By J re crivello

Me he levantado de la cama y hace un calor atroz, pero de aquellos de Barcelona, con humedad y algo pegajoso que te convierte en un pato tieso. Hoy es sábado, Amalia se ha ido al mercado y anoche casi acabaron las fiestas del pueblo. Como siempre fue con un pasacalle lleno de chispas y música.

Pero a lo que iba, levantarse y buscar el: “chip del fin de semana es una tarea formidable”. Por ello alabo a aquellos que ya están programados y además piensan en la playa como su santo grial. Tengo una prima que no sabe a quién votar (está claro que vive en otro país) pues si fuera en este –con lo que está cayendo, ya tendría las ideas claras. Al lavarme los dientes pensé en un cuento fantástico, es que los escritores, además de usar brillantina y desodorante para los pies siempre estamos dándole al tema.

Era la historia de un quinqui que olía a pescado pero solo comía raviolis, y que por las tardes tocaba en una orquestina de pueblo para ganarse la vida. Hasta que un día le encontraron muerto con el oboe incrustado. Al hacer el levantamiento del cadáver, el juez dictamino “muerte por instrumento de viento”. Esperaron los 40 días y nadie reclamo el cadáver, y al quinqui le metieron en una caja de madera de pino de la sierra. La única duda que les tuvo encerrados al juez y sus ayudantes –casi una semana y media- fue si le ponían el oboe en su ataúd. A la tan extrema disquisición,  la resolvería el juez al consultar Wikipedia y leer:

“In comparison to other modern woodwind instruments, the oboe has a clear and penetrating voice. The Sprightly Companion, an instruction book published by Henry Playford in 1695, describes the oboe as “Majestical and Stately, and not much Inferior to the Trumpet.”

¡Ya Esta! Fue su frase, el muerto era un hombre de la cultura y debían enterrarle con su instrumento.

#De lo que decimos, nada es más espectacular que soplar y obtener música celestial#

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