By j re crivello

Había callado. Pero en la punta de su lengua un color morado le delataba. En la mañana trajo el pan, y una gota de salami. Lo dejo arriba de la mesa de la cocina.

También agregaría un poco de agua y dos saquitos de te. Al regresar de misa comería aquella cantidad hasta dar un paso en su austeridad. Luego rezaría en la tarde. Hasta que el sol diera un aviso de querer marcharse. Pero el festín le atraparía a partir de las siete. Vendría la señora de la limpieza. De redondas formas pasaría como siempre, una escoba al comedor, daría una limpieza al dormitorio, luego el wáter con aquel estilo de fregar sin hacer ruido. Antes de marchar ella daría vuelta por aquí o allá, distraída, sin más cuento su falda dejaría un leve sonido, de acercarse a los muebles hasta dar una pista. Pero el festín de la comida en la cocina vendría resuelto con un arroz para el día siguiente. De repente, ella se asomó y pareció mirar en su dirección.

“¿Y esto?” –pregunto. En sus manos el salami del mediodía daba fe que no se había comido las lentejas. El respondió: “Me apetecía un bocadillo”. Ella por primera vez en 5 años dejo escapar su sonrisa. “Venga, acérquese” –dijo. Al entrar a la cocina, vio primero su espalda. No se atrevió a ir a más, se detuvo en la puerta. ”Si mañana tiene misa todo el día y yo no estaré -dijo ella, le dejo esta cazuela de barro con arroz. Y este salami que mordió ayer, si le parece lo guardaré en la nevera”. Al cerrar la puerta del frigo, la bella mujer se apiado de esa mirada. Pero se contuvo, una enagua azulada sobresalía por el lado derecho de su falda. El respiraría, y se marcharía al lavabo. Ambos dejaron tras de sí la sentida atracción.

El domingo dio tres misas en la mañana y una en la tarde. Ya de noche al entrar en la cocina, fue hasta la nevera, abrió la puerta, en su interior, una bola rosada desnuda y cubierta de caramelo le esperaba. Le retiro de allí, hasta llevarla a la habitación y… dio cumplido martirio de la señora de la limpieza. Una excitación, la cual le urgía desde hace años. Luego la arrastro para meterla nuevamente en el frigo. Hasta el siguiente salmo, no se atrevería a partirla y dejarla en el panteón adosado a la Iglesia. ¿En alguna de aquellas tumbas de la derecha?, tal vez muy cerca de aquellos santos, los que mascaban el fuego de las velas, los domingos o los días de turistas.

La señora fue reclamada por sus familiares. Su nombre se esfumo en el tiempo. La población continúo su ritual,

#sabedora que si el Papado era feliz y sus curas también, los feligreses rezarían con más fuerza al atravesar el próximo infierno#.

Notas:

Poder religioso y Papado

(c) 2010 by Juan Re-crivello

Cover &Illustracions by David LaChapelle

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