by j re crivello

Ayer tuve la visita de un amigo. Y a veces cuando uno ve una separación entre dos tal vez le surge esta espléndida expresión argentina que se puede aplicar también a los hombres. Furia, odio, tropecientos sinónimos del alma referidos a lo que ella o él no hacen ni hacían y por ello el acuerdo de amor, sexo y pan se fue ¡al Carajo!

Y en esto no hay conejos en la chistera, a lo máximo excelentes coachs (entre ellos mi amada mujer) que saben inducir con el dialogo hacia nuevos territorios donde la rubia oxigenada o el señor del bigotito nos alegraran nuevas noches sin necesitar más que ese raro coctel de hormonas.

Y los niños aprenderán a ser normales. Hace 40 años cuando se separaron mis padres aquello era un drama. Ni existían coachs, ni partituras y la moral cristiana hacia un ruido indeseable. De culpas, de mierdas antiguas que guardamos para explicar la familia, el sexo… o las redondas pelotas que los hombres llevamos debajo de… allí. Ahora si preguntas en una clase hasta el 60 % de los niños son anormales (de familias separadas)
Nadie aguanta ¡ni al perro! Ni soporta ¡el ruido del pizzero cuando le corta la ración de pizza! Vivimos una sociedad de grandes individuos que se reclinan en el sofá para dominar el mando de la tele y no dejar que nadie lo sepa, que ese programa es nuestro ¡nuestro!

Pero… necesitamos el refugio de sed y calor, de manos de cariño prestadas, de terrones del azúcar raro y escondido entre las sabanas.

#¡Matala, che!#

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