Amigos, he revisado mis carpetas digitales, y comienzo a corregir este thriller guardado desde el año 2009. Son 162 páginas ¡A disfrutarlo! -j ré-

5 febrero 1961 -01-

Dejo la mesa, se puso de pie, miro el reloj, -eran las cuatro de la madrugada-. Las tripas de su barriga le sonaban, se apartó del grupo. El whisky le había mareado un poco, buscaba la dirección de la puerta. Un brazo le agarro impulsándole con fuerza hacia la calle. Fuera hacia frío. Una luz agitada por el viento permitía ver el final del sendero. Se giro –habría andado unos treinta pasos, el asco le obligo a bajar su cabeza. Vomito sobre una tierra dura y triste. Ha medida que se acercaba hacia la farola dejaba detrás la timba. (1) Era aquella, una oscura chabola de barro y paja regentada por un gigantón de apellido París. El juego le había atrapado desde la muerte de su padre. El alcohol le consolaba cuando la suerte era esquiva. Atravesó por la izquierda -en una línea imaginaria- hacia el frente, el sendero que escondía la noche, cerrada, fosca, inclusive peligrosa.
Gerardo, (G. para sus conocidos), apretaba el paso mientras pensaba en su destino. Lejos el sonido de la noche atraía el grito de los lobos, la comarca era un enclave entre montañas, de suaves valles, de gente hosca que se encerraba. Pudo notar como sus botas pisaban barro. La tarde anterior la lluvia había sido copiosa, los campos se estiraban interminables, abriendo surcos de pereza, de aburrimiento. G. odiaba esta comarca, de cuatreros, ladrones, pendencieros. Siempre le había dicho a sus colegas que ansiaba largarse de allí sin más. A veces atrevido hasta diría en voz alta: ¡que les jodan!
Un chasquido le aparto de sus pensamientos. La noche no le permitía distinguir dos bultos que se habían colocado a su vera. Alguien grueso y desaliñado se le echo encima, le rozo con algo puntiagudo, él, por instinto se giro perdiendo el equilibrio, al intentar levantarse se encontró con una cara que desplazada le golpeo en la cabeza, volvió a trastabillar, sus piernas no le aguantaron. Cada intento de sus agresores, le decía que debía escapar.
Con premura y débil empezó a correr, la sangre bombeaba por sus venas y amenazaba con explotar. Intuía que le seguían: ¿hacia donde ir? En su alocada carrera, al fondo podía ver un punto de luz que se ensanchaba. Hacia allí –pensó-. Su cuerpo aguantaba en esta carrera y su pánico le alimentaba. De repente el suelo se desplazó, rodo hasta caer al agua, la corriente le arrastraba, pudo sujetarse a una cabeza. Los tumbos aumentaron dentro del agua, aquella masa liquida le engullía. Estiro sus manos intentando cogerse del musgo que pequeños islotes pasaban a su lado pero se zafaban. Hacia un frío horrible, no lograba distinguir los límites donde se movía y estaba buscando mantenerse a flote. De pronto, volvió a aparecer la cabeza que flotaba dando tumbos junto a él, se cogió de algo impreciso pero mullido. Intentó acercarse, por un lado, lo que le llevo a presionar sobre algo fofo, tal vez tierno. ¿Que era aquello? Tiro de si, era flexible, el golpe de una pata en su mano le permitió resituarse. ¿Una vaca? Aquello era una vaca y lo que tocaba, ¡eran sus ubres! ¿Estaba muerta? El caudal del río le empujaba con fuerza, Gerardo pudo subirse a una parte de ella y estirarse en una posición inestable y difícil, y se abandonó muy cerca de las orejas del bicho. Estuvo en esa posición casi una hora o más, hasta sentir que el propio caudal le depositaba en un remanso. La furia del rio se había frenado, pudo comprobar que tocaba tierra y el barro blando le daba asco, lo que le llevo a intentar ponerse de pie.

