Esta semana colaboran en el blog, Mayte Esteban con su análisis de “La evolución del Libro”; Manuel Navarro Seva en “Por qué leemos”, Javier Revolo nos refiere al “El nuevo lector” y j re crivello destaca el papel de los influencer en: Yo soy Influencer ¿y tú? Cuatro miradas diferentes referidas a un cambio de paradigma, pasar de una sociedad de lectura escrita y hábitos memorísticos a otra digital y “surfera en los conocimientos”. la imagen es de Fornasetti

By Mayte Esteban
Con la llegada del buen tiempo nos animamos a salir a la calle. Los libros también se apuntan. Es el momento en el que proliferan las ferias, como la de Madrid, que este año llega a su edición número 74 en el parque del Retiro. Durante unos días, el paseo de los coches se llenará de gente deseosa de comprar (bueno, eso espero) las novedades, y de ver en persona a sus autores favoritos y, por qué no, a cuanto personaje mediático haya publicado este año.
Al acordarme de esto, me he puesto a pensar en un artículo que escribí hace años sobre lo que han evolucionado los soportes de escritura a lo largo de la Historia. No ha sido poco. El ser humano siempre ha tenido la necesidad de plasmar de algún modo pensamientos, contabilidades o registros. Unos 30.000 años antes de Cristo se usaron ya el hueso, la piedra o la madera como soportes para registrar marcas que pueden ser consideradas los primeros intentos de escritura. Ésta, sin embargo, no aparece hasta mucho después, en la antigua Mesopotamia, 5.000 años antes de Cristo. Se conservan de entonces unas tablillas de arcilla escritas en cuneiforme, de las cuales cuentan que se volvieron inútiles para reutilizarlas después de un incendio y fue precisamente por eso por lo que han llegado hasta nuestros días.
No es hasta dos mil años después cuando, los egipcios, empiezan a usar el papiro, obtenido de la planta egipcia llamada Cyperus Papyrus. La biblioteca de Alejandría, aquella que se perdió, fundada por Ptolomeo en el siglo II recogió así las obras más importantes de la literatura griega escritas hasta entonces.
En la Edad Media, en Europa, también se tuvo interés en conservar y difundir la cultura; en pergaminos se copiaban a mano textos en los monasterios, pero no es hasta el siglo XII cuando el libro empieza a circular en ámbitos laicos, como las universidades. El libro se convierte en un objeto intelectual, con prestigio e importancia, pero con escasa difusión, por lo costoso que resultaba copiarlos y lo caro que era el pergamino. A partir del siglo XV, a través de la influencia de la cultura árabe, los pergaminos se sustituyen por papel, y se empiezan a producir grandes avances, debido sobre todo a la invención de la imprenta por Gutenberg.
La sociedad demanda libros y este nuevo invento permite la reproducción rápida y mucho más barata. En pocos años, este invento alemán se extiende por el mundo es la causa, no sólo de la expansión de conocimientos sino también de los importantísimos descubrimientos geográficos, avances médicos, pensamientos filosóficos que se derivan de la lectura de textos que nos acercan, por primera vez, a otras visiones del mundo.
Los avances en la impresión se producen desde este momento de un modo imparable pero no es hasta finales del siglo XX cuando, con la nueva tecnología digital, se consigue que los libros tengan un empuje imparable que hace que, hoy en día, sea casi imposible calcular cuántos libros se publican diariamente. A la publicación tradicional, con editoriales que se ocupan de la producción y la difusión de los textos, hay que sumarle internet, un mundo en progreso constante en el que las cifras marean.
Hoy en día también el soporte ha cambiado de manera radical. A los tradicionales libros en papel hay que sumarle los e-books o libros digitales, libros escritos en un soporte informático que pueden ser leídos en un ordenador o en lectores digitales del tamaño de un libro de bolsillo. Las ventajas e inconvenientes de una u otra manera de lectura han sido analizadas hasta la saciedad, pero lo cierto de todo esto es que ambos formatos, en el siglo XXI, conviven y se complementan, de manera que es difícil encontrar ya libros que se publiquen en un solo formato.
Y, paradójicamente, todavía me encuentro a gente que dice que no leemos.

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