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by j re crivello

A veces describimos unas colinas verdes y suaves paisajes, pero olvidamos maquinas infernales que se esconden bajo la tierra. Allí están sosteniendo una civilización que vive encadenada a situaciones mediocres que los Mass Media aumentan. A veces en este destierro la cultura es entendida como un manierismo de imbéciles dispuestos a hablar entre sí: de guerra, de política, de economía o de cabos de bigotito bajo la nariz que asaltaron el poder a mediados del siglo pasado. Pero todo se ha vuelto más rustico, los triciclos se rompen al primer toque y la fiesta artesanal que es la familia ha pasado a un remojón de cartulinas, tales como: “yo traigo el vino”; “yo pongo la cerveza” y “yo compro la Mona o el pastel” Y… si este escritor, hoy les habla con un deje negativo… a sus lectores/amigos, y a ellos les asalta la duda si estará a punto de estrenar la pistola cargada de pólvora. Pero a veces la vida es terrible y austera, como por ejemplo, un hecho ocurrido hace 40 años, que traigo a vosotros:

R Pascal se cruzó con ella en un campo grande al lado de la vía del ferrocarril. Ese paramo era gris, lleno de señales del futuro. Y su mujer le dijo, una señora rubia, delgada, con algún estilo afrancesado, de rizos, ojos claros y un peinado cortado al estilo garçon:

_Me voy esta tarde a vivir con otro. En su mano llevaba una carta no muy grande. Un garabato de su amante, quien le invitaba a su amada a desistir de esa vida llena de ventajas económicas pero ausente de glamour. Los Pascal (familia por parte de madre, de este escritor, de origen judío) a veces se disecaban durante horas, otras asumían que la larga carrera venida de Europa se consumía en América cuando los tallos de la tarde se ondulan. Les mece la fuerza del viento de La Pampa. Pero nuestra pareja continúo toda la tarde y noche la discusión en su casa. Una vivienda con patio, y una acera cargada de espacio y un árbol frondoso y dejado en ese lado por ser del Norte y prestarse a repetir aquella máxima: viento del Norte que altera la razón. Hacia las nueve ella se marchó, solo una blusa y una falda en tonos pastel y un bolso cargado de algún recuerdo, dos fotos, un pañuelo bordado de su madre y una estampita regalo de su suegra. A las 9 y tres minutos un sonido seco rompió la cena de los vecinos. El suicidio tuvo un velatorio ligero. Y, el cura La Visca acepto incluirle en el viaje al cielo aunque estaba prohibido atentar contra uno mismo.

Luego, en un paseo sin sentido que duro años alguno se preguntaría ¿Por qué hay familias que cultivan la muerte?

No hubo respuesta, Pascal mayor, el que dominaba la ciudadela de la familia, guardo para sí la pregunta. En una caja de metal, con la foto del hermano y la ha abierto muy de tanto en tanto. Y en su interior nos parece ver flotar una nube blanca. Debo confesar que una vez asistí a ese rito. A un primo no le puede uno negar un paseo corto por sus recuerdos. Nosotros, los demás, los que se quedan, hemos expiado esa muerte con el verdor que da el camino cuando uno decide matar su aburrimiento. Pero… aún no damos cumplida la respuesta. Y esa desaparición crece ocupando un espacio con tanta fuerza como los días de Semana Santa.

Notas:
Hace un tiempo asistí a un proceso terapéutico. Una de las señoras que salió al centro de la terapia, hablaba de los deudos que cuidaba. Eran todos los suicidas de la familia que se remontaban hasta la Guerra civil.

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