Esta semana colaboran en el blog, Mayte Esteban con su análisis de “La evolución del Libro”; Manuel Navarro Seva en “Por qué leemos”, Javier Revolo nos refiere al “El nuevo lector” y j re crivello destaca el papel de los influencer en: Yo soy Influencer ¿y tú? Cuatro miradas diferentes referidas a un cambio de paradigma, pasar de una sociedad de lectura escrita y hábitos memorísticos a otra digital y “surfera en los conocimientos”.

By Javier Revolo

El nuevo lector no es alguien que necesariamente recién se incorpora al mundo de las letras impresas y comienza a leer. El nuevo lector puede ser también aquel que se ha pasado la vida leyendo y que parecía
tener costumbres sólidamente establecidas en este terreno. En la mayoría de los casos, el nuevo lector es una combinación, una mezcla de dos tipos de lectura que ahora conviven.

Algunas de las causas para este cambio en el modo de lectura son las pantallas, los distintos dispositivos electrónicos que poseemos para leer, básicamente, en la red, así como la enorme cantidad de información, su fácil accesibilidad y su atractiva presentación.

El mercado global de venta de libros en librerías -y otros lugares que comercializan libros- ha caído los últimos años. Algunos analistas son optimistas al señalar que se debe a que ahora se vende más por
Internet, al crecimiento de los Ebooks, etc., y digo optimistas porque ellos atribuyen la caída en las ventas a un cambio en el comportamiento de los compradores de libros, más que una huida del gusto por leer libros.

También cabe la posibilidad, al menos aquí en Australia, que nos hayamos infectado con la enfermedad norteamericana. En USA la venta de libros -la de Ebooks y libros de papel- viene cayendo desde hace una década.
En gran parte esto se debe, según analistas, a que los conceptos sobre trabajo y ocio están cambiando. La profusa presencia de los ordenadores en la vida en general ha cambiado nuestra forma de relacionarnos con la lectura, entre otras cosas. La concentrada atención que requiere la “lectura lineal” (en contraposición a
la lectura, vamos a llamarla “simultánea”) se está perdiendo.
Sabemos que la concentración y la comprensión de lectura están íntimamente relacionadas. Pues bien, este tipo de lectura es cada día menos frecuente. La lectura simultánea -que antes también se
efectuaba en las consultas a enciclopedias, por ejemplo- son las que dominan el mundo de la lectura en el presente. Un poco aquí, otro poco de allá. Esto, para aquellos que publican libros, sobretodo de ficción, es preocupante.

En su libro “Shallows: how the Internet is changing the way we think, read and remember” (“Aguas poco profundas: cómo Internet está cambiando nuestra forma de pensar, leer y recordar”) el periodista
norteamericano, Nicholas Carr, dice: “antes era un submarinista en el océano de las palabras, ahora solo me deslizo sobre la superficie como con un Jet Ski”. La razón, sospecha Carr, es el alto nivel de conectividad del mundo “on line”, tanto para su trabajo como para la mayor parte de actividades que requieran información de la red.
Por otra parte, este tipo de lectura, dice, crea un tipo de persona que él llama “despistados crónicos”, muchos de ellos los encuentra entre sus compañeros de trabajo a quienes ha ido observando desde hace varios años. Mientras más tiempo pasan frente a un ordenador, más despistados, ansiosos y estresados los
encuentra. La anterior tranquilidad ahora se vislumbra lejana: email, SMS, móviles, blogs, Facebook, redes sociales, alertas, etc. nuestro cerebro se tiene que acomodar a esta nueva realidad y, en cierta medida, lo hace, sacrificando la atención. No todos soportan tranquilamente esta nueva situación.

Una investigación señala que los norteamericanos han doblado el tiempo “on line” desde el 2005, y el tiempo que emplean leyendo material impreso ha descendido 11% en el mismo periodo (29% entre personas de entre 25 y 35 años).

La neurocientífica Susan Greenfield en su libro “Tomorrow’s people” (“Gente del mañana”) del año 2003, divide a las personas en “gente del libro” y “gente de la pantalla”. Allí vaticina un cambio generacional en la forma de leer, el paso de la lectura lineal a una lectura simultánea, superficial, hasta que nuestros cerebros se adapten a
ese desborde de información que significa Internet.

Si los descubrimientos en neuroplasticidad del cerebro son ciertos, esta nueva situación no puede dejar al cerebro sin cambios. “Más usamos Internet, más entrenamos a nuestro cerebro a distraerse, a procesar información rápidamente pero casi sin atención” dice Greenfield. Sin embargo, no todos podemos estar en lo que el autor Cory Doctorow llama el “ecosistema de tecnologías de la interrupción” que es Internet, sin caer en el estrés y la ansiedad.

Sabemos desde hace tiempo que las frecuentes interrupciones nos despistan, dispersan nuestras ideas, debilitan nuestra memoria y nos producen tensión y angustia.

Google, el motor de búsqueda de información más grande de la red, promociona y se beneficia de la lectura superficial y rápida de las páginas web visitadas por los usuarios de la red. Hasta cierto punto, la conectividad puede resultar vertiginosa pues podemos acabar muy lejos de donde empezamos nuestra búsqueda, con la consecuente pérdida del objeto de la misma y de lo que nos interesaba en principio.

Contemplar este nuevo panorama debe hacer reflexionar al escritor. El nuevo lector ocupa mayor espacio e incluso está cambiando los intereses editoriales. Los trabajos creativos que
requieren profunda y sostenida atención, aquellos que pretenden dejar memoria indeleble a su paso, siempre estarán en ventaja sobre sus competidores culturales. Aun cuando los lectores sean superficiales, los escritores deben hacer libros que resistan la superficialidad. Al margen de los artículos periodísticos y de revistas, así como la no-ficción, que son más vulnerables a la lectura superficial, los trabajos que emplean un lenguaje innovador y que capturan la mente del lector con el viejo y adictivo método de la seducción, que no es otro que el de escribir bien, saldrá siempre mejor parado que cualquier otro producto cultural. En otras palabras, el objetivo es seguir escribiendo como se hace desde hace quinientos años. El arte de mantener e incentivar la curiosidad que tiene un libro es incomparable a la hora de profundizar las emociones y expandir la mente, nos otorga más vidas que aquella a la que estamos biológicamente asignados, y nos da momentos gloriosos, difíciles de comparar con otra cosa.

Parece que el cerebro humano está pasando por un momento de reestructuración a través de la lectura superficial y errática, lo cual no quiere decir que no podamos volver al estado anterior de
lectura profunda y ensimismada. Esperemos que la plasticidad de nuestro cerebro encuentre el camino, mientras tanto hay que seguir escribiendo como siempre se ha hecho, siendo fiel a uno mismo y a nuestras capacidades de expresar nuestro mundo, para seducir a nuestros lectores.

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