Hay novelas que uno nunca terminará de escribir, pero bullen con fuerza. ¿Dónde nacen? En un espacio pequeño e imaginario que se repite en mi cabeza, donde veo a miles de chinos intentando escapar en Shanghái, a la llegada de los Guardias Rojos. Ni-Lang, la protagonista se vuelve y me mira invitándome a que cuente su alocada aventura y… sufro por no tener tanta fuerza ni tanta grandeza. –j re-
#Pero van tres capítulos…

by j re crivello

Antes de dejarse llevar por la multitud recordó que en su bolsillo llevaba una daga, al bajar por la escalera del abogado que había sido amiga de su tía, en un giro del pasamano de los tres pisos de aquella larga escalera, la había encontrado. “Como muera en vida” –dijo en voz baja, esta fina hoja de acero que descansaba tendida entre a pared y la madera y ante la cual, no necesito hacer presión para separarla. La retuvo contra sí y luego la guardo debajo de su falda, en un lateral de su pierna derecha puso como su abuelo antaño le contaba un fajín sencillo, en aquella nalga delicada que servía de base a dos piernas finas. Parecía sentirse más protegida. Como lo estaba en este rio de mujeres que caminaba por la larga avenida en dirección contraria al puerto con pancartas y gritos a favor de Mao. Solo eran comparable a ella en su larga túnica vestido del estilo de la comuna campesina china, un solo color o blanco o gris, un solo peinado largo o corto y un hervidero de murmullos que unía al rio con el cambio que suponía la llegada de Mao. Solo les distinguían, en que todas llevaban zapatos de hebilla y unas medias blancas cortas a la altura del tobillo, casi como un grupo de estudiantes, pero alejadas de su espíritu campesino. El grupo era una larga columna que se ordenaba de siete en siete dejando un medio metro de separación. Para una campesina como ella esta fuerza difícil, alegre, inestable que soñaba con un aventurero que dirigiría el Estado, desde más allá de la palabra y el silencio, y a quienes no cejaba de presionarles, como un murmullo que repicaba en sus cabezas. Aunque, aquel tumulto en ese espacio urbano, de gente enfervorizada que aún no conocía el foso del dolor próximo. Ella venia del interior, del campo. En esa solitaria rapsodia los comunistas ya dictaban la ley. Una de ellas le dio una banderola, llevaba cinco letras en vertical. La cogió de manera mecánica, solo pudo disimular pero tras una hora de marcha el grupo se disolvió y ella pudo adivinar una estrecha calle que llevaba a la casa de su tía. Decidió mantener la banderola en sus manos y casi antes de llegar a la casa familiar se detuvo en un descampado. Era el espacio donde fusilaron a sus familiares le explicaron unos vecinos mayores, sentados a la entrada de una puerta donde antiguamente lavaban pescado, aún dos Guardias Rojos cuidaban los restos. China entera era una gran ola de montañas de personas calcinadas en montículos donde el olor a carne se pegaba en los vecinos. No podía preguntar de manera directa aquello le llevaría a una situación difícil, pero sí pudo ver que uno de ellos era de su aldea. Él la reconoció desde lejos y se adelanto a su encuentro recibiéndole con un leve saludo. Luego le miro intentando descubrir que hacia allí, ella dijo en voz muy baja:
“Me han dicho que mi familia estuvo aquí hace dos noches”. No podía mencionar lo que se suponía era un crimen. El asintió con una mirada fría, y pregunto: “Y, ¿ahora donde iras?”.
“¿Que me aconsejas?”. Demasiada confianza, rápida, extrema ante un paisano que solo había pasado unos años en su poblado. El respondió:
_Puedes esta noche dormir en casa de tu tía. ¿Aún vive en la calle Wang?, y… en los próximos días puedes intentar subir a algún barco para América. Se calló, le miró un segundo para continuar: algunos colegas, me han dicho que están dejando escapar a los irrecuperables. Esa palabra le dio asco, ella era de allí, de esa provincia de ese país desde hacía siglos. Su abuelo había crecido con el paisaje y él había enseñado a la innumerable gente el valor de la tierra. Pero dejo hacer, quería ver que había además de Mao, el Guardia insinuó masticando las palabras de una en una: en los próximos días estaré con este amigo en una de las salidas del puerto. ¿Tienes pasaporte?
_Si. Aunque antiguo y del régimen que estaba desapareciendo.
_ Pues tú me buscas y yo te dejare pasar en dirección al puerto, luego te quedara encontrar un barco. Dicen que están bloqueados fuera del puerto, dentro del mar y no hay garantías de su próxima entrada.
_ ¿Y quedarme? –fue la pregunta glacial y firme. Le miraba a los ojos y percibía una respuesta fría, infeliz, casi sin vida que provenía de alguien que era masa, carne de una contienda de la cual deseaba salir a costa de eliminar a los irrecuperables. Pero tuvo el Guardia le sorprendió, detrás de su máscara surgió el atrevimiento, intento mojarse y dijo: “Mao estará muchos años, ¡muchos! Si no estás dispuesta a entrar al Partido y te quedas en la aldea, la pasaras muy mal”.
_ ¿No hay futuro? – pregunto. El bajo su cabeza sin querer dejar que su corazón mostrara cuan ebrio de poder resumía su deseo, su próxima vida, y exclamo metido en el discurso oficila:
El estado debe ser refundado, las mentalidades cambiadas y la economía puesta al servicio del… clan. Esta última palabra sonó como si marcara a un grupo reducido de mandarines que tejerían las sucesivas intrigas, luego agrego: solo veo un largo periodo de angustia y liquidación. De repente se le había revelado ante si, alguien que no era un simple Guardia Rojo, sus gestos, su oratoria, su cabeza redonda asentada en una baja estatura y una ligera barriga le informaban que estaba allí en una misión, se atrevió a preguntarle, era una majadería quizás, o algo inoportuno en un país revuelto y lleno de asco., con continuos cambios y donde la fuerza según Mao estaba en la punta de un fusil… “Y… ¿tú serás grande algún día?” Su mirada alumbrada por el poder que intuía, estaba allí presente, aunque calzara un vestido gris y ajado. Pero Teng Hsiao-p´ing, Dèng para sus paisanos era uno de los pocos que veía los enigmas y los intentaba resolver. Así había sido en la aldea, y también lo había sido al nacer dentro de la etnia de los Hakka Han, en la aldea de Paifang, (Guang`an) en la provincia de Sichuan y que por extrañas razones había pasado unos años en su aldea. El casi no contesto, era sabido que respondía con un enigma detrás de otro, que hablaba desde un confucionismo tan peculiar y tan amado por los chinos, pero volvió su mirada hacia ella, de almendra tiño la distancia, de suave y profunda fe en la Humanidad, para responder con una pregunta:
_ Irás a casa de tu tía
-Si.
_Esta noche iré, los espejos dan luz, sin pensar que quien se observa en ellos, tal vez ve una imagen inestable, que cambia ante los humores del pueblo. Un coche negro grande y hambriento de asfalto, de los requisados por el partido en la sede de los dirigentes nacionalistas, se detuvo cerca de ellos dos y él se montó allí como dueño de la guerra o dueño de los enigmas. Lo que pocos sabían dentro de la tradición china, es que Mao tenía otra baraja que agitaba y movía sobre las conciencias y ahora el repartía sus cartas. Una partida de colosal estrategia, que entre ambos había comenzado y duraría años.

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