By J re crivello

Ayer he discutido con Amalia. Lo de siempre, la absoluta impaciencia por dejarme llevar a los territorios de la soledad.

No he pensado que la convivencia implica un cierto gramo de acercamiento al otro. Los escritores somos una raza que vive en la intemperie. Me explico: vivimos dos vidas la real, cumplida, agresiva o relajada y hueca; dependiendo de quien de cartas y la suerte del que reciba. La otra, es tan diferente que el mito de Escarlata en lo que el Viento se Llevo puede ser hasta insuficiente. Siempre imaginamos una frenética existencia que aparece desde los sueños, que por cierto, no son cándidos y se perciben cuando una olfatea -la mierda. O, tenemos la fuente de los recuerdos –la inspiración-, que rebotan sin cesar en esa maquinaria del cerebro. Una, u otra vez, apareciendo pintado, coloridos, afeminados o con su carga de sufrimiento. Son inalterables, a lo sumo al escribir lo reinterpretamos fantásticamente, para deleite o consuelo del lector. Pero el escribir, para nosotros no es más que una liberación de nuestro ser, a través de la manga grande y blanca llena de nata, que mueve con maestría el repostero.

Y por ultimo están las conversaciones o gestos que presenciamos. Dan varios giros,  y se combinan con la imaginación hasta ser un espejo de diferentes almas, para traspasar al papel impreso o virtual. Más de este ultimo. En mi caso, soy escritor virtual. Es decir, un día desconectaran la electricidad y todo se habrá esfumado.

#En la fiera maestría de los sueños, anoche era un asesino que cortaba brazos y piernas. Desperté a las 7 con el ruido de los paletas del vecino, pero aún ansiaba seguir interpretando#

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