by j re crivello Imagen de los zapatos de la Gran Duquesa
Como cada sábado regresan las aventura de D rockoosick por Rusia -j re

Al despertarme, luego de asearme, me despedí de mi amigo, me dejo una llave y me dijo dónde podía coger un taxi para llegar a la estación de tren. ¿Qué me esperaba en este largo viaje? Por primera vez no sentía como un deber llegar hasta el final del camino y visitar a María. Luego de días azarosos e imprevisibles, comprendía que dejarme llevar era una forma menos estéril de llegar a una dirección establecida. Abrí la libretilla del funcionario, tal vez tendría allí alguna clave para saber hacia dónde dirigirme. Leí una de sus últimas páginas, como buen judío estaba a merced del destino y pensaba que mirar el final del libro me libraba de las etapas intermedias. Cuando era pequeño, leí los protocolos de los Sabios de Sion y ese mundo soñado del Estado de Israel a veces era más fuerte que el real.
Está página estaba escrita en lápiz de color verde. El trazo era más inseguro y la curva de las letras o se montaba sobre la siguiente dando la impresión que la había escrito bajo mucha tensión:

“Brevedad
Recorremos nuestro destino desde la brevedad
Y del intenso deseo del amor
Ve detrás de aquella hoja… y deja te atrape”. (1)

En mi bolsillo sonó el pitido de un mensaje del móvil. Mire, O Lang estaba abajo en un Jeep. Agregaba: “nos vamos a Mongolia”. Mi corazón se alteró y agarre mis cosas para abandonar el piso. A llegar, le salude con un beso, lo cual me dejo ver aquello que no quise entender. Sus rasgos asiáticos ahora los asociaba a la Siberia que se unía a Mongolia. E intuí que no era china. ¿Hacia dónde vamos? –Pregunte
–Muy cerca de Ulaanbaatar –respondió. Una sonrisa limpia y fresca precedió a otra afirmación más directa, con la cual quede descolocado. ¿Quieres vivir… conmigo? Podría haber repasado mis años de tristeza y quizás era la primera vez que tenía delante, algo que no estaba en el guion. Los hombres somos menos pueriles cuando anotamos en nuestra hoja de ruta un símbolo femenino. Y sin pensármelo, dejando que escapara mis sentimientos de apertura, de cambio de final de una etapa, dije: “Si”

Ella sonrió, parecía que esta aventura tenía una etapa de aventura pero me sorprendía con un cambio. Luego ella me pregunto:
– ¿Llevas los papeles que te entrego Oleg en la biblioteca? Moví mi cabeza afirmativamente. Luego me explico que lo dejaríamos a mitad de camino en un templo dedicado al Buda, allí nos darían una cantidad de dinero por el pago a nuestros servicios, luego iríamos a un poblado cerca de Ulaanbaatar.
– ¿Ese es el final del trayecto? –pregunte intuyendo que algo se movía en otra dirección.
–Allí vive mi familia –dijo. La frontera con Mongolia está a 129 Km. Llegamos en casi hora y media. Era una llanura gélida y marrón del que sobresalían dos edificios de pizarra marrón y un aparcamiento. Nos detuvimos en un edificio de color azul y un techo blanco a dos aguas donde nos sellaron los pasaportes. Tomamos un café, era una mañana tranquila, al observarla, sus rasgos eran tan femeninos que contrastaban con esa gravedad al hablar y los acentos se sumaban a una voz que se quebraba de manera desigual. Esa forma gutural de expresar la vida era de la que me atraía y tal vez me había enamorado perdidamente. Veía en ella un contraste extremo, entre ingenuidad y sensualidad irreal. Vestía pantalones marrones claros y una chaqueta de cuero marrón oscura, de la Segunda Guerra, quizás, la marcaban como una mujer de acción. Pero sin esa envoltura latia una mujer dulce y tierna. ¿Debía confesarle que estaba loco? ¿Qué iría hasta el final del trayecto de una marisma, de un islote, de un barco a punto de encallar en un acantilado sin destino? Tal vez así era el amor –me pregunte- a sabiendas que mis relaciones anteriores fueron tímidas y suaves en comparación a este volcán.
– ¿Has consultado el librillo ese que llevas contigo? – pregunto O. Lang. Le leí la hoja que había mirado esta mañana y la frase: del intenso deseo de amor que aparecía en las últimas hojas le sorprendió, y su carcajada vino a confirmar nuestro camino común, solo agrego: Tú juegas con cartas marcadas y yo debo intuir lo que vendrá. Quise decir que aquello era pólvora y que no consultaba la libretilla del funcionario más que en contadas veces, que temía al futuro y siempre había sido muy cobarde, hasta dejarme llevar en esta aventura en Mongolia. Un país de grandes planicies arrugadas, las cuales nos miran antes de estallar, pero se resuelven en unas ondulaciones sucesivas. Era una manera de ver el mundo construido en suaves intentos de comenzar, para detenerse y vuelta a estirarse. Ella fumó un cigarrillo y miro el reloj –y luego dijo:

–Dentro de cuatro horas estaremos en Altanbulag, Töv, Mongolia. Alli haremos la entrega.

