by j re crivello

¡Esta frio! Solo dijo esta frase. Luego se fue. La madeja tantos años unida con fuerza y esmero se había derrumbado en segundos. Nada le había gustado más, que un buen caramelo de menta. Tuvo un par de hijos. Les cuido. Se compró una casa junto a su amada y un día le dejaron visitar un programa de televisión. Fue su mayor logro. Aunque deberíamos decirlo, visitaba las kermese del barrio y alguna vez, le tocaron algunos premios: una plancha; una faja para sujetar el ombligo –así ponía en la caja; un secador del cabello; un pote de gomina. Siempre acumulaba extraños objetos, de rifas, de compras estúpidas o de amigos que al conocer su afición le regalaban sus premios o compras para calmar el estrés. Esa tarde le metieron en un coche negro, luego le pasearon por la sala donde la dieron una misa. Al final le volvieron a cargar al coche y una discreta multitud le acompañaría hasta el cementerio. ¡Y se fue!
Ninguna radio explico el suceso. Pero cerca de las 8 de la noche, la música fúnebre sonaría unos minutos. Pasados unos segundos, el sistema de altavoces instalado en cada esquina del pueblo radio el parte. Un grupo de mujeres mayores se arremolino cerca del parlante, para sacar sus conclusiones. Le colocaron –como era costumbre en el pueblo, en aquella lista mental de deudos, amores, bodas y linaje. Ellas, le situaron por el tercer espacio a la derecha. Pertenecía a una familia de buen ver y moneda sana. ¿Y de que murió? Esa pregunta corrió como la pólvora.
Resbalo en la ducha y fue a dar de canto con un cuchillo que dejaba a su lado. Tenía la costumbre de quitarse la camisa, luego las botas y sus calcetines, para terminar con el pantalón y sus calzoncillos que volvía a utilizar como máximo al cabo de tres días. Las tareas del campo le alejaban bien temprano de casa y le devolvían para jugar la partida de cartas antes de las siete. Luego ducha y cena. Pero ese día dejo el cuchillo atado por una cinta, en el sitio donde la pastilla de jabón forma una leve costra antigua e inservible. ¡Y se fue!
Algunos hablaron de mala suerte, otros que alguien se lo había preparado, otros se abstuvieron de participar del infierno que latía en su casa. Su mujer –para nosotros Ilda, antes de enterrarle, se puso sus finas medias de seda atadas, que acompaño con delicadeza trepando dos muslos rubios, y les sujeto con un liguero suave de plástico. Un vestido a lunares blancos con fondo azul oscuro acompaño su esgrima de viudez. El hijo ya a punto de cumplir 25, se mojó el cabello y pasó el peine desde la frente hacia atrás, se secó la cara y bajo la mirada hasta alinear los dos zapatos uno junto al otro. No fue más que un segundo, pero canturreo una canción, mientras pasaba el chicle de lado a lado.

“Estoy buscando y no la encuentro
y sin embargo ¡sé que está¡
en algún sitio esa mirada,
que me pueda rescatar(1)

Luego, dejo el lavabo libre para que entrara su hermana de 23. Ella se peinó, alineo la falda como si fuera una mar gruesa a punto de estallar y volvió a mirarse en el espejo. Paso la mano por sus labios para disimular el carmín tan subido de tono. Sin proponérselo, comenzó un repaso de los años con su padre. No quiso detenerse en la época de su adolescencia, aquellos en que le prohibía salir de noche haciéndole la vida imposible. Solo murmuro con voz entrecortada: “no hay mejor vianda que la deseada”. Apago la luz y dejo el cuarto de baño, mientras sus esclavas hacían un suave ruido del compromiso que le esperaba en la noche.
En la comarca todos siguieron su rutina. Vino el comisario con sus dos ayudantes, y miro aquel charco de sangre. Dio la muerte por válida. Los perros se juntaron esa noche gimiendo con las mismas voces de aguacero triste y lento, de pueblo de provincia. La paz de lugar, fue un corrillo en los bares, fue un sentimiento en la barbería, donde el ilustre se afeitaba por 2 céntimos y también, en aquel domingo antes del partido del Independiente y Vélez. Donde por cierto, dijeron algo de él, inaudible y rustico. Nadie sabía que el muerto dejaba una carga.

Nadie excepto, M.

M. recibió una llamada de teléfono desde el pueblo, de una voz que sonaba a gallina en celo. Su interlocutor le insinuó que era mejor una visita al cementerio y dejarse ver por el único bar. M contesto:
_ ¡En ese pueblo siempre les gusta la pachanga! Y colgó. Se prometió ir la próxima semana con su nueva novia, una rubia platino de senos de cirugía y labios rellenos de platico pero que besaba de muerte.
Miro en su ordenador y compro dos billetes, no iría en coche. Subiría la cuesta de donde vivía M. y allí cargaría con unos diez litros de coñac que vendía el súper de la esquina e invitaría a sus tres amigos. Luego regresaría tieso de tanto odio.
Aquella mañana se levantó al alba y subieron al bus. La carretera cortaba las sierras en porfía una detrás de otra. Así durante diez horas.

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