13 octubre 1959

Ella se cruza en su camino. Con su mirada hizo un intento de disculparse, cuando G. le soltó de plano, su primera y escuálida frase:
_ ¿Tú eres hermana de Mayte? Ella se detuvo, titubeo, esbozó una sonrisa, dejando caer sus labios superiores, para a continuación abrir una boca que dejaba ver unos dientes parejos y blancos. Era morena, de estatura mediana, y llevaba un peinado muy de moda, rizos abundantes, color negro intenso que contrastaban con el azul de sus ojos. Él insistió:
_ Te vi la semana pasada frente a la panadería en la esquina de Less.
Un silencio obsceno volvió a surgir. Ella estaba a punto de hablarle, pensaba que él era su hombre. Le veía tan masculino, tan alto. Pero se apartó, girando hacia la derecha y le esquivo.
Al dejarle detrás, pudo escuchar una exclamación, porfiado, absurdo de parte de G. pero intuyo su descaro:
_ ¡Qué narices! ¡Antes de tres días serás mía!

Al entrar en casa su imagen me perseguía, era guapo e insolente. Le deseaba; mis fantasías me unían, a su vientre, a su cabello, a su manera de reír. Abrí la puerta de mi habitación, me estire en la cama. Mi hermana Mayte me había dicho: Gerardo te atrapa con sus palabras, cuando crees estar alejada, mas te persigue. La ilusión me poseía. Mis senos se habían hinchado, el vello se había erizado. Le sentía tan cerca de mí, que le intuía en su juego caprichoso. No dejaba de torturarme una pregunta: ¿mi hermana habría tenido una relación con él?
_ ¡María! -mi madre gritaba desde la cocina, -¿qué quería?-. Me puse de pie, incomoda, la espalda me tiraba. ¿Que hora era? Las siete tal vez, ¡uff!, aún no había preparado nada del examen de la próxima semana.
_ ¡Hola!
_ ¿Vienes del centro? Gruño, su mirada verde y nítida esperaba una respuesta al decir:
“Que sepas, que te he visto charlando con Gerardo, en una esquina. Ya sabes, esa familia trae problemas y su hijo es muy pendenciero”. Trate de rebatirle y me dije a mi misma, ahora aguanta que vendrá una catarata de palabras. Además -prosiguió-, ya salió con tu hermana y le hizo sufrir mucho. “Muchas veces quedaba con ella y le daba plantón. En otras le explicaba historias, aventuras, que al oírlas le producían terror”. Mi madre vio la expresión de sorpresa en mi rostro. Me había cogido de lleno, alguna duda interior me dejaba expuesta a sus recriminaciones. “No sonrías insistió ella, te contare una. Dicen que el peligro seduce”. Cogió una camisa allí abandonada, le aliso con sus dedos y se dispuso a sentarse. En sus cabellos brillaba un rubio teñido, ajado, ondulado, rebelde. Su personalidad apuntaba -en sus mejores días- para cantar o bailar, un cruce con alguien le había dejado atada a la cocina y los caprichos de mi padre.

Noche de 1958

Detuvo el coche frente al cementerio, su Kaiser Caravela provoco un pitido. Abrió la puerta, el frío entro en sus huesos, la llovizna acentuaba aquella esperpéntica situación. Al pisar el suelo sus botas tomaron contacto con el agua. Había detenido el Kaiser a pocos metros de la puerta de entrada, serian las dos de la madrugada. Se pudo acercar a la puerta de hierro y sujetándose en un lateral empujo con fuerza para saltarla, al caer del otro lado, su cuerpo le recordó los 23 años. Buscaba el camino de siempre, primero hacia la derecha, un poco mas adelante torcería levemente para encontrar en 100 metros de suave pendiente, la tumba de su padre. Se detuvo frente a una fría lapida, el mármol corroído brillaba por efecto del agua que se deslizaba. La farola más cercana empujaba una luz magra y sin razón. Gerardo notaba su abrigo húmedo, metió la mano en su interior, el contacto con el calor de su cuerpo aumento hasta el extremo su irritación. Saco un polvo gris y lo esparció por encima de la fosa, la mezcla con el agua produjo un tenue humo que se elevo unos segundos. Y dijo: “te vengare, padre”.

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