“Gracias, Juan. Te debo un crimen”. Este fue el mensaje dejado por la escritora Mercedes Gallego en mi Face. Hoy presento su texto y mañana en mi caso volveré sobre este tema, las redes y sus mentirillas. Buen Lunes amigos, -j ré.

La gente me miraba extrañada. Empecé a notar que se apartaban de mí como si fuese una apestada. Yo no entendía lo que pasaba, pero comenzaba a preocuparme. En ese momento me hallaba en la cola de la frutería, con una decena de personas detrás de mí y por fin me tocó el turno.
―Buenos días, Emilio. Haga el favor de ponerme un kilo de peras ―el frutero me miró extrañado y mientras iba poniendo la fruta en una bolsa, le sugerí:
―Si no le importa, añada esta ―señalé una alargada y sonrosada que me había llamado desde que la vi.
En ese momento, la persona que estaba detrás en la cola se alejó temerosa. La vi cuchichear algo con la que la precedía y ambas, tomaron distancia.
Así continué haciendo mi pedido y cuando me despedí del frutero con un «buenos días, Emilio, que tenga usted una buena jornada», pude percatarme de que ya no quedaba nadie en el puesto. Las parroquianas se habían marchado.
La señora que venía a mi casa a limpiar, también se despidió una mañana cuando estábamos en plena faena de limpieza general. No entiendo qué paso. Lo cierto es que íbamos a descolgar una cortina y le advertí que tuviera cuidado de no caerse, que lo dejase, que lo haría yo.
Mis hijos me miraban como una apestada, y eso que ya no les gritaba ni afeaba su falta de participación en las tareas de la casa. Les pedí por favor que me explicasen qué les pasaba y noté como se miraron entre sí, dándose media vuelta sin contestarme, al tiempo que me dejaban sola. Lo peor fue cuando mi marido me pidió el divorcio. Ahí sí que me desmoroné y entré en un estado de apatía del que no podía salir. Entonces decidí pedir hora con un psiquiatra, muy buen profesional, por cierto, porque con una sola sesión solucionó mi problema.
La primera pregunta que me hizo me desconcertó.
―Es usted adicta a Facebook ―inquirió cuando le conté lo que me sucedía.
Yo no comprendía que tenía que ver lo uno con lo otro, pero le respondí.
―Sí. Paso todo mi tiempo libre conectada.
―¿Cuántas horas?
Ahí me quedé pensativa calculando mis ratos libres; dos horas por la mañana, una más después de comer, otras dos cuando terminaba de recoger la cocina, otra más después de merendar, y claro, hasta preparar la cena, otro par de horas no me las quitaba nadie.
Cuando obtuvo la información que necesitaba me aclaró lo que sucedía y entonces comprendí que me había contaminado por pasar tantas horas en el espacio virtual. Seguí sus consejos y, aunque me costó, mi vida recuperó poco a poco la normalidad. Lo noté enseguida. Yo diría que en el primer contacto con mi rutina diaria, en el frutero.
―Oye tú, Emilio. Dame un kilo de peras y no me pongas las de abajo, joder, que luego me salen podridas. Quiero esas ―señalé a las que estaba colocadas encima.
La cola que me precedía hizo piña conmigo y me sentí respaldada, acompañada como hacía tiempo no lo estaba. La confirmación a mi error vino cuando entró una nueva mujer de hacer faenas a mi casa. La recibí advirtiéndole que si se cargaba algo se lo descontaba del sueldo y que tuviera cuidado al descolgar las cortinas para lavarlas, que si se caía por inútil, no pensaba hacerme cargo de sus lesiones. Pero lo mejor llegó cuando mis hijos me preguntaron si podían pasar el fin de semana fuera. Ahí sí que me di cuenta hasta que punto estaba equivocada con mi antigua actitud. Naturalmente les dije que no. Que no estaba yo para mantener vagos, que si querían salir que se ganasen el dinero porque yo no pensaba darles nada.
La felicidad completa llegó cuando mi marido se acercó solícito a pedirme perdón y que retiraba su demanda de divorcio. Ahí sí me puse hecha una fiera.
―¡Y una mierda! ―le respondí―. Eso hay que ganárselo. De momento, ya me estás invitando a cenar en un lugar romántico y caro, sobre todo, caro. Luego, ya veremos.
Tres meses hace ya desde mi visita al psiquiatra. No os podéis imaginar lo agradecida que le estoy. Lo malo es que casi no tengo amigos en Facebook, porque lo que yo no sé, ni sabré nunca, es tener un comportamiento distinto la vida y en la red. Ahora soy yo y me he dado cuenta de que tanto «gracias, me gusta, no te preocupes, comparto tu preciosa foto…», casi me había llevado a la ruina moral. Mi yo se desdobló de tal manera que la vida se convirtió en un enorme chat que no entendía de hipocresías ni halagos, de buenas maneras y mieles. Menos mal que rectifiqué a tiempo, porque casi me quedo sola.

Obra de Mercedes Gallego

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