
–Entrar al lavabo del bar y encontrarme con la mierda pegada en la base de la taza –dije mientras me descosía de la risa.
– Ves el bar –se dirigió a mí, señalando al otro lado de la calle y sin inmutarse de mis risotadas, dijo: Te espero allí, tu ve a la farmacia y compras un caja de Gelocatil, y como no quiere la cosa sacas conversación, por ejemplo, el tema de lo bonito que es vivir aquí, y si saben de alguien que vaya seguido hasta la ciudad y te pueda explicar las dificultades de la carretera. ¡Enróllate!

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–Hola, me pone una cerveza. Gálvez se apoyó en la barra, a esa hora los paisanos eran jubilados. El dueño, redondo y grueso le sirvió. El recinto era inmenso, de aquellos de pueblo donde se juega a las cartas o dados, se miran los partidos de futbol o se leen los periódicos. ¿Dónde estaría la información que buscaba? Miro al tabernero y pregunto: ¿Es Ud. de aquí? “Si” –respondió el otro mientras secaba un vaso girándole dentro de un trapo blanco y recio.
–Me imagino que, ¿debe ser difícil bajar, a trabajar o comprar a Barcelona con esa carretera tan desigual y peligrosa? “Si” –en cada respuesta pesaba el agrio talante y dejaba ver un lenguaje de miradas de contenido, hosco. ¿Hay mucha gente que lo hace? –insistió Gálvez. –Varios –dijo mientras reducía la humedad del cuarto vaso.
– ¿Ud. compra allí o aquí? –agrego, infatigable al desaliento, Gálvez.
–Yo no salgo de aquí. Aquel sistema no le permitía avanzar, lo dejo por imposible. Lo intento con los jubilados y las respuestas fueron las mismas, desproporcionadamente austeras. Al poco tiempo llego su ayudante y le confirmo lo que ya presentía, la farmacéutica dio una respuesta parecida: “bajan… varios”. Se les ocurrió una solución, apostarse en la carretera y tomar cada número de matrícula durante varios días y luego pedir en Barcelona las direcciones. Así lo hicieron. Al cabo de cuatro días tenían una lista de 15 personas. Su ayudante harto de la historia solo repetía: ¡joder con estos de la bosta! (1)
– ¿Con quién comenzar? –pregunté. El Inspector Gálvez tiro de un ganadero por intuición. Era quien vivía más arriba casi cerca de la entrada al volcán, decían con orgullo en el pueblo que estaba “a un centímetro de la muerte”. Llegaron allí hacia las 9. El volcán se estiraba produciendo un remanso en su ladera, lo que daba espacio para una granja de casi 2.000 cerdos. El tipo estaba solo. Su casa de las antiguas con piedra firme y una planta, le permitía una cocina salón y dos habitaciones. Hablamos largo rato, pero su vida parecía girar alrededor de producir, e ir a misa los domingos. Un camión le recogía el ganado cada tres meses y con los detritos generaba electricidad en una planta anexa que revendía a Endesa. Era todo un ejemplo de desarrollo rural. Le hubiéramos quitado de la lista, sino hubiera sido por una respuesta acalorada a una de mis intervenciones, en la cual dije: “¿no se siente solo en esta parte del mundo?”.
–No –respondió, siempre estoy acompañado por mis vírgenes (2).
– ¿Vírgenes?
– ¿Se las muestro? –Dijo mientras se ponía de pie. Ante lo cual sonreímos para ir detrás de él. Mi jefe estaba tieso y con cierta reticencia, fuimos hasta un cuarto delgado y feo, rectangular, pintado de blanco. Las paredes estaban cubiertas por imágenes piadosas de santas de la Iglesia católica. Ante mi desconocimiento del mundo mariano, él me fue relatando el nombre una a una. Se detuvo especialmente en la Virgen Del Carmen, de ella dijo:
–Se parece a todas, pero es diferente, aquella frase por el momento escapaba de mi disciplina mental. Nos despedimos y regresamos a la pensión para ordenar las ideas. Allí mi jefe puso un plástico resistente sobre la mesa, parecía un gel o un membrillo fresco –pensé ¡con lo que me gusta este dulce casero!, pero él dijo:
–Mientras tú te entretenías en escuchar bobadas, yo entre al wáter y extraje material desde el fondo, allí donde en este pueblo se pegan todas las cagadas. Era un poco de mierda para hacer una prueba de ADN. Al recibir el análisis del laboratorio –pensé- sabremos si coincide con las obtenidas en los diferentes asesinatos. Sera ¡un caso muy fácil! –dijo en voz alta Gálvez lleno de suficiencia. Ante lo cual que podía decir un joven inexperto, pero tenía mis dudas y esperaba entrevistar a alguno más de la lista.

Notas:
(1) Mierda
(2)• El Orden de las Vírgenes, con igual acierto y esperanza, se ha codificado esta forma.
• Definición: Forma de vida consagrada, que se acerca a las demás, en las que algunas mujeres fieles emiten el santo propósito de seguir a Cristo más de cerca, en virginidad, y, consagradas por el Obispo diocesano conforme al aprobado Rito litúrgico, se dedican al servicio de la Iglesia.
• Se acerca a las demás, porque sólo practican un consejo; pero éste resulta más exquisitamente dignificado en esta forma y más solemnizado litúrgicamente.
• Orden: Clase, corporación, coro, categoría… como cuerpo ciertamente organizado, no como los Anacoretas, a los que la patrística y la tradición no llaman jamás Orden.
• De las Vírgenes: Deben ser mujeres, y sólo mujeres, las que abracen esta forma de perfección, sin renunciar a su vida de familia. Otros requisitos son: 1) no ser viudas; 2) no haber vivido pública o manifiestamente en estado o condición contraria a la castidad; 3) que por su edad, prudencia y costumbres –según el consentimiento unánime de quienes la conocen- den garantías de perseverar en su propósito.
• Propósito santo: En la tradición más pura, patrística y monacal, es un compromiso muy cercano al voto, por el que abrazan públicamente tal estado de virginidad y son consagradas a Dios. No es una veleidad interior (¡el simple propósito!), , sino una voluntad comprometida, explícita y formal, expresada ante la Iglesia y por ésta recibida, con las notas de firmeza, eficacia, universalidad y perpetuidad.
• Son consagradas a Dios: La virgen solamente llega a consagrarse a sí misma en cuanto, antes y previamente, acepta la acción dinámica de la Iglesia, a través del Obispo diocesano. Mediante esta consagración se convierte en signo trascendente del amor entre Cristo y la Iglesia, en imagen escatológica de la Esposa celeste y de la vida futura.
• Según el aprobado Rito litúrgico: De extraordinaria belleza, densidad y articulación de significado. Comprende la convocación, homilía, interrogatorio, preces titánicas, emisión del propósito, consagración solemne en la que la Madre Iglesia solicita la abundante efusión de los dones del Espíritu, y la entrega de las insignias, velo, anillo, liturgia de las Horas, con lo que quedan místicamente desposadas con Cristo.
• El servicio a la Iglesia: Constituye su ocupación práctica y diaria. Sus funciones eclesiales de estado son la penitencia inherente a la virginidad, las obras de misericordia, la actividad apostólica, la oración santa.

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