Amigos… A veces las tardes de verano son estúpidamente iguales: perezosas, llenas de calor, y con algún café. Luego acompañaré a dos tipos uno de 12 -Sergi- y otro de 23, Dario. Traman arreglar una bici de las de antes, antigua, de carretera, con frenos que ya Decatlhon ha descatalogado. No soy un experto en bicis –y confieso a mi edad en casi nada- y tal vez… ya comienzo a ser sabio. Y recordé este artículo del año 2011. j re.

Un camino marron en plena siesta. Nada parece rebelarse contra el mal de la juventud. Le seguimos arbitrariamente por un indolente y afeitado paisaje. Al final de la pendiente un rio estrecho y cautivo de su soledad. Solo es bajarse y respirar. Luego el pantalón deja paso a una representación de otro ser .

Del dorsal que muestra mi compañera aparece un testigo que embruja. De mi parte un rápido botón, de agua dulce y rara. Las tardes de verano son asi. En los pueblos. En la orilla de ríos que se descuelgan de profundos picos, falsos y hartos de mantener una barriga sedienta de verde.

Pero ella esta hoy aquí. O, ¿tan solo se dispara mi sed?. De verle unida, a un manto de agua. Y presentirle como se descuelga de su morada de ciudad y ama la dicha -en la montaña.

Aunque las imágenes de un chico de provincias son tercas y fantasiosas. ¡Si! ¡tal vez! tan solo aparecen buscando un regazo. Nosotros deseamos un liquido rosado y rubio. Aunque dificil explicarlo, en el camino, la correa del tiempo une y destroza un amor cada verano. ¡Da igual!.

Le amare como si presintiera que su sabor es compartido. Como si mi olor a naftalina de este pasado invierno -aún me delata. Le mantengo cerca y con ello basta. La siento extraña y me derrito. Este verano amare locamente, luego cuidare de su recuerdo. Y del mio.

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