Al llegar al monasterio tenía una parte separada con un minarete central, que acababa en una zona pintada superior de azul, de frente aparecía un borde interior negro que era el ojo de Buda. Nos recibió un monje solitario, una vez hecha las salutaciones al Dios, entramos en una habitación con un gran olor a anís. O. Lang entrego los papeles del diseño de ordenador y él nos dio un maletín. Al salir de allí pregunte lo que llevaba dentro. Su mirada se transformó a una suave intencionalidad, como aquellos que al acabar su trabajo están satisfechos y dispuestos a disfrutar. Me explico que llevaba 5 millones de dólares, una parte lo entregaríamos a su pueblo que estaba muy cerca de allí, para que nos protegieran y de lo otro podíamos disponer nosotros. Sonreí. Aquello me recordó un libro muy antiguo de los Viajes de Marco Polo, hablaba del Gengis Khan, y describía que había muerto en alguna de estas montañas en el asedio del castillo de Thaigin. Y pregunte:
– ¿La tumba de Gengis Khan está cerca? Ella comprendió que había acuerdo en qué hacer con ese dinero y dijo:
–Mi clan desciende del Khan. Ves aquellas montañas a lo lejos, en una de ellas está el cementerio familiar, allí dicen que fue enterrado Gengis Khan. ¿Qué te apetece hacer?
– ¿Dónde dejaremos eso?
–El dinero lo entregaremos a un kilómetro de aquí. El clan lo pondrá en un sitio seguro, cada tanto podemos pedir lo que necesitemos y nos lo entregaran. Observo en mí una cierta sorpresa y por ello agrego. En Mongolia funcionamos así. Lo cual cambio definitivamente mi forma de ser. Estaba en un país construido sobre una estructura de clanes en la cual se protegían sucesivamente durante años y la vida en este contexto transcurría tranquilamente.
– ¿Podemos ir a un bar? –Pregunte y agregue ante tanta sorpresa inicial- ¿Dónde viviremos?
–Te apetece… ¿en Ulaanbaatar? –pregunto ella. Respondí afirmativamente. La entrega del dinero fue en un campo abierto, la llanura se extendía hasta las montañas donde estaba enterrado el Khan. En este espacio me informaron que el clan hacia sus ceremonias. Las tiendas no llegarían a veinte. Entramos en una de ellas, donde cinco ancianos sentados en semicírculo, cantaron una canción larga y con giros de la voz que subían y bajaban en intensidad. Luego nos invitaron a beber una infusión y un ayudante nos puso dos pulseras. Estaban tejidas de crin de camello y con dos colores diferentes. Deduje que eran las llaves del dinero entregado. Ella me lo explico en una pausa de la ceremonia, las pulseras respondían según sus entrelazamientos a los pactos establecidos, las deudas y los compromisos con el clan. Siempre había uno que era quien lo leía e interpretaba y no podía ser discutido ni rechazado por ninguna de las partes. Y mi sorpresa fue en aumento al ver que quien hacía de juez era una mujer. Antes de salir, el jefe mirándome, dijo en un apretado y suelto ruso:
–Ahora estáis juntos, del crepúsculo hasta el alba. Al salir una vez dentro del Jeep, mirándole, le pregunte: “¿Y ahora?”
–Iremos al bar, es un sitio en una carretera que está cerca de Ulaanbaatar, esta medio perdido, le llaman Ider Gol restaurant y escribió las coordenadas en el localizador 47° 54′ 32.12″ N 105° 35′ 17.61″
Y nos pusimos en marcha.

Nota del autor.
Aquí termina la historia. Puede Ud. pulsar en las coordenadas e ir hasta ese Bar y… a lo mejor escribo algún capítulo más. Un abrazo j re crivello He puesto en link de las coordenadas sino hay lio http://www.panoramio.com/photo/17573526
(1) La libretilla del funcionario. Libro de j re crivello no publicado

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