By J recrivello

La sesión de la peluquería con una cotorra de cabello blanco me dejo tieso. Es la que está en la  esquina de casa.

Esta calle –donde permanezco y estiro los saludos, por alguna razón, se encuentra rodeada de “cortadores de pelo”. Y de habladores. He hecho un repaso, y en un radio de 200 metros hay desde una peluquería de formación profesional, de aquellas que por pocos Euros, le atan a la silla jóvenes que están aprendiendo y le reducen a Ud. la cabeza. Pero siempre está llena de señoras jubiladas. Pero las hay de aquellas que si a Ud. le apetece deja su dirección de Facebook y cotorrea de lo lindo. También tenemos la Latina, que antes era de dueño árabe, pero ahora se sumergen deudoras del Dios del acento.

También se puede encontrar al barbero clásico: hierático, pasmado de periódicos deportivos y una extraña cultura de sexo antiguo e inservible, el que se practica solo los sábados con su mujer clásica y de mercado. En total 12. En mi caso voy a otro de un tipo joven –no la cotorra de la sesión, sino al que ¼ de la ciudad se acerca pues está de moda, y hay que pedir turno.

Extraños personajes están en las pelus. Desde tipos de tijera rápida y suelta, a mujeres que le meten a sus clientas mechones de color estridente. En las jóvenes es un delirio de hormonas, en las mayores un sentido canto, de alegorías de lo que fue. Y si… ¿hablamos del pasado?. Se acuerda Ud. de aquellas pelus que tenían unas sillas donde las féminas metían su cabeza en unos aparatos redondos y huecos con el fin de secarse el cabello. Luego un ágil cincel batía sus bucles para salir a la calle, desbocada la señora del aire que le habían dejado en su interior. Al estilo Mad Men.

Transformaciones aparte, veo que una peluquería puede tener 60 o 100 clientes semanales. De lo que deduzco –ayer en una clase de filosofía una alumna no entendía el proceso de deducción. Viene a cuento, en la sensación todos vemos peluquerías. En la percepción que surge de la deducción, vemos también como en estos 200 metros, pasan 1200 personas a cortarse el cabello cada semana…

Aún no han aparecido los chinos en este negocio. Bueno en Barcelona algunos, pero incluían unos masajes extras, lo cual destapo un escándalo en la moral de este país. Una sesión u otra. Estos centros de pelo, son de conversación. Y de ello, estamos muy faltos de estilo.

Comentarios aparecidos en el blog donde se publicó este artículo:

Francisco De la Torre Bueno dijo:

Hola estimado Juan
Claro que recuerdo esas peluquerías donde las mujeres se conectaban a unos cilindros que las dejaban como las pelusas de caramelo que venden en las ferias. Eran maravillas espaciales. Las peluquerías son espacios iluminados, con olores fuertes y revistas, como bien dices, donde la conversación es casi inevitable.

Recuerdas el poema de Neruda

Walking Around:

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

luego, al llegar a casa, mis hermanos mayores me manosearan la cabeza y se rieran de mí…
Un abrazo

El manoseo alrededor de la cabeza aún continua en la zona de Barcelona -doy fé, j ré-

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