by j re crivello

Se inclinó de frente. Dos senos precisos inauguraban el festín para llamarnos desde lo indiscreto.
Estos paraísos imaginarios se aletargan en la parte más oculta de los hombres. Como escafandras de buzo, antes de ver el tesoro del galeón hundido a la entrada de Sevilla. Les vemos y les tocamos como si fueran reales. Puede ser una noche o una tarde después de una siesta del verano, en la cual el vino y la roja sandia, nos han llevado a las fauces de la imaginación sensual. Estamos alocados ante el festín, o aquella traidora visita, nos avisa que el sexo está olvidado y solo. Los hombres escamoteamos a cualquier vecina sus buenas y prodigiosas cascadas y las embutimos en ausentes e imaginarias Prima Dona. Y desde allí, cual paseo por Windows XP o sucesivos, aprendemos, remamos en un caldo que acaba debajo de una ducha o un camastro sucio del hotel de tercera.

Nada es como le pensábamos. Ni siquiera la carga sexual que hemos robado de la vecina. De tanta insistencia por satisfacernos, vemos que el autoerotismo nos provee de un hilo de seda o de abundante soledad.

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